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La crisis del futuro

Debemos tomar conciencia de nuestro destino común y lograr que los demás también lo hagan. La unidad, con el advenimiento de la era planetaria, se conjuga como un destino común en la vida y en la muerte. La universal ya no es una mera abstracción, sino algo singular y concreto, pues pertenecemos a un mismo planeta y a una misma humanidad que afronta problemas candentes de vida, de muerte y de progreso.

La noción de progreso, que comenzó a cobrar vigencia en los siglos XVIII y XIX para universalizarse después, es tal vez la idea clave de la modernidad occidental. Su fundamento era el determinismo científico que reinaba entonces como una especie de ley histórica a la que podían darse interpretaciones diversas, tanto la de Auguste Comte como la de Karl Marx. La teoría de la evolución biológica, que de los seres unicelulares llegaba a la especie humana, parecía reforzarla. Y los avances, que sólo podían ser benéficos, de la ciencia y la razón le dieron el espaldarazo definitivo. Se trataba, dicho en otros términos, de un progreso necesario e ineluctable. Es esta concepción de progreso la que se ha difundido. Las guerras mundiales, los retrocesos, las recaídas parecían sólo accidentes provocados por los últimos espasmos de las fuerzas reaccionarias y antiprogresistas.

Por otra parte, el concepto de desarrollo, que también se ha generalizado después de la Segunda Guerra Mundial, ha creado una especie de modelo de progreso que considera el crecimiento económico como la fuerza motriz necesaria y suficiente de todos los avances humanos, en particular de las posibilidades de realización personal. Esta concepción ha ocultado totalmente los efectos destructores del crecimiento y el desarrollo técnico y económico sobre las culturas, efectos que se han hecho sentir en la propia Europa, pero que han sido aun más perjudiciales en el resto del mundo.

¿Cuál es la situación hoy en día? Estamos atrapados en una crisis del progreso, que es tam bién una crisis del futuro. Ya había signos precursores antes de la Segunda Guerra, pero ahora la crisis reina sin contrapeso y es universal. Afecta a todo el mundo y en particular a los llamados países en desarrollo, pues ha quedado claro que las recetas de desarrollo propuestas, tanto en el Este como en el Oeste, conducían con harta frecuencia al fracaso.

Esta crisis se incubó en el mundo totalitario del Este que prometía a los hombres un porvenir radiante, un porvenir que se ha derrumbado estos últimos años como un castillo de naipes. Pero también afecta al mundo occidental que ya no cree, con toda razón, en un determinismo histórico, y ni siquiera en un determinismo físico. Ya para nadie es un misterio que la ciencia puede tener consecuencias benéficas, pero también efectos destructores y esclavizantes. Y hemos comprendido que, en nombre de una supuesta "razón", se han difundido formas obtusas de racionalización, pensamientos lógicos en abstracto, pero carentes de todo fundamento empírico.

A mi juicio, pues, estamos viviendo, cada cual a su manera, una crisis común del progreso. Creo también que el actual resurgimiento de valores étnicos o religiosos es una consecuencia de la universalización de esa crisis: cuando no hay futuro y el presente es sinónimo de desgracia, miseria y desesperación, sólo queda como último recurso la vuelta al pasado. Creo que nuestro deber primordial es abandonar la idea de un progreso mecánico, de un progreso cuya único fundamento sea técnico y económico.

Debemos comprender que en la idea de progreso alentaba la idea de "vivir mejor": vivir de manera humana, estableciendo relaciones civilizadas con los demás. Ese imperativo ético tiene que orientar de ahora en adelante la idea de progreso, que se convierte así en una aspiración, en una meta, y deja de ser un mecanismo ineluctable.

A mi juicio hay que abandonar la perspectiva lineal según la cual había un mundo adelantado, un mundo atrasado y un mundo llamado primitivo, que debían tener la misma concepción de progreso. Hay que aceptar que toda civilización, toda cultura, es una combinación de ingredientes muy diversos supersticiones, creencias arbitrarias, verdades profundas, sabiduría milenaria , y que ello es válido también para el mundo europeo, que tiene sus verdades, pero también sus mitos, sus ilusiones, empezando por la idea misma de progreso...

Reconsiderar la idea de progreso es, pues, una tarea prioritaria.

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Edgar Morin

Sociólogo francés, Edgar Morin es director de investigaciones emérito del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia (CNRS). Entre sus publicaciones recientes cabe mencionar Autocritique (1994) y, en colaboración con Brigitte Kern, Terre-patrie (1993).