La Conquista del desierto

Una de las cosas que inquietan más a los amantes de la naturaleza y a los hombres de ciencia cuyos días están consagrados al conocimiento de nuestro planeta, es la infinita variedad de la vida. Parte de esta variedad fascinante es el asombroso ajustamiento de las plantas y los animales a las diversas condiciones de la existencia. A través de innumerables generaciones, dentro del lento proceso de la mutación biológica, esos seres han modificado gradualmente no sólo sus hábitos sino también su anatomía y fisiología para adaptarse a la vida en las profundidades del océano, en las copas de los árboles de la selva y aún en las tinieblas subterráneas. Cada especie está maravillosamente capacitada para vivir en tal o cual tipo de ambiente, pero al mismo tiempo se presenta desarmada por completo para la vida en un ambiente distinto.

Hay una sola especie animal que posee la aptitud de vivir en cualquier parte de la tierra, excepto debajo del agua: es el hombre. Este ser se ha adaptado, no tanto por el cambio de su naturaleza en el curso de las generaciones cuanto por haber conformado el ambiente a su propio organismo, mediante la invención de vestidos para el tiempo frío, de abrigo contra las tormentas, de fuego para cocer los alimentos y de utensilios para trajabar el suelo.

Todavía hay vastas zonas casi abandonadas donde viven hombres que se contentan con muy poco, acostumbrados a la mayor soledad. Los romanos llamaban a esas regiones inhospitalarias "terra deserta", de donde proviene la denominación actual de desierto. Esas tierras no son necesariamente tórridas, ya que existen desiertos en la zona ártica y en las altas mesetas frígidas; pero el desierto, ya sea abrasador o helado, es siempre estéril, seco. Su vegetación es rala en extremo, los animales viven en número escaso y son muy pobres los hombres que allí habitan. Más de la cuarta parte de la superficie sólida del globo es casi inútil porque posee demasiado sol y no cuenta con la suficiente lluvia. Para mejorar las condiciones de la existencia en el desierto habría necesidad de moderar el clima o modificar por la menos favorablemente la temperatura; pero estos dos fenómenos atmosféricos no han podido hasta hoy ser gobernados por el hombre.

Los científicos necesitan saber la causa de la aridez y los motivos de la falta de lluvia y conocer la estructura geológica de las rocas, de los tipos de suelo y de la arena, con el fin de encontrar el agua subterránea. Deben tener conocimiento de los medios que emplean las plantas y los animales del desierto acostumbrados a la escasez y deben descifrar los secretos del viento y del sol para aprovecharlos y utilizar su energía aplicándola al mejoramiento de las condiciones de la vida humana. El problema es tan vasto que envuelve la vida de los pueblos de 37 naciones por lo menos. Ninguna nación aislada puede realizar mucho en este sentido, aunque lo que haga seguramente beneficiará a todas.

Así, el problema de las zonas áridas reviste un carácter internacional y debe resolverse mediante la mejor utilización de la inteligencia humana en una escala mundial. Esta es la razón por la que ha atraído desde el primer momento la atención y el interés de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

Hasta hoy se han logrado algunos adelantos en el dominio de la adaptación biológica, como la utilización del rocío para el crecimiento de las plantas o la aplicación de las lecciones que nos suministra el camello, o la prevención del avance del desierto como consecuencia del poco cuidado de las zonas marginales. Otros adelantos se auncian desde hoy, como el señalamiento del agua subterránea, el empleo del viento para hacer funcionar los pozos, la utilización de la luz solar para cocer los alimentos y tal vez aún la producción de agua potable procedente del mar para usarla como riego.

El Correo de la Unesco intenta presentar un cuadro del estado presente de la gran campaña emprendida en varios países para hacer habitable el desierto y extender el dominio del hombre hasta los últimos y más áridos confines de nuestro planeta.

Gerald Wendt

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Agosto - septiembre de 1955