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Bajo el régimen de la comunidad

El individuo soberano, considerado al margen de su religión y sus orígenes, es una invención tardía en la historia de la humanidad, en la que fue precedido por la comunidad. Una comunidad de la que siempre quiere salir, pero a la que siempre quiere retornar.

por Jean Daniel

Vamos a lo esencial: para nosotros, en primer término, se trata de saber si debe darse al César lo que es del César y si lo temporal puede ser separado de lo espiritual. Pues si creemos que esta separación es imposible, por cualquier razón, entonces debemos estimar que la creencia religiosa en un orden divino ha de dominar la organización de la comunidad. Y entonces hemos de considerar legítimo el Estado teocrático. En ese caso, lo que cabe es preguntarse, entre otras cosas, es si esos Estados teocráticos pueden respetar a sus minorías profesen ellas una religión diferente de la del Estado o ninguna religión.

Mas si, por el contrario, la separación entre lo espiritual y lo temporal nos parece deseable y posible, hay que preguntarse cuál será la misión del Estado laico.¿Puede tener una ética política sin un fundamento espiritual y un derecho sin un aval trascendental?¿O ese Estado sólo tendrá por función organizar la coexistencia de las diversas comunidades religiosas? De lo que se trata entonces es de estudiar los imperativos categóricos de un gobierno federador; así como los derechos naturales o los derechos sociales que crea. En suma:¿una moral laica de un Estado sin Dios es legítima y eficaz?

Dios como jefe de Estado

En Occidente hemos asistido a una evolución antiteocrática a partir de 1679 con la revolución inglesa, de 1787 con la revolución americana y de 1789 con la revolución francesa. Del habeas corpus a la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, lo que ha surgido de la comunidad es un empeño de dar muerte a Dios, es la recusación de Dios como jefe de Estado la que se ha proclamado. La forma de laicismo observada en los Estados modernos coincide con la definición de la religión en la Antigüedad helénica y romana. La religión, para Aristóteles como para Cicerón, es lo que está al margen de la administración de la comunidad: dicho de otro modo, del Estado. Los dioses están presentes por doquier, pero no se les obedece necesariamente.

Hay que preguntarse lo que ha podido ocurrimos a nosotros, Estados laicos, para transformar la naturaleza de nuestras misiones, entre la religión y la política. Espero que no se considere una manifestación excesiva de galocentrismo el hecho de que cite el ejemplo francés, o por lo menos lo que de él queda, pues graves amenazas se ciernen sobre él. También en Francia la religión está separada del Estado pero, además, con la decapitación de Luis XVI, la muerte del "Dios jefe de Estado" no fue meramente simbólica.

En cierto modo, el individuo, transformado en ciudadano, nació en Francia entre 1789 y 1791, aunque se hayan necesitado dos siglos o casi para que se consolide. Fue una creación de una presunción inaudita. Los libertinos, los espíritus esclarecidos y los volterianos de la Enciclopedia se habían limitado a cuestionar el poder de la Iglesia católica, pero desconfiando al mismo tiempo del pueblo. Los revolucionarios y los constituyentes crearon ese fenómeno prometeico: el individuo soberano, considerado al margen de su religión, de sus orígenes, de su comunidad, de su clase. El Estado republicano no sólo es el arbitro entre las comunidades, que por lo demás no tienen la más mínima existencia jurídica o institucional, sino que es la expresión de la soberanía popular, manifestada por individuos libres e iguales. Ahora bien, he aquí que en Francia renacen comunidades, que éstas se organizan y que sus dignatarios a veces se entienden para reclamar determinadas reformas. Cabe alarmarse ante esta evolución, cuya culminación caricaturesca y paroxística puede observarse en Estados Unidos, en el Líbano o, peor aun, en las ex repúblicas soviéticas y en los territorios de la ex Yugoslavia. Estamos en la era del comunitarismo.

¿A qué se debe? Daré tres razones.

El hombre es un ser religioso

La primera es que hemos olvidado que el hombre es un ser religioso. No es sólo el animal político de Aristóteles. No es sólo aquel que es el lobo del hombre, según Hobbes. Es un ser, desde los orígenes, social y religioso. El individuo es un invento, una construcción. Su aparición en la historia de la humanidad fue tardía y su irrupción fue precedida por la comunidad, sin la cual carece de existencia. Una comunidad de la que siempre quiere salir, pero a la que siempre quiere retornar. Un gran helenista francés, Jean-Pierre Vernant, confesó que había pasado su vida pensando, de acuerdo con Marx, que la nación y la religión eran fenómenos condenados por la historia. Declaró que más adelante se había dado cuenta de que no podía entender nada de Grecia, objeto de sus estudios, si no se resignaba a la sólida permanencia de esos dos conceptos en el hombre.

