El nuevo Caribe es una de las tres áreas principales que forman lo que llamamos "nuestra América". Estas áreas han sido denominadas Indoamérica, Afroamérica y Euroamérica y corresponden en nuestro subcontinente a lo que el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro ha denominado "pueblos piloto", "nuevos pueblos" y "pueblos trasplantados". Lo que estos pueblos tienen en común es que primero fueron colonizados y luego neocolonizados, y fueron vinculados, como territorio explotado, al sistema capitalista mundial. Lo que también tienen en común son una gran cantidad de características de personajes muy diferentes, y es por eso que forman una unidad.
por Roberto Fernández Retamar
Aprincipios del siglo XIX, los victoriosos revolucionarios de la parte francesa de la isla de Santo Domingo, es decir, Saint-Domingue, decidirían cambiar, entre tantas cosas, el nombre mismo de la incipiente nación, que sería conocida como Haití, según habían llamado a la isla sus primeros habitantes. Más de siglo y medio después, los victoriosos revolucionarios de Cuba (país que había conservado su denominación aborigen) cambiarían los nombres de barrios aledaños de la capital, La Habana, donde residieron beneficiarios del sistema social derrocado^"tales barrios," que se habían llamado Country y Biltmore, términos del inglés, serían rebautizados como Cubanacán y Siboney, nombres que, también en este caso, provenían de los primeros habitantes.
Sancionar una lucha de liberación mediante el rechazo de vocablos de origen europeo (o, en el caso de Cuba, euroamericano), y la reivindiciación de otros correspondientes a los verdaderos descubridores de las Antillas, ha sido pues un procedimiento repetido en la zona. No deja de ser curioso, sin embargo, que ni en el caso haitiano ni en el cubano los habitantes de ambos países estuvieran étnicamente vinculados con aquellos hombres cuyas palabras esgrimían para proclamar una voluntad de plena independencia. De hecho, el arribo de los europeos a las Antillas (el mal llamado "Descubrimiento") implicó la llegada de una "civilización devastadora", según escribiera en 1877 el cubano José Martí, quien añadió, para explicar su juicio : "dos palabras que, siendo un antagonismo, constituyen un proceso." En efecto, pocas décadas después de tal llegada,' los aborígenes (también mai Ha- " mados, por los occidentales, "indios"), sometidos a trabajos brutales, cazados como fieras, defendiéndose en vano contra armas muy superiores, entregados a suicidios colectivos, o sufriendo el contagio de enfermedades que desconocían y les eran mortales, habían sido prácticamente aniquilados, aunque quedaran de ellos vocablos (la mayoría de los de origen americano que pasaron a lenguas europeas), el cultivo de algunas plantas, objetos, hábitos como el de fumar, hoy también tan combatido : quizás el último capítulo, esta vez de humo, de una vieja contienda que ha cambiado radicalmente de signo : ahora aspira a preservar la vida humana.
No podía haber pues, ni en haitianos ni en cubanos, la mera voluntad de reanudar una tradición cortada siglos atrás, con el exterminio de los hombres que la engendraron y mantuvieron. Pero la reivindicación de aquellos vocablos remite a una antigua polémica inextricablemente vinculada a toda nuestra América, y en particular a su zona caribeña. Tal polémica fue estimulada por la irrupción en Europa,-la cual iniciaba entonces su desarrollo capitalista, de noticias de otro mundo (que completaba su conocimiento del globo terráqueo), al que acabarían llamando "Nuevo Mundo".
