De la palabra viva a la escrita

Es tal la importancia adquirida por la literatura escrita en la época moderna que hoy damos a ésta por descontado como un fenómeno universal. Aunque sepamos que son muchas las culturas que no se organizan ni se transmiten por medio de la escritura sino de la oralidad, el pensamiento contemporáneo propende aun marcadamente a reducir las literaturas orales al rango de manifestaciones de un folclore objeto a lo más de condescendencia.

Con este número queremos contribuir a corregir esta engañosa visión de las relaciones entre la palabra viva y la escritura. Oponer una y otra radicalmente, tanto en el plano de la civilización como en el de la forma, se nos aparece hoy cada vez más patentemente como resultado de un análisis insuficiente, incluso esquemático, de la realidad cultural. Entre ambas formas de expresión la frontera ha sido siempre, como muestra Paul Zumthor en su artículo de introducción, muy porosa y el intercambio constante. Incluso en las sociedades occidentales, que son las que más han contribuido a realzar el valor de la escritura en detrimento de la oralidad, esa interdependencia entre una y otra ha tenido más vigencia de lo que se supone en la historia de sus literaturas y de su sensibilidad. Y quizá este Occidente fascinado por la escritura está asistiendo en nuestros días a un vigoroso retorno de la voz reprimida.

Como muestra de ese poder y ese vigor de la palabra presentamos aquí unos cuantos grandes textos que son epopeyas nacionales y, al mismo tiempo, poemas universales. Cada uno de ellos ofrece en su génesis o en su historia una variedad original de la relación entre palabra y escritura, pero todos tienen como característica primordial ser textos fundacionales con los que todo un pueblo se identifica, cuando no son, como en el caso de la Relación de Michoacán, el último testimonio de una civilización, su memoria postrera.

Hay casos, como el del mundo árabe, el japonés, el vasco, el chino o el indio, en que una síntesis, un ejemplo revelador o un recuerdo dan cuenta de la atracción espiritual, de la fuerza de inspiración que posee una obra que, transmitida primero oralmente y después por la escritura e incluso por la imagen, resuena constantemente en la conciencia de los individuos y late en el corazón de la colectividad, como algo perennemente vivo.

Pero ese tesoro espiritual, que forma parte del patrimonio de la humanidad, está amenazado. A protegerlo contribuye la Unesco con un afán redoblado por ser, como es, factor capital de identidad cultural. Pero, por esenciales que sean, la transcripción de ese tesoro oral y su grabación sonora no resultan suficientes. De ahí la necesidad de proceder a una redefinición de la comunicación cultural, reconociendo a la palabra viva, a la voz humana articulada en palabras, su valor creador en el seno de toda comunidad.

Edouard Glissant, Jefe de redacción

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Agosto de 1985