Primera conclusión: todo lo que forma parte de la modernidad agrede con demasiada brusquedad y rapidez la inscripción del individuo en su colectividad religiosa, y suscita en él, tarde o temprano, una reacción e incluso una regresión. La expresión "colectividad religiosa" no debe entenderse aquí como colectividad creyente. Las más de las veces lo que se busca en la tradición religiosa no es la fe, ni siquiera la creencia, es un cierto equilibrio de la sociedad, patriarcal, impregnado de religiosidad.

En segundo lugar, desde hace un tiempo vivimos una crisis de la razón, ligada por lo demás a la aparición del individuo. Suplantando a la trascendencia, el culto de la razón, el progreso de la ciencia, pero también el culto organizado de la historia y del pueblo, se han celebrado y vivido de manera religiosa. El culto de la razón ha llevado incluso a las ideologías totalitarias que todos conocemos.

Esta crisis de la razón no viene sólo de las ideologías que fueron una desviación de ésta, ni siquiera de los límites que los científicos le han fijado recientemente. Viene, según Emmanuel Lévinas, del gigantesco desenlace de dos ideologías de progreso: una es el liberalismo, que terminó por desembocar en el nazismo, y la otra es el comunismo que, por su parte, llevaba en sus flancos al estalinismo. "Las guerras mundiales y locales, el nacionalismo, el bolchevismo, los campos de concentración, las cámaras de gas, los arsenales nucleares, el terrorismo y el desempleo, todo ello es demasiado para una sola generación, aunque sólo hubiese sido testigo de esos males." Y me siento obligado a añadir los horrores de la colonización y la descolonización. Esta crisis de la razón desemboca sea en un nihilismo transitorio, sea en una necesidad permanente de trascendencia.

Los poderes arrebatados a los dioses

Sin embargo, daré aun más importancia a la tercera razón. Nuestro siglo no es sólo el que ha arrebatado a los dioses el poder en la sociedad, el poder de destruir la especie, de fabricar al hombre y de multiplicarse hasta el infinito. Es también el que dispone de ubicuidad gracias a la imagen y que, con as ondas, suprime el tiempo y el espacio. ¿Qué hombre nuevo surgirá de la mediasfera? No lo sabemos. Pero ya se sabe que sólo hay un mundo, una tierra, un planeta. Desde un punto de vista filosófico, podemos embriagarnos con la idea de que nada que sea humano puede ya resultarnos ajeno. Pero la conciencia de la unicidad del mundo no significa que se logre su unidad. Todo lo contrario, y cabe temer que las convulsiones, en espera de esa unidad, sean aterradoras. El desplazamiento de poblaciones, el furor de la demografía, la interpenetración de los pueblos, la mezcla de culturas y la babelización de las lenguas suscitan por doquier vértigos, repliegues, crispaciones.

Recordemos que Babel, lejos de ser un homenaje al cosmopolitismo políglota, es una maldición.

La Torre de Babel es la torre del castigo y de la desdicha. Antes de aceptar la felicidad de pertenecer al planeta Tierra, nos preguntamos quiénes somos y queremos volver a ser quienes fuimos o quienes creemos haber sido. Se persigue lo que se da en llamar "la autenticidad", que consiste a menudo en inventarse raíces, y se pretende recobrar la religión de los mayores. Una religión en cuyo mensaje sólo suele elegirse lo que parece más adecuado para rechazar al otro.

Para algunos, la necesidad de lo religioso traduce una carencia y, para otros, una nostalgia. Es tal vez la añoranza de un mundo de la constancia y de la inmanencia, en que el animal se siente en la sociedad como "el agua en el agua". Para Georges Bataille es la reivindicación de la intimidad con las cosas y con el otro. Puede llegar a ser también la añoranza de un estado trascendental y original como el del alma en el universo platónico o el del paraíso antes de la caída. Mircea Eliade ha procurado encontrar y destacar los ritos que, en la antigua Grecia, la India y el Cristianismo, evocan e implican una necesidad y una voluntad de retornar a la supuesta época de los orígenes y a la época de los mitos fundadores reconstruidos a tal efecto.