Los primeros hombres de ese "Nuevo Mundo" de que supieron los europeos fueron los habitantes de las Antillas. A ellos se hace alusión en la carta "fecha en la carabela, sobre la isla de Canaria", el 15 de febrero de. 1493, en que Cristóbal Colón anunció a Europa su "descubrimiento". Tales hombres pertenecían a dos grandes comunidades, que a partir del norte de la Amé rica del Sur se habían ido desplazando por las Antillas : la de los arahuacos, la cual incluía a siboneyes (o ciboneyes) y tainos, y la de los caribes, que acabarían dando su nombre al "Mediterráneo americano". Los primeros eran pacíficos ; los segundos, belicosos. Sobre ellos se elaborarían las dos grandes visiones del hombre americano que iban a alimentar durante siglos importantes discusiones de pensadores europeos. Discusiones de esa naturaleza e intensidad acaso no vuelva a conocerlas el ser humano hasta que alguna de las naves que ahora surcan el espacio cósmico tope con otros seres inteligentes. Lo cierto es que, sin embargo, por extraño que parezca, aquellas viejas disputas, en alguna forma, aún no se han extinguido del todo, y probablemente no lo harán mientras sobrevivan en la Tierra formas de colonialismo. Los primeros capítulos de esas disputas se desarrollaron entre españoles del siglo XVI, y versaban en torno a la conquista y el derecho del mal llamado "indio". A favor de este último se manifestaron hombres como Antonio Montesino (que en un sermón de 1511 convenció a Las Casas de la justicia de su prédica), Bartolomé de las Casas, el más enérgico y famoso de ellos, y Francisco de Vitoria ; y en contra de aquél (y, en consecuencia, partidarios de su esclavitud), otros como Gonzalo Fernández de Oviedo y Ginés de Sepúlveda. La polémica más resonante fue la sostenida entre Las Casas y Sepúlveda. El primero es suficientemente conocido como para que no sea necesario insistir aquí en él. Baste recordar que "El Libertador" por excelencia de nuestras tierras, el gran Simón Bolívar, llamó a Las Casas, por su valiente defensa de nuestros aborígenes, "el Apóstol de la América".
Pero la irrupción de datos sobre hombres otros en el pensamiento europeo no se limitó a España. Ya en 1516, influido sin duda por aquella irrupción, el inglés Tomás Moro dio a conocer su imagen de un país ideal, Utopía, cuyas similitudes con la isla de Cuba señalaría en 1963 el polígrafo argentino Ezequiel Martínez Estrada. Y en 1580, el humanista francés Miguel de Montaigne publicó su ensayo "De los caníbales", donde afirmó "que nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones, según lo que se ha referido : lo que ocurre es que cada cual llama barbaríes a lo que es ajeno a sus costumbres". Esta apreciación, con variantes, se mantuvo viva como una suerte de hipótesis de trabajo de lo que hoy llamaríamos la izquierda de la burguesía occidental en ascenso revolucionario, y al parecer alcanzó su apogeo cuando en 1754 Juan Jacobo Rousseau dio a conocer Su respuesta al tema propuesto por la Academia de Dijon : ¿Cuáles elorigen de la desigualdad entre los hombres ?¿Está ella autorizada por la ley natural ? Rousseau ha cargado con la fama de haber incurrido.
Los países y pueblos del Caribe se esfuerzan por superar el legado de dependencia que afecta a sus economías basadas en el monocultivo y por dejar atrás su condición de meros apéndices de las metrópolis coloniales. A la izquierda, un moderno ingenio azucarero en Barbados.
en torpes ingenuidades a propósito de las presuntas excelencias del "buen salvaje". Pero la lectura de sus páginas no autoriza a atribuirle tales ingenuidades. Quizás más que nadie, él subrayó el carácter hipotético de aquella criatura : para él, "no es empresa sencilla la de distinguir lo que hay de original y lo que hay de artificial en la naturaleza actual del hombre, ni de conocer perfectamente un estado que ya no existe, que tal vez no ha existido, que probablemente no existirá jamás...". Pero no cabe duda de que, para elaborar su hipótesis, Rousseau tuvo en cuenta más de una vez al hombre americano que encontraron los europeos, en especial al caribeño, aunque también, y esto es muy revelador, aludiera al africano negro. Los ejemplos aducidos de su "hombre salvaje" son a veces "negros" y a veces (o conjuntamente) "los caribes en Venezuela" ; a ratos, "los hotentotes del Cabo de Buena Esperanza", y en otras ocasiones, "los salvajes de América", aunque cuantitativamente estos últimos provean de más ejemplos. Así, hablará reiteradamente de ellos y en particular del Caribe, el cual, según su singular opinión, "es hasta ahora, de los pueblos existentes, el que menos se ha alejado de su estado natural". La tesis de Rousseau es harto conocida : "los que civilizaron a los hombres (...) perdieron al género humano". Su obra es una condena de lo que hasta entonces se había tenido por civilización y el anuncio de otro comienzo, el cual preservaría las bondades del hombre natural en un nuevo grado de desarrollo. La historia quiso que tal anuncio lo fuese, en lo inmediato, nada menos ni nada más que de la gran revolución burguesa de 1789.
