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El arte de la iluminación

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Detalle de una casa de té construida en Osaka en 1985 por el arquitecto Tadao Andô. Con su sencillez y pureza de formas, su estructura es fiel a la tradición estética japonesa.
© Mitsuo Matsuoka / The Japan Architect. Tokyo

Especialista en diseño e instalación de iluminación moderna, Motoko Ishii espera hacer revivir ese sentido de la luz característico del Japón de antaño, que daba una importancia primordial al claro de luna. Nos cuenta la historia de la luz en Japón.

Motoko Ishii 

Desde hace mucho tiempo existen en el Japón sistemas de iluminación muy bellos que utilizan como material el papel tradicional. Al principio se recurría simplemente a las velas o a las lámparas de aceite, cuya llama, rodeada de papel japonés, irradiaba una luz suave y uniforme. A partir de la época Edo empezaron a fabricarse farolillos plegables con un armazón de bambú en los que se colocaba una vela (los chochin), así como lámparas de aceite con un armazón de listones de madera muy del gados (los andón), unos y otras cubiertos de papel. Esos tipos de iluminación eran muy frecuentes en esa época. Los faroles de Odawara, tan pequeños una vez plegados que podían deslizarse dentro del cinturón cuando se partía de viaje; las lámparas ariake, que consistían en un soporte cúbico hueco por el que se deslizaba una caja de madera con aberturas en forma de media luna para disminuir la intensidad luminosa; las "farolas de cruce", cubiertas de un pequeño techo y ubicadas en las esquinas de las calles para facilitar las idas y venidas nocturnas...: son numerosas las iluminaciones de antaño que han llegado hasta nosotros y que se distinguen por la originalidad de su concepción y la belleza de su forma.

En Japón y también en otros países del Lejano Oriente, en particular China y Corea, existía antiguamente la costumbre de venerar la luz de la luna: las gentes se reunían en las noches de luna llena y,a la vez que se entregaban a libaciones rituales,celebraban la belleza del astro. Aun se conocen en China y en Japón numerosos poemas antiguos que cantan magníficamente este tipo de escenas. Y pienso que el grado de refinamiento que alcanzaron las soberbias iluminaciones de la época Edo se debe precisamente a que se basaban en semejante tradición estética.

En la época Meiji, con la penetración de la civilización occidental, la luz eléctrica y los faroles de gas se propagaron por el Japón con una rapidez sorprendente. Al comienzo de esa época la claridad que difundían las primeras lámparas de arco instaladas en Tokio, en la avenida Ginza, fue motivo de asombro para muchas personas. Conocemos la escena gracias a las estampas (ukiyo-e) de la época que han llegado hasta nosotros. En cuanto a la luz eléctrica, que apareció alrededor de 1890, su difusión fue vertiginosa. Pero, como los gastos de instalación de las líneas y las tarifas de la electricidad eran considerables, en la mayoría de las casas se utilizaba, como única iluminación, una lámpara colgante en cada aposento. Las lámparas de aceite de la época Edo, posadas en el suelo y que los moradores atraían hacia sí para alumbrarse, desaparecieron completamente, y durante mucho tiempo la norma fue emplear sólo una lámpara por habitación.

Después de la Segunda Guerra Mundial se produjeron múltiples innovaciones en la iluminación japonesa. Durante la guerra, en pleno oscurecimiento, los japoneses, que sufrían ataques aéreos reiterados y graves dificultades de abastecimiento, habían vivido días muy sombríos tanto moral como mate rialmente. El resplandor blanco y radiante de las lámparas de luz fluorescente, fabricadas unos años después del término de la guerra, se consideró como el símbolo mismo de la paz. Esas lámparas, utilizadas en un principio para la industria en plena recuperación, se introdujeron en los hogares a partir de los años 50. Constantemente aumentó el número de familias que instalaban en el chanoma, lugar de reunión de toda la familia a la vez comedor y cuarto de estar una iluminación de esta clase. Apareció entonces un tipo particular de tubos fluorescentes, que no eran rectos sino circulares, los circline (palabra forjada a partir de la expresión inglesa circular line): una forma de iluminación original que no es frecuente en otros países y que está muy en boga actualmente.

El uso generalizado de las lámparas fluorescentes permitió obtener en todos los edificios públicos (oficinas, fábricas, estaciones de ferrocarril o bancos) una intensidad luminosa superior a la media internacional. Los técnicos en la materia se proponían así crear espacios muy bien iluminados donde la luz se repartiera de manera uniforme. Los círculos económicos e industriales, cuyo primer objetivo era aumentar la productividad, apoyaron la iniciativa, y lo mismo hicieron los arquitectos.

La segunda ola innovadora se produjo en los años 70 con motivo de la Feria Universal (Expo 70) organizada en Senri, en los alrededores de Osaka, y en la que participaron 77 naciones. La afluencia de público a sus 85 pabellones, repartidos en un recinto de 351 hectáreas, fue enorme: un número casi increíble de 64.220.000 visitantes. Una de las atracciones más apreciadas de la Feria fueron sus iluminaciones nocturnas de extraordinaria belleza.

