
Chernóbil, diez años después
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Tras la explosión del reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil (Ucrania) el 26 de abril de 1986, más de cuatro de personas que vivían en Belarús, Ucrania y Rusia quedaron expuestas a radiaciones. En la introducción a The Ecology of the Chernobyl Catastrophe, se califica a este accidente de la “mayor catástrofe tecnológica de la historia de la humanidad”.
France Bequette
Periodista francoamencana especializada en medio ambiente.
Se estima en la actualidad que más de 1,7 millones de personas estuvieron expuestas a un nivel de radiación superior a las normas admitidas; 850.000 viven aún en zonas contaminadas y 280.000 deberían trasladarse a otra región, pero no tienen adonde ir. La emisión de radioisótopos en la atmósfera en forma de gas o de aerosoles debido a la combustión del grafito en el reactor se prolongó durante diez días. En total unos 50 millones de curies¹, o sea 77 kilos de diversos productos de fisión (siendo los más peligrosos el yodo-131, el cesio-134 y 137, el estroncio-90, el plutonio-239), fueron diseminados en un radio de 300 a 400 km; los aerosoles más liviano sobrevolaron países tan distantes como Estados Unidos, Francia, India y Kuwait.
La larga “desintegración” de los radioisótopos
Para evaluar mejor el impacto ecológico de la catástrofe, conviene saber que el periodo de desintegración² del yodo-131 es de ocho días; el del cesio-134 dos años; el del estroncio-90, treinta años, y el del plutonio, 24.100 años, cifras que en promedio hay que multiplicar por diez o por quince a fin de determinar el tiempo necesario para que el elemento desaparezca completamente del ambiente.
Pese a su corto periodo de desintegración, el yodo-131 es el elemento más nocivo a corto plazo. En efecto, el organismo humano necesita yodo, pero no distingue entre el elemento estable y el radioactivo. Inhalado o concentrado en la cadena alimentaria, se fija en la glándula tiroides y provoca cáncer. Los niños y los bebés son particularmente vulnerables.
El cesio-137 y el estroncio-90 son los principales responsables de la contaminación de los suelos y de las plantas, en cuyas raíces penetran debido a su gran solubilidad. Concentrados en la cadena alimentaria, terminan por fijarse en los músculos (cesio-137) y en la superficie de los huesos (estroncio-90). De ese modo el estroncio-90 acaba reemplazando al calcio en la médula ósea y favorece la aparición de enfermedades de la sangre, en particular anemia y leucemia.
El plutonio, el elemento radioactivo más peligroso (la absorción de un solo microgramo es fatal par el ser humano), es también el más pesado de los emitidos por la central de Chernóbil. Pasa difícilmente a las plantas y su radiactividad actúa sólo a corta distancia. Aunque mínimas, las precipitaciones de plutonio están concentradas en torno a la central y condenan ese perímetro por varias decenas de miles de años.
Sobrevivir en zonas contaminadas
Aparte de sus efectos sobre la vida de la población, poco se sabe de las consecuencias ecológicas del accidente. Los pastizales y los suelos llanos sin vegetación, como los campos, son los terrenos más contaminados. Unas 144.000 hectáreas de tierras cultivables y 492.000 hectáreas de bosques han sido así definitivamente abandonadas. Los radioisótopos concentrados en los sedimentos en el fondo de aguas estancadas (lagos, pantanos, albercas), son absorbidos luego por la flora y la fauna. En los bosques, la radiactividad se concentra en la corteza de los árboles y en las hojas; estas al caer contaminan los suelos, así como los musgos, líquenes y setas. La recolección de leña está prohibida en ciertas zonas, pues su combustión provoca la contaminación del horno y de las cenizas, y, utilizadas como abono, éstas últimas contaminan a su vez los suelos y las cosechas.
Numerosas zonas de pastizales ya no pueden explotarse; el forraje procedente de llanuras húmedas, altamente contaminado, sólo debe utilizarse en caso de extrema necesidad. No hay que consumir productos lácteos sin someterlos a tratamiento previo; en los alrededores de Chernóbil, la leche sirve de indicador del nivel de contaminación: cuando la leche de una granja es apta para el consumo, ello significa que el resto de los productos también lo son.
Para responder a la infinidad de interrogantes que se plantean las poblaciones afectadas, la República de Belarús ha publicado un folleto de 55 páginas titulado Radiación: como sobrevivir en la zona contaminada. Los vegetales de consumo corriente más sujetos a la contaminación aparecen clasificados por orden creciente de vulnerabilidad a las radiaciones (lo cual depende también del tipo de suelo). Así nos enteramos de que la papa y los cereales son los vegetales más resistentes y que las bayas silvestres (grosellas, moras, mirtillos) lo son menos que las manzanas y las peras. Se aconseja a los que cultivan para el consumo propio el empleo en sus jardines y huertos de abonos minerales (fósforo y potasio) y orgánico (estiércol, guano, abono vegetal) pues, aparentemente, estos limitan la absorción de radioisótopos por las plantas.