Ahora bien, si el vago conocimiento de los hombres que encontraron los europeos a su llegada al mar Caribe iba a servir, de Moro (en cuya Utopía sobrevive la esclavitud) a Rousseau, para una defensa de la bondad original del ser humano dañada por la sociedad que ellos conocieron, y la postulación de una sociedad nueva (que resultó ser la burguesa, lo que no quiere decir que en ella se.agotara lo mejor ni de Las Casas ni de Moro ni de Montaigne ni de Rousseau), otro concepto occidental muy distinto acerca de los aborígenes del Caribe iba a desarrollarse, primero paralelamente al anterior, para desplazarlo a la postre, sobrepasando .el marco no ya del Caribe sino de toda América. Ese concepto, como el anterior, arranca de Colón, quien, trasladando a lengua europea lo que oía decir a los aborígenes en un idioma que él ignoraba (el taino), menciona la existencia de caribes, a quienes también llama cambas, "la gente del gran Can" (no hay que olvidar que Colón creía haber llegado, en su primer viaje, a Asia), y caníbales : gentes muy feroces que se dice que comen carne humana.
Si el otro antillano era el conjetural "buen salvaje", este de ahora será el no menos conjetural "mal salvaje" ; en relación con el cual el más tenaz contradictor de Las Casas, el renacentista español Ginés de Sepúlveda, exhumando la tesis aristotélica del esclavo por naturaleza, escribió que "con perfecto derecho los españoles ejercen su dominio sobre estos bárbaros (...), los cuales en prudencia, ingenio y todo género de virtudes y humanos sentimientos son tan inferiores a los españoles como los niños a los adultos, las mujeres a los varones, los crueles e inhumanos a los extremadamente mansos, los exageradamente intemperantes a los continentes y moderados, finalmente estoy por decir los monos a los hombres". Ese "mal salvaje" alcanzará una imponente encarnación literaria cuando el extraordinario escritor inglés William Shakespeare haga aparecer al caníbal, con el nombre anagramático de Calibán, en su última obra de teatro : La tempestad (1612). Allí, el caribe/caníbal/ Calibán es un monstruo de forme que remeda al hombre : una criatura a quien el hechicero europeo Próspero le ha robado la isla y le ha enseñado el idioma, su idioma ; y que debe su sobrevivencia al hecho de que su trabajo es indispensable para sus amos. Acaso nunca antes ni después ha sido creado un gran texto literario que con tal nitidez y crudeza muestre la espantosa realidad del colonialismo. CaníbalCalibán es, de nuevo en términos modernos, la hipótesis de la derecha de la naciente burguesía occidental, que sembró el planeta de Prósperos explotadores y de Calibanes explotados. Es necesario recordar aquí que, si la hipótesis del "buen salvaje" de Rousseau buscaba apoyarse en ejemplos provenientes de aborígenes antillanos y de negros africanos, el sustantivo "caníbal", en el sentido de antropófago bestial, iba a aplicarse no sólo ni preferentemente a los caribes, valga lo que valga la etimología, sino sobre todo a los caricaturizados africanos con que familiarizaron al mundo las películas en apariencia ¡nocentes de Tarzán. Triste destino el de los primeros habitantes de nuestras tierras : haber servido para admirables textos soñadores y para ilustres obras de arte de la naciente burguesía europea, pero, en la práctica, no haber podido sobrevivir al impacto brutal de la "civilización devastadora" de aquélla. Por haber sido aniquilados, y por necesitarse como mano de obra nuevos Calibanes, millones de africanos fueron descuajados de su gran continente y arrojados en calidad de esclavos a nuestras tierras, y más tarde sufrieron suerte similar no pocos asiáticos. De la mezcla (aún en elaboración) de los descendientes de opresores europeos y oprimidos afroasiáticos nacimos los caribeños de hoy. Pero sólo a esta luz dramática se entiende por qué el primer país antillano en obtener su independencia y el primero en abrirse a un nuevo régimen social hayan reclamado su herencia