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Leonardo, precursor universal, 15 de Abril 1452 - 2 de Mayo 1519

“He aquí un cuento maravilloso, en el que todo es verdad, y no sólo es verdad sino comprobable” decía Paul Valery hablando de la vida de Leonardo.

Por José de Benito

“Si fuese imaginario sería un capítulo de la mitología del espíritu humano, y el personaje del que voy a hablar se alinearía entre los héroes y los semidioses de la fábula intelectual. Pero todas las pruebas de su prodigiosa existencia están a la disposición de quien las exija, y sus elevados hechos bajo los ojos de quien desee verlos” y ello explica que a su muerte, como escribía su fiel Melzi, “a todos doliese la pérdida de un tal hombre, como no podrá darse otro en la naturaleza.

El año 1452 escribía “Ser Antonio” en su diario : “Me ha nacido un nieto, hijo de Ser Piero, mi hijo, el 15 de abril, un sábado a las tres de la noche”. Ser Antonio, terrateniente acomodado de la aldea florentina de Vinci, era hombre de pocos quehaceres. En una declaración oficial hecha el año 1457 manifestaba que vivía en su casa y no hacía nada. Tenía por lo visto bastante con cuidar de sus viñas y su hacienda, y ver corretear por la casa y el campo al nieto de cinco años. El niño Leonardo seguía encandilado el vuelo de los milanos, el afanoso acarreo de las hormigas, el correr de las nubes, y aprovechaba los pedazos de papel que caían en sus manos para reproducir las líneas esbeltas de los cipreses, las retorcidas de los olivos y de las higueras, las casas de campo cercanas y las siluetas de los animales que apacentaban en las colinas. Lo descubrimientos de aquellos primeros cinco años de verdadera libertad, en la que, fundido con la naturaleza, Leonardo veía, asimilaba y comprendía, dejaron huella profunda en su espíritu. La luz, la fantasía y el presentimiento de su destino se ligan a Leonardo en la aurora de sus primeros recuerdos. El mismo nos lo cuenta en sus “Cuadernos” y en el “Tratado de la Pintura”.

Estaba un día tendido en la cuna viendo con sus ojos curiosos el peinar y el despeinar de las nubes por el viento que las arrastraba a trasponer la cima del Monte Albano, cuando un milano - el águila menor de aquellos valles-vino a posarse junto a él y después de contemplarle, las plumas de las alas y de la cola acariciaron los labios entreabiertos de Leonardo, quedando su destino marcado, como el ungido por el águila, con la caricia del ave señora de los cielos toscanos. Otro día descubre una gruta y entre el temor a la sombra y su curiosidad por descubrir el misterio de las medias luces, avanza y acaso presiente entonces la armonía que llevará más tarde a su cuadro “La Virgen de las Rocas”. y de su fantasía infantil, que no ha de abandonarle nunca, del lenguaje de las manchas de moho V desconchados de los viejos muros, y del mensaje de las campanas que vuelan de campanario a campanario, nace en su plenitud la teoría que, “aunque parezca mezquina y casi ridícula es, sin embargo, apropiada y útil para disponer el espíritu a variadas invenciones”, la de aprovechar las líneas entre imaginaria y reales para concretar batallas, paisajes, figuras en movimiento, o fijar los sonidos de palabras y frases en las vibraciones de las lenguas de bronce.

El canto de los arroyos, de las aves y del viento por entre los olivos y las viñas del campo aledaño de Vinci le acercan a estudiar con placer la música ; su deseo de saber el cómo y por qué de las cosas se transforma en amor al dibujo y a la mecánica ; el afán de precisión le adentra por las matemáticas-cálculo y geometría- ; su necesidad de conocimiento, su sed de lectura le hacen cultivar el latín como único vehículo que habrá de permitirle la lectura de los volúmenes apilados en la biblioteca del párroco de Vinci, su primer maestro de humanidades ; y la contemplación reiterada de los astros, clavados en la bóveda azul de la noche toscana, despierta su inquietud por los estudios astronómicos. Sus ojos ven y su voluntad quiere, pero el demonio de la ignorancia se atraviesa como las barras de una jaula entre su anhelo de saber y la libertad “solar” o total del conocimiento. El esfuerzo de Leonardo se dirige, pues, a quebrar el obstáculo de aquellos barrotes y poder volar, como el milano que le ungió, por los espacios libres.

