Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

Editorial

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Las imágenes por resonancia magnética (IRM) permiten efectuar medidas cerebrales no invasivas con alta precisión.

En el ámbito de la neurociencia, la realidad ya supera la ficción.

¿Quién hubiera imaginado que un día sería posible implantar recuerdos falsos en el cerebro de un animal o dictar un texto a un ordenador con el pensamiento? Hoy en día, eso ya es realidad y esta revolución tecnológica no ha hecho más que empezar.

Esos adelantos son prometedores cuando permiten hallar nuevos tratamientos para patologías mentales o neurológicas, o cuando proporcionan a un paciente parapléjico la posibilidad de comunicarse y recuperar cierto grado de movilidad.

Pero los interrogantes éticos que plantean las neurociencias son tan importantes como las esperanzas que suscitan. Y esto resulta aún más evidente cuando su ámbito de aplicación va más allá del ámbito sanitario para aplicarse al marketing, a la educación o a los juegos de vídeo.

En la medida en la que es posible la lectura y la transmisión de los datos cerebrales, se plantea la cuestión de la explotación de esos datos con fines comerciales o malintencionados. Existe, en efecto, el riesgo de que esas tecnologías sirvan para vigilar, manipular o modificar hasta nuestros pensamientos más íntimos.  

Porque las neurociencias tienen la particularidad de interactuar directamente con el cerebro, esto es, con la parte de nosotros donde radica el fundamento de la identidad humana, la libertad de pensamiento, el libre albedrío y la vida privada.

Ahora bien, aunque hay un gran número de leyes orientadas a proteger la intimidad y los derechos de los consumidores, determinadas amenazas específicas vinculadas a las neurociencias no han sido previstas en la legislación. En cuanto a los tratados y convenios que amparan los derechos humanos, no abarcan ámbitos específicos como la protección del libre albedrío o la intimidad mental. A excepción de países como Chile y algunos otros, son pocos los que han comenzado a reforzar su arsenal jurídico para proteger los “neuroderechos” de sus ciudadanos. 

Por lo tanto, es urgente implementar mecanismos para colmar esas lagunas y garantizar una protección eficaz de los individuos contra la posible utilización de sus datos cerebrales. Eso es lo que promueve el Comité Internacional de Bioética de la UNESCO en su último informe. Ese es también el significado del debate coordinado por la UNESCO en el sistema de las Naciones Unidas, con miras a elaborar un marco mundial para la gobernanza de las neurotecnologías.

 

Agnès Bardon