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No hay que renunciar a la inteligencia

El coloquio sobre "el futuro del espíritu europeo", organizado en París por el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, precursor de la Unesco, del 16 al 18 de octubre de 1933, brindó a Aldous Huxley la oportunidad de rebelarse contra el envilecimiento del pensamiento contemporáneo. El célebre novelista británico, autor de Un mundo feliz (1932), defiende con pasión y con humor valores intelectuales menoscabados porla extensión de la cultura de masas. Se expresa en francés, lengua en la que "ese espíritu, esa buena voluntad racional de la época de Voltaire... encontraba su vehículo propio y viajaba de un extremo a otro de Europa..."

por Aldous Huxley

Estamos aquí para debatir el estado actual del espíritu europeo y los medios de preservar los logros ya alcanzados. El examen de los fenómenos de la vida intelectual contemporánea (me refiero a la vida de las masas y no de las minorías) pone de relieve dos hechos de la máxima importancia: en primer lugar, que la inteligencia y su instrumento, la lógica, son denigradas por doquier. Y, segundo, que lo que puedo llamar el estilo de vida contemporáneo es de una vulgaridad y una bajeza considerables. El mejoramiento del estilo de vida es deseable en sí. Tenemos una intuición inmediata de la superioridad de lo bello sobre lo feo. La reafirmación de los valores intelectuales es deseable en sí, pero lo es también y sobre todo en la medida en que Europa puede ponerse de acuerdo únicamente en nombre de los valores intelectuales, la verdad y la justicia, por ejemplo. Sólo se hacen sacrificios y, como tan atinadamente dijo ayer el señor Benda, hay que hacer sacrificios por entidades en las que se cree y a las que se atribuye un valor supremo.

El antiintelectualismo es ya un movimiento antiguo y que se manifiesta bajo diversas formas: el bergsonismo, el freudismo y el conductismo de Watson. No tendría ninguna utilidad resumir estas doctrinas, ya que todo el mundo aquí sabe perfectamente de qué se trata. Lo que nos interesa es saber por qué el antiintelectualismo ha gozado y sigue gozando de tanta popularidad y, en segundo lugar, cuáles son los medios para combatirlo. Las razones de su popularidad son, por desgracia, demasiado evidentes. Halaga las pasiones de los hombres, ante todo la pereza: es tan difícil razonar y tan fácil fiarse de los instintos y las intuiciones. Si únicamente se tratara de pereza, el mal no sería muy grave, pero el antiintelectualismo halaga también pasiones más peligrosas. Sirve admirablemente para justificar ese complejo de odios y vanidades que es la esencia misma del nacionalismo. En la filosofía nacional-socialista, por ejemplo, abundan las "verdades particulares" que se oponen a las vulgares verdades objetivas de los intelectuales. Además, están los instintos nórdicos, las infalibles intuiciones de los hombres rubios.

¿Cuáles son los medios para combatir el antiintelectualismo, para fortalecer esa fe en la razón sin la cual será irrealizable la unidad política de Europa? En primer lugar, existe el medio lógico. Toda doctrina antiintelectual se autodestruye. Por ejemplo, alguien sostiene con Freud que todas las construcciones intelectuales no son más que racionalizaciones de deseos conscientes o inconscientes. Muy bien. Entre esas construcciones intelectuales figura su propia doctrina antiintelectualista, lo que plantea el siguiente dilema: o bien la doctrina es verdadera, y en tal caso sólo representa la expresión de un deseo inhibido, probablemente sexual, y carece de toda significación objetiva; o bien posee una significación objetiva y, en tal caso, es falsa.

