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Gœthe y Alemania

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Goethe en la Campagna romana (1787), de Johann Heinrich Wilhelm Tischbein (detalle).

(Es propiedad de la UNESCO y del autor)

Se ha observado ya agudamente que los grandes poetas, lejos de ser intérpretes y representantes de su propio pueblo, son sus antitesis - sus criticos, censores e integradores. Recuerdese al Dante y a los florentinos tal como él los vió; a Cervantes y sus contemporaneos españoles, enloquecidos por la caballería andante; a Shakespeare y a los ingleses - proverbialmente correctos y fríos, cosa de que nada tienen evidentemente sus dramas; y a Goethe, sereno, equilibrado y cabalmente humano, en contraste con sus alemanes - raza belicosa y fanática, seria y tesonera para el trabajo, como es notorio, pero dotada de una considerable dosis de pedanteria.

por Benedetto Croce

Goethe no fué del gusto las mentes políticas de su pueblo, que más de una vez demostraron supremo un preferir en cuanto genio supremo un poeta de segundo orden como Schiller. Y cuando la tradición nacional alemana se hubo intensificado hasta el delirio y llegó el primer el centenario de la muerte de Goethe, en 1932, las manifestaciones conmemorativas se prepararon con una falta de entusiasmo que revelaba manifiestamente el abismo, el enajenamiento que separaba al poeta de lo que por entonces había llegado a ser la Alemania hitleriana.

Y ahora que la desgracia ha afligido a su gran nación - grande por sus múltiples virtudes,por sus talentos y por su energía - al mismo tiempo que ha afligido a Europa, privada asíde una fuerza esencial para su equilibrio y situada en su area geográfica, qué mejor cosa puede hacer Alemania, en el  bicentenario de su enorme poeta, que elevarse hacia él en espiritu, aceptar su mensaje y meditar de nuevo sobre él, con tanta devoción y sinceridad que restaura la luz en los espíritus y los sentimientos humanos en los corazones de sus hijos.

Yo no acepté la invitación a tomar parte en los honores rendidos a Goethe en Alemania en 1932, porque no me parecían sinceros. Pero volví a sus libros y los releí y seguí escribiendo estudios críticos acerca de ellos, como lo había hecho durante la primera guerra mundial, cuando Alemania luchaba contra Italia, convertida en fascista, estaba aliada a una Alemania que se había vuelto nazi, y como continué haciéndolo al fin de la guerra, en medio de la tareas políticas que había aceptado. Y siempre me llegó de Goethe consuelo y serenidad y ánimo, porque siempre me arrastró más allá y por cima de las cosas cotidianas, que es la única manera de lograr la unión real con ellas, de amarlas y servirlas.

Pero ya no me era posible hablar abierta y directamente con los alemanes - quiero decir, con aquellos alemans que, como yo, se interesaban por la filosofía, por la historia y la poesía - como había solido hacerlo en los días anteriores a 1914, cambiando ideas y sugestiones y trabando preciosas e inolvidables amistades con ellos. Y cuando en 1936, un periódico suizo me pidió que expresara mi opinió acerca de los alemanes del momento - que recientemente habían causado un gran escándalo por haber , entre otras cosas, cambiado los títulos de las publicaciones culturales - (transformando por ejemplo, la Revista de Filosofía de la Cultura Alemana) y quitado de la fachada de la Universidad de Heidelberg la inscripción "Al espíritu vivo" para sustituirla por "Al espíritu alemán", envié al periódico en cuestión un artículo inspirado por el sentimiento de Goethe, que detestó siempre la idea y la expresión " Deutschtum", artículo al que puse por título: "La Alemania que amábamos". El artículo no pudo publicarse en Alemania, ni siquiera ser discutido por mis amigos de aquel país.

La época que más debería enorgullecerse Alemania es aquélla en que poseía un poeta como Wolfgang Goethe, que pertenece a la pequeña cohorte capitaneada por Homero, conjuntamente con pensadores que aún ene nuestros días siguen siendo magistrales y conservando toda su actualidad - Kant y Hegel y unos pocos más, como Jacob nobilísimo genia que merece compartir el eminente lugar de los otros, e historiadores y filólogos que infundieron nueva vida al estudio de la lengua y de la historia, por no mencionar a nombres de ciencia, físicos y matemáticos. Evidentementes, se dirá, los alemanes se enorgullecían grandemente de esa época en que su país tenía por centro a Weimar, incluso si eran incapaces de dejar de tener amor al otro extremo de Potsdam, por el que sus almas se sentían secretamente atraídas. Sí, estaban orgullosos de esa época. Pero hasta cuando se enorgullecían de ella con toda sinceridad, no comprendían cabalmente - si me permite decirlo así - su origen y su objetivo. La consideraban como enteramente perteneciente a Alemania, o como una reacción específicamente alemana y una rebelión contra la cultura de Europa en su conjunto.

Cuantos realmente conocen la cuestión y la han estudiado a fondo saben que, por el contrario, los "lieder" de Goethe han sido posibles gracias al refinamiento literario que Alemania había adquirido en los siglos XVII y XVIII de las escuelas italiana y francesa de literatura y versificación, ni más ni menos que nunca hubo ningún descubrimiento filológico e histórico hecho en Alemania que no haya tenido su precedente o su comienzo en Italia,Francia, Inglaterra o algún otro país de Europa. Lo peculiar de Alemania en la época de Weimar fue una galaxia de espíritus eminentes, a la que solo puede encontrarse vigurosamente par, acaso, entre los griegos de los tiempos de Pericles. Alemania se halló así en condiciones de ejercer en el mundo de las ideas una hegemonía que no le fué conferida por su "Deutschtum", por su germanidad, sino por su "Europeatum", o más bien por su espíritu universal que, en otros periodos de la historia moderna, había conferido la misma hegemonía a la Italia del Renacimiento o la Francia de Descartes y de Luis XIV, y sin el cual hubiera sido deleznable o inexistente.

La Alemania de aquellos tiempos era que la hija legítima de Europa, que tomaba posesión de la morada ancestral - no una hija puesta a la puerta como una expósita y llena de rencor, de ansias de desquite y de espíritu estructivo y de antoafirmación. Y ahora esa bien merecida y tan deseada hegemonía vuelve a ella, de conformidad con los nuevos sentimientos y necesidades de linaje humano, para bien de todos nosotros, y todos la  saludaremos con emoción y admiración, y acaso nuestra gratitud sea tan grande que olvidemos lo que de nuestra fuerza hemos tenido que repartir para resucirtarla y ayudarla a fin de que pudiera realizar plenamente su misión y no, a su vez, ceder la hegemonía a otra nación que hubiese ido mientras tanto preparándose para el toque de llamada, como lo piden las mudanzas de las cosas humanas.

Benedetto Croce

Filósofo italiano, ensayista e historiador, Benedetto Croce es autor de cerca de 70 libros. Fundador, en 1903, de la revista de crítica cultural La Crítica, es miembro de la Academia Prusiana, la Academia Británica y la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras.