El Cuerpo y el espíritu
El cuerpo. Todos lo arrastramos sin reparar en él, hasta que un accidente, una depresión o una enfermedad orgánica nos hace tomar conciencia de repente de su irreemplazable unicidad. Rápido, los médicos, los analistas, los medicamentos, para ponerlo nuevamente en condiciones de funcionar. Una vez restablecido, lo volvemos a olvidar. Tal es, hoy en día, la actitud más corriente en el adulto moderno... y que goza de buena salud.
Ese mismo adulto, sin embargo, cuando se ve obligado a pensar en el asunto, se da cuenta perfectamente de que su vida no es separable de su cuerpo, que ese extraño desdoblamiento es en cierto modo aberrante. El cuerpo está habitado por una conciencia, pero esta conciencia, fuera de su cuerpo, no existe. La vida es una unión, más o menos feliz, entre ambos. Sin divorcio posible.
El que lo sabe y, no obstante, sigue haciendo abstracción de su cuerpo forzándolo, incluso agrediéndolo no atenta sólo contra la integridad del mismo; contraría de ese modo las sutiles resonancias, las armonías necesarias entre lo físico y lo psíquico; termina incluso por mortificar a su propia persona. ¿Cómo evitar ese naufragio, cómo realizar la unidad creadora del individuo, definiendo las relaciones más adecuadas del cuerpo con la conciencia, de la materia con el espíritu? El asunto moviliza a un número creciente de médicos, psicólogos, psicoterapeutas, después de haber apasionado, durante milenios, a sabios y teólogos.
Este número aspira a señalar la riqueza y la complejidad de las respuestas que se han dado al problema - mostranda las marcadas connotaciones culturales, filosóficas y a menudo religiosas que las inspiran. Las diferencias obedecen sobre todo al sentido que se aribuye a la noción de conciencia.
Para el monismo materialista, la conciencia no es más que la forma más elevada, más perfeccionada de organización de la materia. Las relaciones entre lo físico y lo mental corresponden entonces al enfoque experimental y racional, a los métodos científicos de análisis.
Según los dualistas, materia y espíritu son por el contrario principiosirreductibles. Existe una diferencia en cuanto a la naturaleza del cuerpo físico perecedero y la del alma eterna, que, pese a estar ligada a la persona individual, participa de una realidad trascendente y debe rendir cuentas a una instancia divina. Para contribuir a la salvación delalma, el cuerpo ha de someterse a los mandamientos de Dios, los que pueden, según los textos y sus interpretaciones, ora exaltar el placer de los sentidos, ora preconizar el desprecio de la carne...
También es posible considerar a la persona como una tríada: un cuerpo (o cuerpo en bruto), un alma (o cuerpo sutil) y el Espíritu. Este último, plano supremo de la realidad, puede ser comparado metafóricamente a una Energía única, infinita y eterna. El cuerpo en bruto y el cuerpo sutil no son entonces masque formas pasajeras que adopta esta Energía. Como las olas del océano, nacen, crecen y mueren sin nunca dejar de ser océano. El sentido de la vida se cumple en la medida en que cada cual, atravesando las fronteras sucesivas del cuerpo en bruto y del cuerpo sutil, alcanza su naturaleza infinita, encuentra la realidad del océano.
Lea este número. Descargue el PDF.
