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El chivo expiatorio, pilar del pensamiento conspiranoico

Las situaciones de crisis no alcanzan a explicar por sí solas el auge de las teorías conspirativas. Para Jan-Willem van Proojien, la designación de un grupo social considerado dañino es un corolario indispensable de esas teorías.

Jan-Willem van Prooijen
Profesor adjunto del departamento de psicología experimental y aplicada de la Universidad Libre de Ámsterdam y director de investigación en el Instituto de Criminología y Aplicación de la Ley (NSCR) de los Países Bajos.

La turba de indignados seguidores de Donald Trump -entonces presidente de Estados Unidos- que tomó por asalto el edificio del Capitolio de Washington D.C. el 6 de enero de 2021 actuó movida por la creencia conspiranoica de que les habían robado la elección presidencial del país. 

 

En los Países Bajos, las medidas restrictivas -en particular la entrada en vigor de un toque de queda- para luchar contra la pandemia del COVID-19 generaron en enero de 2021 violentas protestas que se tradujeron en motines y en la destrucción de bienes por todo el país. Gran número de esos manifestantes comparten creencias conspiracionistas y suponen que el gobierno alberga intenciones aviesas, como reprimir a la población exagerando los peligros del coronavirus o imponer una vacunación obligatoria con sustancias misteriosas que permitirían controlar el pensamiento.

¿Qué función desempeñan las teorías de la conspiración en la polarización y la radicalización? Se afirma a menudo que las situaciones de crisis social fomentan el pensamiento conspiracionista entre ciudadanos bien integrados y que no muestran síntoma alguno de trastorno. Cuando se experimenta un sentimiento de angustia -incertidumbre de cara al futuro, pérdida de control o ansiedad- es natural que uno realice esfuerzos mentales para dar sentido al contexto físico y social, y llegar a comprenderlo. Esta reacción ha contribuido mucho a nuestra supervivencia a lo largo de la evolución de la especie, porque el impulso por comprender la naturaleza y el origen de las amenazas ha aumentado nuestra capacidad de anticiparnos a los peligros. 

Un grupo hostil fácil de identificar

Aunque este razonamiento forma parte del rompecabezas, no alcanza por sí solo a explicar el pensamiento conspiracionista. Las situaciones de crisis no conducen necesariamente a una mentalidad así. Cuando el 11 de septiembre de 2001 ocurrieron en Nueva York los atentados terroristas contra las torres gemelas, numerosos ciudadanos creyeron en las teorías conspiranoicas, según las cuales el hecho había sido posible gracias a ciertas complicidades internas en el gobierno estadounidense. En cambio, muchas otras personas apoyaron plenamente al presidente George W. Bush, que ostentaba entonces el índice de popularidad más alto jamás obtenido por un mandatario en Estados Unidos.

Si bien es cierto que el elevado número de ciudadanos que cree en teorías de la conspiración vinculadas al COVID-19 es fuente de inquietud, -en mayo de 2020, el 26 % de los canadienses y el 39 % de los australianos creían que el coronavirus era un arma biológica fabricada en un laboratorio-, un número aún mayor de personas no cree en esas hipótesis.

Para que el pensamiento conspiranoico arraigue, es preciso que exista al menos un factor adicional: un colectivo exterior antagonista, esto es, un grupo social del que se desconfía y al que se desprecia profundamente. Un grupo así proporciona un chivo expiatorio oportuno que permite comprender de manera sencilla y directa una situación de crisis social, tal como una pandemia, un ataque terrorista o una elección perdida. « Ellos » crearon deliberadamente esta situación; se trata de una conjura malévola y criminal urdida por ese grupo. La existencia de este chivo expiatorio puede incluso llegar a ser un consuelo. Es difícil prepararse para hacer frente a la mala suerte (o a un enemigo invisible, como un virus), pero sí es posible enfrentarse con un grupo hostil claramente identificable.  

A esto cabría aducir que a menudo los ciudadanos se adhieren a teorías de la conspiración que afectan a su propio gobierno -los dirigentes de su propio país y, por ende, a una parte de su propio grupo-. La manera de clasificar a los demás en grupos sociales es por lo tanto subjetiva y puede analizarse en distintos planos. Dentro de su propio país, las personas sin duda perciben diferentes sub-grupos basados en la etnia, el apoyo a un determinado equipo de fútbol, la ciudad donde viven, etc., con los cuales no necesariamente se identifican. Podría afirmarse que su propio gobierno constituye uno de esos sub-grupos y tal vez los ciudadanos sientan que esa entidad no los representa.

