Diálogos con el mar
"Todos los hombres, en algún momento de sus vidas, han experimentado en mayor o menor grado el mismo sentimiento que yo hacia el océano", afirma Ishmael, el narrador de Moby Dick, la gran novela de Melville, aludiendo a la atracción que el mar ejerce sobre los hombres. Aunque muchos, y Melville es el primero en admitirlo, no son conscientes de ello.
¿A qué se debe esa atracción? Algunos creen que las ondas sonoras que emite el agua son en parte responsables de ese sentimiento. Otros lo atribuyen a la belleza de los paisajes marinos, uno de los espectáculos más fascinantes de la naturaleza, y al deleite y la frescura que el agua depara.
Nuestros sentimientos hacia el mar parecen reflejar, de manera intuitiva, el papel fundamental del agua en la aparición de la vida en nuestro planeta. Sin ella' no existiría la atmósfera y las condiciones climáticas hubieran sido hostiles a toda forma de vida.
Es probablemente en el agua donde se hallan nuestros orígenes, de los que todavía conservamos algunas huellas. La sangre que corre por nuestras venas contiene las mismas sales minerales que el agua de mar, al igual que el líquido amniótico que rodea al embrión humano durante su gestación. No es de extrañar, entonces, que para el recién nacido sumergirse en un baño de agua tibia sea tan placentero como si regresara al calor del seno materno.
Algunos científicos estiman que, durante su evolución, nuestra especie atravesó una fase acuática. Según esta hipótesis, nuestros remotos antepasados pasaban más tiempo en las aguas templadas de los mares tropicales que en los árboles o en las sabanas. Aunque dista mucho de ser admitida por todos, esta teoría presenta al menos la ventaja de explicar nuestra fascinación por el mar y nuestra simpatía por los delfines y las ballenas, esos grandes mamíferos que emigraron también hacia los océanos pero que permanecieron en ellos, adaptándose a los formas de "vida de la fauna acuática.
Si en lo que hemos dicho hubiera algo de verdad, ¿no tendríamos que experimentar todos una misma y universal atracción por el océano? Es precisamente el interrogante que se plantea este número de El Correo de la UNESCO. Al analizar la presencia del océano en la imaginación humana, nos hemos preguntado si los sentimientos que inspira se han manifestado de la misma manera en todas las latitudes;si existía una trama común entre los relatos del mar del pasado y los de la literatura contemporánea;si las marinas de antaño y las obras de los artistas modernos se inspiraban en las mismas fuentes. Y si, pese a las diferencias culturales, existían similitudes en el comportamiento, por ejemplo, de los polinesios, que siempre han vivido en un medio acuático, y los chinos. Cualquiera sea la respuesta, desde hace unas pocas décadas nuestras relaciones con el mar han cambiado profundamente. Impulsados por una necesidad cada vez mayor de espacio vital y de recursos, creamos instrumentos para explorar y explotar el océano hasta en sus profundidades más recónditas. Nos apropiamos una y otra vez del mar y afluimos cada vez más numerosos a sus litorales para vivir o para descansar. Y, por último, somos capaces de actuar sobre él y transformarlo, tal vez irremediablemente.
Al principio esta situación despertó cierto optimismo. En los años sesenta, la producción pesquera experimentó un crecimiento continuo. Se descubrieron en los fondos marinos valiosos minerales y recursos de energía que muy pronto se empezaron a explotar. Los transportes marítimos se transformaron de manera revolucionaria. Se proyectaron y estudiaron nuevas formas de explotación del mar: obtención de energía no contaminante a partir de las diferencias de temperatura entre la superficie y el fondo,por ejemplo,o aprovechamiento de la fuerza de las mareas y de las olas; descubrimiento de nuevas substancias farmacológicas en los organismos marinos; y eliminación en las aguas del océano de ciertos desechos tóxicos.
Diversos accidentes acabaron rápidamente con ese optimismo inicial. Hace poco más de veinte años el mundo descubrió con horror la tragedia de Minimata, ciudad costera del Japón donde los contaminantes industriales arrojados al mar habían envenenado la cadena alimentaria, causando la muerte de muchos habitantes o afectándolos gravemente. A partir de entonces, otros accidentes se iban a suceder, al parecer cada vez más a menudo: contaminación provocada por la lluvia radioactiva de las pruebas nucleares, contaminación del litoral con pesticidas como el DDT, agotamiento de las reservas de peces debido a métodos de pesca cada vez más agresivos. Al ensuciar las playas y exterminar la fauna acuática, las mareas negras provocadas por derrames en las plataformas de sondeo o por accidentes de navegación alertaron a la opinión pública y demostraron que la capacidad humana de dominar los océanos no era ilimitada. Cualquiera que sea el poder que creemos ejercer sobre el mar, éste posee muchas maneras de recordarnos que siempre tendrá la última palabra.
Los grandes medios de comunicación, y sobre todo la televisión, han modificado también en gran medida nuestra percepción del mar, ya que nos revelan sus secretos y misterios sin que tengamos que acercarnos a él. Gracias a la televisión, la generación actual sabe más sobre el océano que las precedentes, aunque la información no sea de primera mano ni de primera calidad.
Hoy en día ya no se considera el mar como un medio peligroso e inhóspito, sino como un lugar encantador y romántico donde es posible descansar y divertirse. En él viven criaturas que no son monstruos aterradores como Moby Dick, el cachalote que hundió el barco del capitán Ahab, sino inofensivas ballenas cuyo canto resuena en el fondo del océano. En una época en que los viajes por mar no presentan ningún riesgo, revivimos el terror de los naufragios en la quietud de nuestros hogares.
Pero aunque apreciamos esta familiaridad tranquilizadora, queremos también que el mar conserve su misterio. ¿Qué se esconde bajo la superficie de las aguas, en la noche eterna de sus profundidades abisales?
LUC CUYVERS, escritor y cineasta belga especializado en temas marítimos, es presidente de la Mare Nostrum Foundation, organismo de información, sin fines de lucro, sobre los recursos marinos creado en 1980 en Annapolis, Estados Unidos. Participó en la realización de un serial internacional para televisión en ocho episodios titulado "The Blue Revolution" (La revolución azul) y es autor de numerosos artículos y de cuatro libros sobre el mar.
