La juventud en el nuevo Japón ¿Hasta qué punto ha cambiado?
El famoso acorazado Missouri, de la flota americana, acaba de ser cuidadosamente guardado "entre naftalina", es decir, ha sido retirado del servicio. El primero de septiembre de 1945 se había firmado a bordo de él el armisticio que significaba la capitulación del militarismo japonés.
Han pasado nueve años desde ese memorable acontecimiento, que más aún que la bomba atómica trastornó al Japón. Ese período ha bastado para hacer de un potente acorazado una reliquia, pero no ha podido disipar en los espíritus "la idea de que el hogar del incendio japonés, dominado en 1945, sigue Intento aún bajo las ruinas y las cenizas, y que merece vigilarse con una atención recelosa, como se "vigila un volcán ahora inactivo, pero que puede en cualquier momento volver a ser temible".
Este retorno a un pasado todavía ardiente, que hace Jean Stoetzel en su informe sobre las actitudes de la juventud japonesa de después de la guerra, explica mejor que largos comentarios por qué en 1951 tomó la Unesco la iniciativa de enviar al Japón a un sociólogo francés, Jean Stoetzel, Profesor do la Universidad de Burdeos, y a un orientalista holandés Frits Vos, Profesor de la Universidad proceder allí a una encuesta sobre las japonesa.
Este estudio debía ser completo en lo posible, efectuarse tanto en las aldeas como en las ciudades y englobar los casos generales como los individuales o típicos, mediante preguntas que debían formularse a los trabajadores como a los estudiantes, a los empleados de comercio, a los pescadores, a los funcionarios, como a los labriegos."
No se trataba de una encuesta discreta y confidencial, menos todavía de una investigación clandestina, sino de un estudio de gran envergadura, en el que participaron personalidades de todas las clases de la sociedad japonesa, lo mismo que representantes de la Administración nipona, que aportaron a los dos expertos de la Unesco una colaboración leal, sincera y completa. Las preguntas que se hicieron a los muchachos y a las muchachas japonesas de 16 a 30 años de edad, divididos en cuatro grupos cubrían todos los aspectos de la vida, pero giraban sobre todo alrededor de tres temas principales: ¿Cuáles son las actitudes de los jóvenes japoneses con respecto al extranjero? ¿Cómo se comportan ante las instituciones nacionales? ¿Cuáles son sus características personales más importantes y más significativas?
Estas actitudes deben ser, en cierta medida, distintas de las de antes de la guerra. En efecto, desde 1945, el régimen imperial ha sido profundamente modificado, lo mismo que todo lo que de él se desprende o le estaba unido. Aparentemente, como dice Stoetzel, "no queda más que una fachada sin estructura y sin espesor". El Emperador subsiste, es cierto, pero sólo como un símbolo de la unidad nacional. La soberanía ha sido entregada al pueblo. El derecho de familia, la condición legal de las mujeres han cambiado por completo de carácter. Una verdadera revolución económico-social ha sido realizada con la reforma agraria. La religión política ha sido reducida a la nada de un plumazo. La instrucción nacional se ha sometido a una refacción total. Si hay un cierto rearme no es menos cierto que por un texto formal de la nueva Constitución, el ejército ha sido total y perpetuamente suprimido. Dicho de otro modo, no queda añora mucho del metal incomparable de que estaba hecho el sable secular de los samurai; el crisantemo, emblema de la Casa imperial, ha perdido mucho de su lozanía.
La cuestión se plantea para saber cómo ha reaccionado la juventud japonesa ante este total trastorno.¿Es en realidad una juventud sin sable ni crisantemo?. Las respuestas a esa pregunta pueden permitir evaluar las posibilidades de ver al Japón nuevo cambiar hacia una dirección democrática o volver a encontrar, bajo una u otra forma, una orientación totalitaria. En efecto, si el. análisis de la personalidad de la juventud muestra que se han hecho autónomos, independientes y realistas, que poseen un sentimiento de seguridad, que su personalidad ha podido formarse y que han tenido. la fuerza de apartar el tremendo peso que el Estado y la familia echaba sobre ellos, entonces la causa de la democracia en el Japón podrá ser el día de mañana bien defendida. En el caso contrario, podrían imponerse otros pronósticos.
¿Encuesta política? Sí, en tanto en cuanto la política se mezcla a las ciencias sociales, pero en. modo alguno conducida con fines políticos. Para la Unesco se trataba, ante todo, de acortar la inmensa distancia que separa al extranjero y a su cultura propia, de la cultura y- de los hombres del Japón. Se trataba de llenar, cueste lo que cueste, los fosos de ignorancia que mantienen y avivan la incomprensión internacional. Tarea ardua, pero no imposible, porque ninguna cultura es impenetrable para una inteligencia formada en cualquier otra cultura.
Decir que el Japón está lejos de todo, no es sólo una. imagen para uso de los occidentales. Con relación a las dimensiones terrestres, su alejamiento es verdaderamente inmenso. El tiempo solar lleva allí nueve horas de adelanto sobre París, siete de diferencia con San Francisco y diez con Nueva York. Incluso con las rápidas comunicaciones que hoy conocemos, Tokio está a dos días de avión de París, mientras que una media jornada separa el parisién de Nueva York o de Douala, en el corazón del Africa negra. El paquebote más rápido larda un mes en recorrer la distancia de Yokohama a Marsella. Para un ribereño del Atlántico, el Japón está en el fin del mundo, y para su vecino de raza más próximo, el Chino, está a miles de kilómetros. Lo recíproco es igualmente válido para los japoneses.
Para comprender a los japoneses, como para comprender cualquier otro pueblo, es necesario un conocimiento exacto de unos y de otros, sino la incomprensión puede lomar la forma de oscuridad total, ignorancia absoluta, o todavía de clisés arbitrarios, laudatorios o despreciativos, nacidos al azar de la lectura de una obra literaria, de un órgano de propaganda o como consecuencia de acontecimientos políticos que exacerban las pasiones y falsean el juicio, nacidas de la emotividad, de la sospecha, del ocio o de la cólera, semejantes opiniones estereotipadas son subjetivas irreales y falsas.
Es preciso reconocer que "comprender" es a veces difícil cuando se trata de un pueblo cuyas costumbres son muy diferentes de las de otros muchos. Las japoneses no fruían la cerilla como lodo el mundo, so visten de blanco para un lulo, escriben do arriba a abajo y de derecha a izquierda, so locanla nariz cuando dicen "sí", y la señal de llamar la hacen con la palma de la mano vuelta hacia abajo. Un escritor japonés, Atsuharu Sakai, ha formulado una lista de 58 comparaciones de este tipo con un placer visible en oponer la cultura de su país a la de Occidente.
Pero, comprender un pueblo exige no pararse en observaciones superficiales: comprender a los japoneses consiste por de pronto en admitir que tienen el derecho de actuar y de pensar como japoneses.
Sólo teniendo conciencia de esas múltiples dificultades se da uno cuenta del inmenso valor de una encuesta del género como la que la Unesco realizó, y de la que Jean Stoetzel, fine la condujo, ha expuesto los resultados en "Juventud sin sabio".