Si reflexionamos sobre la fuerza que intimida porque es natural de las tres razones que acabo de enunciar, puede medirse la fragilidad de los regímenes que pretenden oponerse a ellas e incluso ignorarlas. Cabe entender también hasta qué punto, en todo momento, los sistemas, incluso los más totalitarios, que logran satisfacer las necesidades religiosas y primeras del hombre original pueden seguir teniendo un futuro. Por último, se puede captar la esencia del despotismo y la precariedad de la democracia. Entonces ya no causan extrañeza algunas manifestaciones insólitas, como las que acompañaron por ejemplo la muerte de Stalin, uno de los déspotas más sanguinarios de la humanidad.

El sacrificio de Abraham

Pero también se empieza a temer un regreso a la psicosociología religiosa de un René Girard, que discierne en la proximidad la clave de la agresividad y de la perennidad. Para Girard, el enemigo es el vecino, el hermano, el pariente el que recuerda al "prójimo" de los Diez Mandamientos. Extrapolando, si se invita al hombre a amar a su prójimo como a sí mismo es precisamente porque es aquél al que se tiende más a mirar como rival y con hostilidad. El que más se parece a uno, y que sin embargo no es uno, es nuestro enemigo. Es la parte de mí mismo que amo en mí, pero de la que me despoja su exterioridad, la que quiero destruir. En resumen, no habrá guerras que no sean fratricidas. Sólo se aborrece intensamente lo que se conoce mejor y de lo cual sólo nos separa algo nimio que se transforma en cualquier cosa.

Se ve que en esas condiciones no puede haber espontaneidad en el amor, ya que el primer impulso es la apropiación de lo idéntico. Sólo hay amor en ese yo social, por ende religioso, a costa de un inmenso dominio de sí mismo, en realidad de una violación. Hay así en la naturaleza de los hijos de Abraham, porque son hombres religiosos antes de ser hijos del profeta, una falta de aptitud inicial para el amor. La herencia abrahámica y en definitiva judeocristiana consistiría, no en el amor como primer impulso, sino en su aprendizaje. Si se adaptan a las relaciones entre las religiones, entre las etnias y entre las naciones, los reflejos que se han estudiado entre los individuos, llegamos a ese proverbio balcánico, citado hoy día por un dirigente croata: "No tenemos amigos, sólo tenemos aliados entre los enemigos de nuestros enemigos."

Es ésta una interpretación sumamente pesimista que nadie está obligado a compartir. Pero es una manera de recordar que el hecho religioso existe antes que la creencia religiosa y que, inicialmente, la creencia ha corregido a menudo lo que había de imperfecto en la religión natural. Por ejemplo, el sacrificio de Abraham pone término a la costumbre, en vigor entre los caldeos, de realizar sacrificios humanos. Ahora bien, lo que a menudo se mira como una vuelta a la religión es a menudo un regreso a lo que precedió a la religión y que la creencia corrigió o habría tenido que corregir en una evolución. Dicho de otro modo, aunque haya razones muy fundadas para tener en cuenta el ser religioso natural del hombre, hay aun más razones para resistir a las desviaciones de este retorno a lo natural. En todo caso, subsiste la obligación de defender la separación entre religión y política.

Como conclusión diré que el hecho religioso matiza, caracteriza e impregna el hecho político, pero que la religión por sí sola no puede inspirar la organización política de la comunidad. Una cosa, y realmente indispensable, es tener en cuenta el carácter irreductible del hecho religioso, pero otra es someter las instituciones de los hombres que han conquistado la dignidad del individuo a las manifestaciones de la creencia religiosa.

Se ha planteado el interrogante de cómo fundamentar el imperativo de la resistencia a la irreductible naturaleza religiosa del hombre. Creo que la respuesta reside en el carácter universal de todo cuanto hace irrupción en la conciencia. En El espíritu de las leyes, Montesquieu respondió a esta pregunta de una manera que la sabiduría de las naciones se transmite hoy día y que merece ser recordada: "Si supiera algo que me fuese útil, pero que fuera perjudicial para mi familia, lo eliminaría de mi espíritu. Si supiera algo útil para mi familia, pero que no lo fuese para mi patria, procuraría olvidarlo. Si supiera algo útil para mi patria pero que fuese perjudicial para Europa, o bien que fuese útil para Europa y perjudicial para el género humano, lo consideraría un crimen."

Lea también nuestra entrevista con Jean Daniel:¿Dijo ústed nación?El Correo de la UNESCO, Diciembre 1995

Jean Daniel

El escritor y periodista francés Jean Daniel es el fundador y director del semanario parisino Le Nouvel Observateur. Ha sido un ferviente defensor de la causa de la dignidad humana y un observador lúcido y crítico de los acontecimientos del último medio siglo. Autor de numerosas novelas y ensayos, fue galardonado recientemente con el premio Albert Camus por su colección de cuentos titulada L'ami anglais (París, Grasset, 1994).