Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

La Fiebre del deporte

“La educación física y el deporte han de tender a promover los acercamientos entre los pueblos y las personas, así como la emulación desinteresada, la solidaridad y la fraternidad, el respeto y la comprensión mutuos, y el reconocimiento de la integridad y de la dignidad humanas.” Este fragmento del preámbulo de la Carta Internacional de la Educación Física y el Deporte, aprobada por la UNESCO en 1978, resume el significado de la acción que lleva a cabo la Organización en ese ámbito y en la que la promoción de los valores éticos y en particular la lucha contra la exclusión y la violencia ocupan un lugar destacado. Esa acción alimenta además la exigencia de abrir el deporte a todos, empezando por esos jóvenes que con demasiada frecuencia quedan al margen porque sufren de un impedimento físico o mental, viven en un contexto social difícil o, simplemente, pertenecen al sexo femenino.

Es a este “deporte de masas” al que la Organización dedica toda su atención. En efecto, está convencida de que en una sociedad en la que el aprendizaje debe durar a lo largo de toda la vida, esa forma de deporte reviste una importancia crucial en materia de educación.

Esta es mucho más que mera transmisión de información, mucho más que instrucción. Apunta, en definitiva, a despertar las aptitudes intelectuales, creadoras y de relación de cada cual, y a encauzarlas de modo que cada ser humano pueda disfrutar de su propia soberanía y contribuir al mismo tiempo al bienestar de los demás. Ahora bien,con este fin el deporte es una escuela irremplazable.

Vivimos en un mundo en el que las diferencias entre ricos y pobres se acentúan cada vez más. En una cancha, o simplemente al fondo de un callejón o en el patio de una casa que hacen las veces de terreno de juego, esas desigualdades se borran como por arte de magia. Los participantes se miden, se enfrentan, pero también se unen en el seno de un equipo con armas que por una vez no podrían ser más pacíficas : la velocidad, la fuerza, la habilidad, la resistencia, la inteligencia también, en resumen cualidades que no deben nada a la posición social de quienes las ejercen.

Vivimos en un mundo violento. En esas ciudades donde pronto morarán los dos tercios de la humanidad, incluso los niños entran en un terreno de juego cargados de toda la agresividad que los rodea. Y allí, una vez más por una suerte de milagro, esa agresividad se aplaca. Su carga y su finalidad negativas se transforman en una voluntad positiva de derrotar al adversario: se trata, no de vencer a toda costa y valiéndose de cualquier medio, sino lealmente, en un enfrentamiento sometido a reglas que los bandos opuestos acatan. El deporte se convierte entonces en una escuela de tolerancia y de respeto, donde se moderan las pasiones y los instintos. Quienes lo practican pueden cobrar conciencia de fuerzas que, si no se controlan, dominarían ciegamente su existencia.

Vivimos en un mundo en el que se agudizan los antagonismos nacionales, étnicos, religiosos. La capacidad de unión del deporte, que llega casi a la fusión, ya no necesita demostrarse. Culmina en los Juegos Olímpicos o en las Copas del Mundo de Fútbol, de las que aún conservamos en la memoria imágenes exaltantes de fraternidad. Y nuestro placer se multiplica porque son ampliamente compartidas: ninguno de los acontecimientos sociales contemporáneos suscita una comunión de una universalidad tan patente. Pero — por desgracia— no sólo existe esa forma de deporte: ya que éste es diverso, multiforme, atravesado por diferencias y ciertamente por oposiciones. El deporte que es noticia glorifica a héroes que no siempre son los que han ganado en los estadios el derecho a hacernos soñar. Entre bastidores, pero cada vez con menos tapujos, proliferan el mercantilismo y la especulación, el dopaje, la especialización precoz y el agotamiento de los atletas. Exacerbados hasta el paroxismo, los aficionados y la opinión pública terminan por caer en un chovinismo bárbaro. En el Sur, cuatro de cada cinco jóvenes aún no pueden practicar ningún deporte con el material y la orientación más elementales.

Por último, lo que está en juego en los enfrentamientos deportivos pasa a ser tan decisivo que los resultados prevalecen sobre su razón de ser: designar vencedores y vencidos cuenta más que unir a atletas que se han enfrentado en el respeto absoluto de las reglas. Nos encontramos en las antípodas de esa felicidad que evocaba el poeta francés Paul Verlaine, la de “una paz sin victoria”.

Federico Mayor, Director General de la UNESCO

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Abril de 1999