Con ese múltiple, incompleto bagaje se traslada Leonardo desde su aldea de Vinci a la ciudad de Florencia, que por aquellos años del “Quatrocento” (1400-1500) era el hogar vivo del Renacimiento. Llegar a la capital de la Toscana, que había concentrado en ella, sobre el imperio prestigioso del Dante y de Boccaccio, las obras maravillosas del Giotto en la Iglesia de la Santa Croce, las de Massaccio en la del Cármine, y los Mantegna y Piero della Francesca, era gran aventura. El mecenazgo primero de Cosme y después el de Lorenzo de Médicis pobló la ciudad de los ricos comerciantes en sedas y lanas con los primeros nombres del arte, de la cultura y de la ciencia de su época.

Los burgueses florentinos habían comprendido que para disfrutar de sus riquezas precisaban un ambiente de libertad. Sin él, cualquier día podían pasar sus bienes a manos del tirano de turno, y a la libertad, entonces como ahora, sólo Se ya a través de la cultura. Esto explica que llamasen a dictar sus lecciones a los maestros griegos, y que no contentos con eso enviaran a Grecia a estudiar las obras de la antigüedad a los jóvenes que despuntaban por su inteligencia y aplicación. El resultado de tal política se había dejado sentir y la Academia Platónica fundada por Cosme de Médicis era soplo de sabiduría que encendían con su palabra contertulios de Lorenzo el Magnífico, como Paolo UccelIo y Marsilio Ficino.

Para un muchacho de diez y seis años de las condiciones espirituales e intelectuales de Leonardo, Florencia había de ser la verdadera prueba del fuego. Donatello acababa de morir y el Verrocchio, Ghiberti, Ghirlandajo, Alberti, Perugino, Botticelli, Andrea del Sarto, magos de la pintura, el cincel, la orfebrería, la fundición y la arquitectura, no eran personajes de leyenda sino seres de carne y hueso que conversaban y discutían entre ellos la solución de los problemas que sus obras les planteaban a diario.

Apenas llegado Leonardo a Florencia, su padre, el notario Ser Piero, piensa dotar de oficio a su hijo ilegítimo y lleva unos dibujos ejecutados por el muchacho para que los examine Verrocchio. Verrocchio capta en el acto las aptitudes extraordinarias del joven dibujante, y sin más trámite lo admite en su taller. Así se desentiende Ser Piero por fortuna de su “pecado de juventud”, y Leonardo encuentra en el genial autor del “Colleone” y del “David” un padre, un amigo y el guía con el que en cuatro años pasa de aprendiz a maestro pintor (1468-1472). Sus compañeros de taller se llaman Sandro Botticelli, Lorenzo di Credi y Pietro Perugino. La primera colaboración pública de Verrocchio, Leonardo y Credi es el cuadro de “El Bautismo de Cristo”. Cuando el público lo examina se revela a éste la aparición de un gran artista, que viene a incorporarse a la mayor gloria de Florencia. El trabajo de equipo es norma general en los “talleres”. de los maestros renacentistas. El maestro proyecta, dirige, pinta una parte, compone, da los toques finales y firma la obra. “La Anunciación”, que se conserva en la Galería degli Uffizi, es también obra colectiva del taller de Verrocchio. En ella el Angel es obra de Leonardo, y a su alrededor quiso formarse una leyenda de superación del maestro por el discípulo, que hoy no se sostiene.

Parece que Leonardo sigue trabajando con Verrocchio hasta poco antes de 1480, en que el maestro ha de trasladarse a Venecia para realizar el Cotleone, por encargo de aquella República, y poco después Botticelli y Perugino, llamados por el Papa Sixto IV a hacer ciertos trabajos en la Capilla del Vaticano, se ausentan también. En los doce años que median entre 1468 y 1480 Leonardo, poseído por el afán de conocimiento, además de trabajar en dibujo, pintura, escultura y fundición, frecuentaba a León Battista Alberti y a Paolo Uccello, verdaderos maestros de estética ; leía libros de geometría, hidráulica, matemáticas, óptica ; acechaba las ocasiones de ponerse en contacto con los maestros que visitaban la ciudad. Entre sus amigos se contaban el físico Toscanelli, Marmocchi el astrónomo, el cartógrafo Américo Vespucio y el matemático Benedetto Aritmético ; asistía a las discusiones de la Academia, componía música y letras para canciones, fabricaba instrumentos de música e, incansablemente, tomaba notas y diseños de todo cuanto se ponía al alcance de sus ojos penetrantes. Amaba la naturaleza en todas sus creaciones y deseaba conocerla a fondo. “El gran amor -dice - nace del gran conocimiento de la cosa que se ama”. Su personalidad afirmada, se dispersa, sin vacilar, por estudios directos. Sus Cuadernos se van llenando de notas : “Yo digo a los pintores que nadie debe imitar la manera de otro, porque entonces no sería más que el sobrino y no el hijo de la naturaleza, en cuanto al arte se refieren.”