A esas informaciones se suman múltiples consejos prácticos sobre los métodos más apropiados para lavar y cocinar los alimentos, qué partes conservar y cuáles desechar. Salar o macerar la carne, por ejemplo, es uno de los mejores procedimientos para eliminar el cesio-137, que queda en la salmuera. En general, las aves y el ganado pueden consumirse a condición de criarlos en establos y corrales y suministrarles alimento no contaminado (importado) durante un mes o un mes y medio antes de sacrificarlos. Todas las carnes y productos de origen animal deben ser sometidas imperativamente a una prueba radiológica, cuyo resultado permite extender un certificado de conformidad. Con ese fin se ha organizado una red de laboratorios y centros de control.
También se aconseja desempolvar frecuente las viviendas, dejar fuera la ropa de trabajo, jabonarse a menudo, no utilizar agua de lluvia para lavar la ropa, llevar mascaras para cumplr actividades, beber diureticas y laxantes, y consumir alimentos de alto valor nutritivo, que fortalecen las defensas del organismo: proteínas, vitaminas, sales minerales. En efecto, el organismo necesita varios meses para eliminar el cesio almacenado a condición de no seguir ingiriendo.
Los estragos del temor
Pero seguir estos consejos no está al alcance de las 400.000 personas desplazadas que se encuentran sin recursos y sin trabajo, en una región desconocida para ellas, y aterrorizadas ante la posibilidad de contraer una enfermedad mortal debido a las radiaciones.¿Tienen motivos para temer lo peor?
La desesperación y la angustia favorecen la aparición de patologías. Por ello, a partir de 1991, la UNESCO estableció en los nuevos asentamientos y en los alrededores de la región contaminada, nueve centros de rehabilitación psicológica y social, que acogen a niños y adultos. Pero no solo los trastornos psicológicos han aumentado considerablemente. En una Conferencia de la OMS celebrada en noviembre de 1995 se dieron a conocer observaciones inquietantes, como el aumento de los casos de cáncer de tiroides en menores de quince años en Belarús, donde se habrían multiplicado por treinta desde 1986, y en Ucrania, donde se habrían multiplicado por diez o más.
Por otra parte, los científicos piensan que la proporción de casos de leucemia y otras enfermedades sanguíneas análogas podría aumentar en pocos años, así como la incidencia de los cánceres de mama, de vejiga, y de riñón. En efecto, estudos realizados en el Japón demonstraron un repentino incremento de esas enfermedades diez años después de los bombardeos atomicaos de Hiroshima y Nagasaki. Si bien los informes preliminares sobre el estado de salud de los obreros que trabajaron en la zona las primeras semanas después de accidente (unos 600.000 “liquidadores”) no indican una mortalidad mayor que la del resto de la población, revelan en cambio un incremento importante de las patologías habituales, así como frecuentes desórdenes neuropsicológicos y un envejecimiento acelerado del organismo.
Los glaciares: archivos naturales de la actividad nuclear
Los participantes en la mencionada Conferencia de la OMS llegaron a la conclusión de que los efectos psico-sociales del accidente constituían un terreno de acción prioritario: “Se trate en particular, según el Dr. Nakajima, Director General de la OMS, de la ansiedad suscitada por las posibles consecuencias nefastas a largo plazo de más radiaciones sobre la salud. La falta de información apenas producido el accidente ha engendrado temor y desconfianza, y provocado numerosos trastornos psicosomáticos”. Cefeales, dolores torácicos, problemas intestinales, insomnios, pérdida de concentración, estados depresivos y abuso de alcohol son ahora moneda corriente. Se observa el mismo tipo de secuelas psicosociales después de los terremotos, incendios, inundaciones, y otras catástrofes naturales provocadas por la actividad humana.
A juicio de Lbow Horich, coordinadora de los nuevos centros de rehabilitación psicológica, “la gente continúa desconfiando de la información que se le proporciona”. Reunir informaciones objetivas sobre la energía nuclear es difícil, pues el tema suscita apasionadas polémicas, y hechos y rumores se confunden rápidamente. Algunos, por ejemplo, piensan que la contaminación radiactiva es “contagiosa”; otros creen que el vino y el vodka neutralizan las radiaciones.
Chernóbil es el octavo accidente ecológico del que los glaciologos han encontrado huellas indiscutibles en los glaciares. Estos son los “archivos” naturales de todos las pruebas termonucleares atmosféricas realizadas por las grandes potencias entre 1954 y 1963. En efecto, nieve y hielo conservan todos los elementos radioactivos llevados por las corrientes aéreas. Por otra parte, resulta imposible confundir radioisótopos naturales y artificiales. Las precipitaciones radiactivas constituyen así para los glaciologos elementos de referencia que les permiten la datación absoluta de las capas de nieve. Ello muestra que es inutil tratar de disimular o minimizar los hechos: la seguridad nuclear supera ampliamente las fronteras nacionales.
¹Curie: unidad de actividad radiactiva equivalente a 37 mil millones de becquereles. 1 becquerel corresponde a la desintegración de un radioisótopo por segundo.
²Período de desintegración: período necesario para que la cantidad de un radioisótopo se reduzca espontáneamente a la mitad.
Lecturas complementarias:
Antes y después de Chernóbil, El Correo de la UNESCO, septiembre de 1990
Chernóbil cierra: el debate sigue abierto, El Correo de la UNESCO, octubre de 2000
Belarrús: "Una catástrofe nacional", El Correo de la UNESCO, octubre de 2000
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