Me correspondió proyectar la iluminación de cinco lugares de la Feria: el Pabellón de la Energía Eléctrica, la Galería de Arte, el "Takara Beautillion", el techo del habitáculo situado en la "zona-símbolo" y el Jardín Japonés. Rechazando la concepción de la iluminación arquitectónica que predominaba entonces en Japón la de los espacios con una claridad uniforme y muy intensa , propuse espacios más animados, jugando con todos los matices del claroscuro y con un brillo moderado, es decir con iluminaciones en que la luz sirviera de lazo entre el hombre y la arquitectura.

Para el Pabellón de la Energía Eléctrica elaboré, aprovechando diversas fuentes de luz repartidas en el conjunto del edificio, "programas de luz" que jugaran con los efectos de intermitencia y de variación de intensidad de cada una de esas fuentes. En la Galería de Arte dispuse en los puntos de apoyo de los bastidores de vidriera del gran Atrio una serle de bombillas transparentes que, repartidas en circuitos entrecruzados verticalmente, permitían variaciones fluctuantes de la intensidad luminosa. Llegué a obtener así, según un ritmo que recuerda el de la respiración, ciclos regulares de luz creciente y decreciente. En el vasto Jardín Japonés instalé luces apacibles y suaves. En resumen, exploré las múltiples posibilidades que ofrecen las nuevas formas de iluminación en la arquitectura. Muchos otros intentos realizados en este punto tuvieron en el público un eco muy favorable.

Tras la Feria de Osaka, se empezó a exigir cada vez más en Japón que la iluminación fuera alegre y hermosa y no sólo funcional. Por lo demás, éste era el propósito con que participé entonces, junto a otros arquitectos japoneses muy conocidos (como Kenzo Tange, Yoshinobu Ashiwara y Kiyonori Kikutake) en diversos proyectos: hoteles, teatros, embajadas y edificios comerciales. La economía japonesa, en plena prosperidad después de Feria Universal, se vio envuelta a mediados de los años 70 en la tormenta originada por la crisis del petróleo.

La iluminación fue una de las víctimas directas de sus desastrosas consecuencias. Dejaron de encenderse las grandes arañas y sólo se conservaron, entre los apliques decorativos, aquellas lámparas que irradiaban una luz moderada. Se apagaron también los neones resplandecientes de las calles de Ginza, el barrio de Tokio mundialmente conocido por su animación. Para nosotros, los luminotécnicos, fue un periodo doloroso y sombrío.

En la segunda mitad de los años 70 Japón se recuperó completamente de los efectos negativos de la crisis petrolera. La iluminación volvió a aparecer profusamente en los establecimientos comerciales, pero se prestaba gran atención a las economías de energía; y se descartaron así las lámparas incandescentes, grandes consumidoras de electricidad, reemplazándolas por las de alta descarga luminosa, que empezaron a utilizarse por doquier. En cambio, la iluminación fluorescente reapareció en todo su esplendor, en particular las lámparas de cátodo frío y los tubos de neón.

A principios de los años 80 se manifestó una preferencia por las iluminaciones más armoniosas. Por otra parte, hubo un mayor número de edificios que exigían un tipo especial de iluminación. Tal es el caso, en especial, de los edificios religiosos.

En el centro de los jardines sagrados de Shiga (dependientes de la "Shinji ShumeiKai", una organización religosa de rito sintoísta) se yergue el santuario del fundador de esa secta, acabado de construir en 1983.

El tipo de iluminación que instalé, consistente en lámparas disimuladas dentro de lo posible en lugares inaccesibles a la vista, difunde en ese espacio de 40 metros de altura una luz que acentúa la sensación de calma y de majestuosidad. La iluminación desempeña allí un papel análogo al de una atmósfera con una temperatura ideal.

La noche de la ceremonia que marcó el término de las obras ofrecí, en la plaza situada frente al santuario, un espectáculo de luz láser. Considerado como uno de los descubrimientos más importantes de nuestro siglo, el láser consiste en un haz de rayos muy potentes, reunidos artificialmente y orientados en una sola dirección. Componiendo libremente, en medio de las tinieblas, combinaciones de estos rayos, es posible descubrir nuevas expresiones de la luz, que puede tener entonces existencia autónoma, sin apoyarse en el espacio arquitectónico.

¿Cómo crear, con los numerosos sistemas de iluminación y las diversas técnicas de reglaje existentes, un nuevo entorno luminoso para toda clase de espacios arquitectónicos? He ahí la tarea a la que me consagro en la actualidad. Al mismo tiempo me gustaría hacer revivir ese sentido de la luz característico del Japón de antaño, que daba una importancia primordial al claro de luna.

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Motoko Ishii

Japonesa, estudió estética industrial en Tokio antes de especializarse, en Finlandia, en concepción y realización de iluminaciones en arquitectura, aspecto relativamente nuevo en el cual se destacó en Japón durante la Exposición de Osaka en 1970. Se ha dado a conocer en el extranjero gracias a proyectos como la iluminación de la Exposición Oceánica de Okinawa en 1975 y de varios pabellones de la Exposición Científica de Tsukuba.