Desgraciadamente las masas son poco sensibles a la lógica. A las masas hay que hablarles en términos de autoridad absoluta, como Jehová a los israelitas, o en términos de parábolas, o sea, en términos de arte. Sólo a los niños y a los pobres de espíritu que desafortunadamente no escasean se les puede hablar con autoridad: y esa autoridad, hay que tenerla primero. Los diversos sistemas de enseñanza no dependen de nosotros y no somos demagogos ni agitadores de masas, de modo que para nosotros la única manera de actuar sobre los espíritus es la persuasión, esto es, el arte. La lógica destruye el antiintelectualismo. Pero las masas sólo aceptan esta lógica cuando se ha encarnado en una obra de arte. Desgraciadamente las obras de arte no se hacen por encargo como comprobaron dolorosamente sorprendidos Napoleón y los bolcheviques. Lo único que podemos hacer es esperar. Tal vez aparezca un artista de la intelectualidad, tal vez no. No está en nuestro poder crearlo. Se puede organizar todo, menos el arte.

Mala literatura en cantidades industriales

Voy a referirme a la segunda observación que hemos hecho al examinar el mundo actual. Nuestra época es antiintelectualista: también es vulgar. El estilo de vida contemporáneo es francamente repugnante.Vivimos como personajes de Ponson du Terrail y Paul de Kock. La vulgaridad propia de nuestra época se manifiesta en la vulgaridad propia de nuestro arte popular, que al mismo tiempo es su causa. Como casi siempre sucede, el movimiento es circular y vicioso. ¿Cuáles son las causas de esta vulgaridad? En parte son económicas, demográficas, en parte intelectuales y estéticas. El desarrollo del sistema industrial y de las tierras vírgenes del Nuevo Mundo ha permitido una expansión súbita de la población de Europa, que se ha duplicado con creces en un siglo. Vino después la instrucción primaria para todos, creando así un inmenso público de lectores potenciales. Para ese público han montado los empresarios una industria nueva, la industria de la materia legible. Ahora bien, esa materia legible sólo podía ser de pésima calidad y nunca podrá ser de otra manera. ¿Por qué? Es una cuestión de aritmética. El número de escritores con talento artístico es siempre muy escaso. Así pues, la mayor parte de la literatura contemporánea ha sido siempre mala en cualquier época, pero la cantidad de literatura que se produce cada año ha aumentado con más rapidez que la población. Somos dos veces más numerosos de lo que éramos a principios del siglo XIX. Pero el número de palabras impresas que consumimos al año es al menos cincuenta veces tal vez cien superior al número que consumían nuestros tatarabuelos. De ello se desprende que el porcentaje de mala literatura dentro del total tiene que ser más elevado que nunca. Los europeos han adquirido la costumbre de leer todo el tiempo. Es un vicio, como fumar cigarrillos o, más bien, quizá como fumar opio o aspirar cocaína: pues esta literatura casi exclusivamente mala es un sucedáneo espiritual de las drogas narcóticas y alucinógenas. Europa se alimenta se atiborra, podríamos decir de literatura de décimo orden.

Esto es algo completamente nuevo. Antes sólo se conocían directa o indirectamente unos pocos libros, pero de excelente calidad. Citaré el caso de los ingleses que, hasta tiempos bastante recientes, crecían con la Biblia y el Pilgrim's Progress de Bunyan, obras ambas de una pureza y una nobleza de estilo incomparables. Hoy día crecen con el DailyExpress, las revistas y las novelas policíacas. La instrucción universal hatenido el deplorable resultado de que, en lugar de leer a veces obras maestras, se leen constantemente infamias y estupideces.

Otro fenómeno muy alarmante es que la propia lengua está siendo corrompida por los productos de publicidad comercial. El mal no ha llegado tan lejos en Francia como en Estados Unidos e Inglaterra, donde la publicidad ha envilecido ya muchas de las palabras más nobles. La palabra "servicios", por ejemplo, aparece constantemente en la publicidad anglosajona. Se habla de la fabricación de pildoras o de conservas en los mismos términos en que se hablaba antes de las actividades de San Francisco de Asís. Un señor vende alubias en lata con un veinte por ciento de beneficio neto. Muy bien. Pero lo que es inadmisible es que hable con unción clerical del "servicio" en el sentido cristiano de la palabra que presta al público. Lo mismo sucede con otras muchas palabras. Belleza, gracia, aventura, viril, novelesco, todo un vocabulario de hermosas palabras se ha utilizado en la publicidad y se ha vuelto así sospechoso. Empieza a ser imposible oír una de esas palabras sin reaccionar inmediatamente con un acceso de cinismo. Es dificilísimo separar las palabras de lo que significan; y cuando las palabras se envilecen como sucede todos los días, los valores que representan quedan también envilecidos. Cada lengua es un vehículo de la mejor tradición de la raza. Si este vehículo se estropea que es lo que están haciendo los productores de publicidad se destruye esa tradición.

