El Apartheid: crónica de un fin anunciado

El racismo tiene raíces muy profundas en la historia de la humanidad. Surge dondequiera que los grupos humanos, frente a una situación de conflicto, se distancian, se aislan y se agreden invocando criterios étnicos. Es el discurso de la exclusión, que conduce necesariamente al menosprecio e incluso al odio.

El racismo institucionalizado es una variante tanto más deleznable cuanto que adopta un lenguaje filosófico y jurídico, que presume de civilizado, para justificar una empresa de sojuzgamiento. Pienso en la trata de negros que desangró al Africa para que florecieran los campos de algodón de las Americas; e incluso en el nazismo que, para gloria de la supuesta raza aria, sembró la desolación en Europa.

Durante la Segunda Guerra Mundial se desencadenó la locura asesina racista de los hombres. La guerra pudo terminar gracias a la movilización de las fuerzas de la libertad en el mundo entero y a la toma de conciencia cada vez mayor del pehgro que representaba, para la humanidad, esta nueva forma de barbarie. El sistema de las Naciones Unidas nació justamente de dicha toma de conciencia. Como proclama la Constitución de la UNESCO "la grande y terrible guerra que acaba de terminar no habría sido posible sin la negación de los principios democráticos de la dignidad, la igualdad y el respeto mutuo de los hombres, y sin la voluntad de sustituir tales principios (...) por el dogma de la desigualdad de los hombres y de las razas".

Sin embargo, pronto ese dogma iba a adquirir nuevos bríos adoptando la forma del "apartheid". Desafío flagrante a los valores universales de los derechos humanos, ese régimen pudo mantenerse durante casi medio siglo, con el apoyo de complicidades exteriores y de egoísmos vergonzosos. Pero he aquí que a su vez el sistema de apartheid ve derrumbarse uno a uno todos sus pilares, gracias a la acción de los combatientes por la Hbertad de Sudáfrica, en un contexto mundial en el que los valores de la democracia han logrado por fin un reconocimiento planetario.

Para todos aquellos que, desde la Segunda Guerra Mundial, han luchado incansablemente contra el racismo, es una gran victoria de la libertad. Pero es también un llamamiento a proseguir, con una confianza inquebrantable, la batalla contra'esas nuevas formas insidiosas de racismo, de un racismo trivializado y cotidiano, que se manifiestan en las sociedades del Norte como del Sur cada vez que los hombres se sienten incapaces de resolver sus contradicciones en un clima de respeto mutuo.

Sólo la educación libera. Sólo la educación nutre las raíces del comportamiento y forja actitudes de tolerancia y de solidaridad. Sólo la educación en el amor al prójimo permitirá un día, que espero no esté muy lejano, el diálogo intercultural y la convivencia pacífica de todos los habitantes de la Tierra. 

Federico Mayor Director General de la UNESCO

 

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Febrero de 1992