Islas y montañas: problemas de ecología
Dentro del mosaico fascinante de los pueblos y culturas que conforman nuestro planeta, los habitantes de las zonas montañosas y de las islas aparecen como grupos aparte, caracterizados por una tenaz independencia de espíritu y por un apego profundo a su lugar de origen.
Debido a la barrera física del mar, el isleño cobra conciencia de ser un hombre distinto del que habita el continente, de no tener fácil acceso a muchos de los recursos de que el otro dispone y de mantenerse al margen del flujo y reflujo de las corrientes culturales que cruzan sin cesar las fronteras en tierra firme.
En la fragosidad de sus montañas, que se elevan como islas separadas de la llanura, también el montañés se mantiene tan alejado del hombre que habita la planicie que inclusive hoy día, cuando gracias a la radio y a la televisión las comunicaciones son instantáneas, sus modelos culturales conservan sus rasgos distintivos.
Pero no es la independencia de espíritu lo único que montañeses e isleños tienen en común. Los habitantes de esas regiones microcósmicas han llegado a crear algunos de los paisajes más armoniosos del mundo, estableciendo a menudo un equilibrio entre el hombre y la naturaleza que ha durado varios siglos. Pero hoy día, en un mundo cada vez más reducido los Alpes a los Andes y del Mediterráneo al Pacífico el creci miento demográfico y las exigencias del desarrollo han puesto en peligro ese equilibrio.