Los maullidos abyectos de la música popular

Lo mismo que ha acontecido en el campo de la literatura se ha producido también en el de la música popular. Pero en este caso no es la instrucción primaria la que ha creado el gran público de oyentes, sino la intervención de las máquinas parlantes. (Entre paréntesis, la intervención de la prensa rotativa es la que ha dado a la industria literaria el auge del que en la actualidad goza.) Para ese enorme público de oyentes hace falta materia audible. Se ha fabricado e, inevitablemente, es de pésima calidad. Pero, por lo que respecta a la música popular, hay elementos estéticos que complican las cosas. Desde hace ciento treinta años los músicos han desarrollado inmensamente sus medios técnicos al servicio de la expresión de sus sentimientos. Beethoven creó todo un repertorio de medios técnicos, desconocidos incluso por los más geniales de sus predecesores, para expresar las pasiones. El enriquecimiento de la técnica musical ha progresado durante todo el siglo XIX. Tanto Berlioz como Wagner, Verdi, los rusos y Debussy han aportado nuevos medios de expresión al acervo común. Naturalmente, los sentimientos que querían expresar estos compositores no siempre tenían la pureza y la nobleza características de los sentimientos de Beethoven. Wagner, sobre todo, ha dado a la música el poder de expresar con una enorme capacidad de persuasión artística ciertas cosas que son en el fondo bastante repelentes. Los compositores populares han aprendido su oficio de los grandes artistas. Gracias a Beethoven, Berlioz, Wagner, Rimsky-Korsakofïy Debussy, pueden expresar actualmente con sorprendente fuerza las emociones más bajas: el sentimentalismo más abyecto, la sexualidad más animal, la alegría colectiva más frenética.

El mal no se puede curar del todo. Pero creo que se puede mitigar, ante todo gracias a la educación. No se tiene suficientemente en cuenta la posibilidad de desarrollar el gusto y el sentido crítico o, cuando se procura cultivarlos, se eligen siempre ejemplos lejanos e inactuales. Si tuviera que enseñar a los jóvenes el arte de distinguir lo hermoso de lo feo y lo verdadero de lo facticio, trataría de escoger mis ejemplos en el mundo contemporáneo. Ejercitaría su sentido crítico sobre los discursos de los políticos y la publicidad comercial. Les haría oír las diferencias cualitativas entre un fragmento de jazz y uno de los últimos cuartetos de Beethoven. Les daría a leer cualquier novela policíaca y después Crimen y castigo o Los endemoniados.

Esto por lo que es organizable. Pero existen también fuerzas inogarnizables. Volvemos una vez más al arte. Si el arte superior permanece puro, no todo está perdido. Siempre habrá una minoría que responda a la llamada de ese arte para dejarse moldear por él, para vivir su estilo. Pesa sobre todos los artistas una gran responsabilidad. A ellos, sobre todo en esta época en que las religiones organizadas han perdido la fuerza que tenían, corresponde la tarea de formular, de expresar vivamente, de preservar los valores del espíritu. Si transigen con el mundo, en el sentido cristiano de la palabra, no sólo pierden su alma de artistas, sino al mismo tiempo las almas de toda una minoría en potencia.

Lea también los artículos de Aldous Huxley:

Una doble crisis, abril de 1949
Vencer a los enemigos de la libertad, octubre-diciembre de 2018

Aldous Huxley

El novelista y crítico literario británico Aldous Huxley es autor de numerosas obras de ficción, entre ellas, la conocida novela Un mundo feliz publicada en 1932.