Una explicación sencilla

La conjunción de situaciones de crisis social y de grupos antagonistas contribuye a explicar las teorías de la conspiración y su relación con la polarización a lo largo de la historia. Durante la pandemia de la gripe española de 1918, Reino Unido y Estados Unidos compartían una teoría conspiranoica según la cual el virus causante de la enfermedad era un arma biológica deliberadamente fabricada para matar. Los ciudadanos creían que esta “arma biológica” había sido elaborada por los alemanes, sus enemigos durante la Primera Guerra Mundial.

De igual modo, el antisemitismo se propagó a través de los siglos con su corolario: la teoría de una conjura judía. Una teoría de la conspiración sólidamente asentada en la Alemania nazi era que el pueblo judío había causado la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial. Además, Hitler creía en una conspiración judía orientada a dominar el mundo y consideraba que el pueblo judío era responsable a la vez del capitalismo y del comunismo.

A menudo las teorías de la conspiración surgen cuando las situaciones de crisis se conjugan con la presencia de grupos antagonistas. La explicación de una situación de crisis resulta más fácil cuando se encuentra a un responsable. Incluso puede ocurrir que los colectivos a los que se acusa sean precisamente los que pueden contribuir a solucionar la crisis. Por ejemplo, numerosas teorías conspiracionistas acerca del COVID-19 acusan a las empresas farmacéuticas de falta de transparencia sobre los auténticos ingredientes o los efectos secundarios de las vacunas contra el coronavirus.

Una amenaza para la democracia

Fuera de los periodos de crisis, determinados grupos también pueden ser sospechosos de conspiración. Los alunizajes del proyecto Apolo, por ejemplo, fueron otros tantos testimonios del éxito, el coraje y el progreso científico de la humanidad. Sin embargo, se trataba de un acontecimiento social trascendental, al que muchas personas querían otorgar un sentido. Así, los alunizajes suscitaron numerosas teorías conspiracionistas entre quienes alimentaban una desconfianza profundamente arraigada hacia la NASA o el gobierno estadounidense. Todavía hoy, son muchos los que creen que esos alunizajes fueron una puesta en escena filmada en un estudio de televisión. Según un sondeo de opinión realizado en 2019, el 11% de los ciudadanos estadounidenses creían que los alunizajes eran imágenes trucadas (Statista, 2019).

Estos ejemplos ponen de relieve los vínculos entre las teorías de la conspiración, la polarización y la radicalización. Las personas que se polarizan no solo están ancladas más sólidamente en sus creencias sobre las cuestiones sociales más candentes -como la pandemia del COVID-19, la inmigración, el cambio climático, etc.- sino que además distinguen más nítidamente a los grupos de población que tienen convicciones diferentes sobre esos asuntos.

Las teorías conspiranoicas constituyen un relato que demoniza a esos otros grupos, al atribuirles intenciones aviesas y actos criminales y destructivos. Transforman a otros grupos en “enemigos”, legitimando así una acción radical en su contra. 

Así, muchos neerlandeses que se manifestaron contra el confinamiento probablemente creían que se estaban enfrentando a un gobierno mal intencionado, que trataba de limitar las libertades de los ciudadanos. En su mente, el fin justificaba los medios, y la violencia era el último recurso que les quedaba para resistir a tan poderoso adversario.  

A corto plazo, las teorías conspiracionistas quizá contribuyeron a que los amotinados se sintieran personas singulares e importantes. En su condición de miembros de un pequeño grupo de ciudadanos que creían realmente haber comprendido el peligroso engaño que perpetraba el gobierno, estaban dispuestos a luchar contra él. Esos sucesos ponen de relieve los peligros del pensamiento conspiranoico, tanto para la sociedad como para quienes creen en esa conspiración. Al exacerbar la polarización, las teorías conspiracionistas pueden propiciar una acción radical y socavar las instituciones democráticas, las mismas que se concibieron para ayudar y proteger a los ciudadanos. 

 

Lecturas complementarias:

La crisis sanitaria, un terreno abonado para la desinformación, El Correo de la UNESCO, julio-septiembre de 2020

¡Alto al discurso catastrofista!,  El Correo de la UNESCO, abril-junio de 2018

 

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