preoccidental : la dolorosa herencia del exterminado Calibán que descubrió y enriqueció los sitios donde vivimos. Tal herencia, sin embargo, no puede por sí sola dar razón de la identitad cultural del Caribe posterior a la llegada de los europeos. El nuevo Caribe es una de las tres zonas mayores que conforman nuestra América : zonas que esquemáticamente han sido llamadas Indoamérica, Afroamérica y Eüroamérica : y se corresponden, en nuestro subcontinente, con los que el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro ha llamada pueblos testimonios, pueblos nuevos y pueblos trasplanta- W dos. Todos tienen en común ser pueblos co , Ionizados primero y neocolonizados después, uncidos, como tierras de explotación, al mercado capitalista mundial. Todos tienen en común, también, numerosos rasgos de muy distinta naturaleza. Por eso constituyen una unidad. Pero esa unidad no es uniformidad ni monotonía : ni excusa de señalar las características específicas de cada zona. La nuestra, a veces llamada Afroamérica, es la zona que en torno al Caribe integra esa sociedad sustentada en el sistema de plantaciones, con rico aporte humano de procedencia africana que habrá de hacerse sentir de modo decisivo en nuestra cultura, en nuestra vida toda, y más tarde también con aportes asiáticos diversos.
Nuestra historia inmediata, pues, la del Caribe moderno, es la historia del mar que en el alba del capitalismo vio llegar a los conquistadores europeos y dirimir aquí sus querellas depredadoras ; el mar que vio surgir, a principios del siglo XIX, la primera revolución victoriosa de nuestra América, la formidable Revolución Haitiana, que venció (antes que España y Rusia) a las tropas napoleónicas, abolió la esclavitud y abrió el camino de la independencia latinoamericana ; el mar que a finales de ese siglo contemplara el primer movimiento concreto, organizado por Martí, para frenar al entonces naciente imperialismo moderno y, en nuestro siglo, el triunfo de la primera revolución socialista de América.
Nuestra identidad cultural remite, necesariamente, a ese turbulento ámbito histórico. Y lo hace con una conciencia creciente de cuanto tenemos en común, a pesar de haber sufrido (y en algunos casos sufrir aún) metrópolis distintas y, en consecuencia, hablar diversos idiomas. Hemos vivido en común el colonialismo, el neocolonialismo, el imperialismo, el subdesarrollo, el racismo ; el latifundio, la plantación, el monocultivo ; la esclavitud, la travesía, la trata ; los hacendados, los mayorales, los esclavos, los cimarrones ; la caña, el café, el banano ; el ingenio, la casa de vivienda, el barracón. A veces, desde luego, el sincretismo no da resultados exactamente iguales, pero sí harto parecidos, como el vodú haitiano, la pocomania jamaicana y la santería cubana. Y quizás nada muestre más la identidad que compartimos que nuestra música, la cual iba a encontrar reconocimiento mundial. Esa "bullanguera novedad venida de Indias" de que ha hablado donosamente Alejo Carpentier es audible desde los primeros años de la conquista, y prosigue viva en guarachas, rumbas, congas, sones, boleros, mambos, cha cha chas, calipsos, reggae, merengues, tamboritos, sambas, bossa novas, salsas : sin que podamos olvidar que la cultura esclavista de la plantación desarrollada multísecularmente en la zona abarcó incluso, más allá de nuestra América, al sur de lo que hoy son los Estados Unidos, donde el encuentro afroeuropeo hizo brotar los negro spirituals, los blues o el poderoso jazz, primos hermanos de nuestras producciones musicales.
Pero nuestra plena identidad no está lograda aún, ni lo estará hasta que desaparezca del área el último vestigio de colonialismo y de neocolonialismo. Sólo entonces estaremos en condiciones de afirmar, con múltiples raíces que contribuyen a hacernos mundiales, nuestro carácter de encrucijada esencial en la historia del hombre : una historia que ya no padeceremos, sino protagonizaremos, y que en parte ha comenzado.