Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

En las fronteras de la civilización

Nuestra civilización, que se introducía antes por por etapas sucesivas entre los "primitivos" (palabra que empleamos a falta de otra mejor), les cae hoy del cielo en el sentido literal de la palabra. El avión so lia convertido en un instrumento do penetración ante el cual se derrumban las últimas murallas que protegían las civilizaciones indígenas. Al célebre explorador Karl von den Steinen, le fueron necesarios, en 1880, varios meses de penosa navegación fluvial para penetrar en el reduelo de las tribus del centro del Brasil, cuyo descubrimiento fué uno de los acontecimientos más notables de la ciencia a lines del siglo XIX. A partir de 1918, un avión puede llegar del aeródromo de Rio de Janeiro a dichos poblados en seis horas de vuelo. Los aviadores quo establecieron los primeros contactos con estos indios recibieron de ellos hachas de piedra; hoy les traen las revistas ilustradas que les producen una fascinación auténtica.

Este contado súbito entre el mundo moderno y las frágiles civilizaciones indígenas es en realidad el último acto de un drama que se ha venido representando con decorados diferentes desde el fin de la Edad Media. Sus episodios han sido casi siempre crueles; pero de nosotros depende ahora que el desenlace sea menos sombrío.

El contacto entre blancos y "primitivos" se ha efectuado según un plan casi siempre constante, que puede definirse a grandes rasgos. En primer lugar; el idilio del descubrimiento: encanto y enternecimiento por una parte, sorpresa, y curiosidad por la otra. El deslumbramiento del primor encuentro fue seguido, por parte de los indígenas, de un período de admiración por todas las novedades que les fueron ofrecidas, al cual sucedieron las primeras desilusiones que acompañan indefectiblemente la explotación de las tierras y de las personas. La decadencia de las civilizaciones indígenas coincide con una rápida disminución de la población, diezmada por las nuevas enfermedades a las cuales los "primitivos" ofrecen escasa resistencia. En el momento en que las tradiciones indígenas están a punto de desaparecer se produce con frecuencia un último sobresalto de protesta. Los profetas y los mesías hacen su aparición, y predican el retorno al pasado o a una nueva forma de civilización que armonice lo mejor posíble lo nuevo con lo antiguo. Estos intentos de retorno hacia un tiempo caduco están destinados generalmente al fracaso y preceden al hundimiento final de las civilizaciones o a la aceptación resignada de un destino inevitable.

Hasta finales del siglo XIX la desparición de los pueblos primitivos ante la marcha progresiva de nuestra civilización se consideraba como un fenómeno natural. El darwinisino se utilizaba para legitimar la exterminación de estos pueblos débiles, o técnicamente atrasados. ¿No era la prueba viva de la supervivencia de los organismos mejor adaptados para la lucha por la existencia? En realidad, las teorías científicas no eran necesarias para la tranquilidad de las conciencias. Desde los inicios de ia expansión europea, los "primitivos" fueron con demasiada frecuencia asimilados con los animales salvajes, cuya destrucción era permitida como si se tratara de una fauna peligrosa. Estos desgraciados, mal armados e incapaces de resistir, no encontraron otros defensores que los misioneros llegados para salvar sus almas y transformar sus culturas. La pérdida de una cultura puede ser tan fatal como una epidemia. El hastío de la vida que originó en el siglo XIX la despoblación de Polinesia sólo puede explicarse por los efeclos de una desesperación colectiva ante el hundimiento de los valores que los indígenas apreciaban apasionadamente.

Durante los últimos cincuenta años, los etnógrafos y los psicólogos han analizado perfectamente estas situaciones de contacto. ¿Sabremos aprovecharnos de los resultados de sus trabajos? Aunque la rápida expansión de nuestra civilización industrial sea en potencia un peligro mortal para los pueblos llamados "primitivos", hoy conocemos ya los errores del pasado. Varios gobiernos conscientes de sus responsabilidades tratan de evitar a los indígenas las duras experiencias a que han debido someterse otros pueblos en idénticas condiciones. Un gran número de hombres do ciencia y de filántropos desean para los "primitivos" un aislamiento absoluto quo les evitaría los daños que nuestra civilización parece causarles. Sin embargo, la solución del "parque nacional para seres humanos" no es realizable. Que se quiera o no, hoy día no existo una sola tribu que, de cerca o de lejos, pueda escapar a la intrusión de nuestra cultura.

Este contacto, que les es tan nefasto, lo desean los "primitivos", ansiosos de poder emplear los instrumentos que aprecian y que deben servirles para facilitar su existencia. Nuevas enfermedades les amenazan, de las cuales sólo nuestra ciencia puede preservarles. El problema consiste en organizar con inteligencia su lenta integración a la vida moderna, sin destruir lo que es valedero en su civilización y sin que lleguen a perder el respeto de sí mismos.

Tenemos él derecho de preguntarnos qué interés puede ofrecer la supervivencia de pueblos que parecen pertenecer a edades caducas de la humanidad. No olvidemos que existen todavía millones de primitivos y que nuestra conciencia se subleva a la idea de entregarles, a la muerte o a la degradación. Nuestra indiferencia no sólarriento sería un crimen, sino también una mala política. Estos hombres están llamados a desempeñar un papel de gran importancia en la explotación de los nuevos recursos que contienen las regiones vírgenes en que viven. El período de transición será difícil pero no presenta obstáculos para aquéllos que quieran resolver este problema con inteligencia y preocupados por la salvaguardia de la dignidad del hombre.

Ante las responsabilidades que el mundo civilizado está obligado a tener con respecto a los pueblos "primitivos" ¿cual será el papel de la Unesco? En primer lugar, contribuir a facilitar el inevitable traspaso de un tipo de vida a otro, transición a todas luces inevitable. La larga experiencia adquirida por la Unesco en materia de educación fundamental le sera muy útil para llenar este cometido. Por otra parte estos "salvajes" poseen tradiciones artísticas cuya pérdida empobrecería el patrimonio de la humanidad. Europa no parece insensible a este peligro. En realidad ha participado ya a la obra de salvamento a la cual tantos hombres de ciencia han consagrado sus esfuerzos, conscientes de ser los obreros de la última hora.

Alfred Métraux

Lea nuestro artículo en línea ¿Primitivos?, por Claude Lévi-Strauss

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Agosto-Septiembre de 1954