A los treinta años Leonardo, dotado de todos los medios para realizar su obra universal, cuando se encuentra trabajando en “La Adoración de los Magos”, cuadro que, sin terminar, es una verdadera revolución en cuanto a estética, perspectiva, concepción y composición, se marcha a Milán como portador de una lira de plata en forma de cabeza de caballo que Lorenzo el Magnífico regala a Ludovico Sforza. Consciente de su capacidad y seguro de sus ideas, dirige al Regente de Milán la famosa carta en la que le explica las obras que puede realizar en beneficio del Ducado : canales, armas nuevas, obras de ingeniería y arquitectura, y en la que termina diciendo que en escultura y en pintura puede ejecutar “cualquier trabajo igual que cualquier otro pueda hacerlo”.

En esa su segunda etapa, la milanesa, la madurez de Leonardo da sus bellos frutos. “Cosa bella mortal pasa y no dura”. Y así surgen : “La Virgen de las Rocas”, confirmando su teoría del claroscuro ; la “Cena”, en la que la luz se realiza de modo inverosímil, respondiendo a su anhelo : “Pluguiera a Dios, luz de todas las cosas, illuminarme para que yo trate dignamente de la luz. Poco después de terminada “La Cena” (1499) se inicia su vida viajera por Italia : Venecia, Florencia de nuevo, Pavía, Roma, regreso a Milán. Pero a nadie puede sorprender ya la maravillosa perfección de sus obras.

El “San Juan”, “Santa Ana y la Virgen”, “Leda”, “Isabel de Este”, y “la Gioconda” brotan de los pinceles de Leonardo tras bocetos y estudios en los que el autor persigue no sólo la realización de la obra artística sino la aplicación de su doctrina universalista ; y entre tanto ha escrito el « Tratado de la Pinturas, “Tratado de la Pintura y la Música”, “Tratado de las Aguasa”, “Estudios sobre el vuelo de los pájaros”, “El Código” y los “Cuadernos de Anatomías”. La personalidad de Leonardo se desborda, invadiendo todo el conocimiento humano de su época y avanzando en todos los sentidos. Muchos años han de transcurrir para que en anatomía se llegue a la perfección de sus dibujos del cuerpo humano, y cuatro siglos para que una máquina de volar, en la que se aprovecha para la fabricación de las alas uno de las croquis de Leonardo, se despegue de la tierra, se apoye en el aire y salve en esa forma cien metros de milagroso recorrido.

¿Cuál es el prodigio de Leonardo ? En la historia de la civilización occidental. Platón, Leonardo y Goethe son quizás los tres puntos sobre los cuales se puede trazar el más elevado plano que el espíritu humano alcanzó. Sobre el primero tiene Leonardo Ìa ventaja de ser más actor que contemplador. No es, como Platón, el reelaborador de la doctrina de Sócrates ; son sus manos, sus ojos y su inteligencia los que cooperan en la obra infinita. Sobre Goethe, romántico que dice “amo al que desea lo imposible” Leonardo, realizador y realista, dice, “no deseo lo imposible, mientras amplía inverosímilmente el campo de las posibilidades humanas.” Los tres tuvieron cada uno su teoría de los colores. Los tres eran – sólo Goethe lo expresó en el título de una de sus obras – Poesía y Verdad. Los tres fueron genios universales. Pero de entre ellos se observa en Leonardo el fenómeno único del perfecto equilibrio entre la capacidad de ver y la de comprender. No se sabe si sus ojos son su inteligencia o si su inteligencia está en los ojos, pero sí que ésta y aquellos proporcionaban a sus mano el camino de las realizaciones. Se le ha llamado sobrero de la inteligencia : fue más, fue mucho más. Si en lo humano cupiera el prototipo para una posterior producción en serie, Leonardo sería el prototipo del “Hombre-Inteligencia”.

Unos días antes de morir en Amboise (2 de mayo de 1519), donde Francisco I, su último protector, lo había alojado, Leonardo, sabiendo que se acababa en esta vida, pronunció dos palabras : "Yo continuaré", es decir, yo seguiré actuando. Inmortalidad activa de la que sólo goza el precursor, pero que en este caso era plenamente consciente. El precursor de Bacon, de Newton, de Watt y de tantos y tantos hombres de ciencia posteriores había llenado su deber humano y derramaba al morir la copa de su vida y de su obra enriqueciendo con su educación, con su ciencia y con su cultura al mundo que va afanosamente, como él, tras la verdad.