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Racismo: Enfrentarse a lo impensable

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Estatua de Cristóbal Colón en el Estado de Minnesota, una de las numerosas efigies de personajes vinculados con la historia colonial y la discriminación abatidas tras las manifestaciones contra las desigualdades raciales en Estados Unidos, junio de 2020.

La violencia policial ocurrida la primavera pasada en Estados Unidos generó un movimiento de protestas que se extendió más allá de las fronteras estadounidenses. El racismo, ya sea corriente o sistemático, sigue estando profundamente arraigado en las mentes y el funcionamiento de las sociedades contemporáneas, insiste la novelista Véronique Tadjo.

Véronique Tadjo
Escritora franco-marfileña. Tadjo residió durante muchos años en Sudáfrica, en donde fue profesora de la Facultad de lengua francesa de la Universidad de Witwatersrand en Johannesburgo. Publicó la novela En compagnie des hommes, que se sitúa en el contexto de la epidemia del Ébola, en 2014, en África occidental.  

Publicadas en Internet y posteriormente recogidas por los medios de comunicación internacionales, las imágenes del asesinato de George Floyd, que fue sofocado por un policía en Minneapolis el 25 de mayo, volvieron a poner en primer plano el tema del racismo.

Durante un tiempo, habíamos podido alimentar la ilusión de vivir en una era post-racial, de la cual la elección de Nelson Mandela, el primer presidente negro de Sudáfrica (1994-1999) y el acceso a la magistratura suprema de Estados Unidos de Barack Obama (2008-2017) habrían sido los momentos clave. El mismo optimismo prevaleció en Francia, donde los valores republicanos parecían haber superado el concepto de raza, condenándolo a la obsolescencia.

Sin embargo, el racismo “ordinario” nunca ha dejado de impregnar nuestra vida cotidiana, alimentándose de prejuicios y preconceptos. A veces sutil, a menudo frontal, se apoya en tres pilares, según las investigadoras Évelyne Heyer y Carole Reynaud-Paligot del Museo del Hombre de París: “categorizar a los individuos en grupos (un reflejo del cerebro humano, pero los criterios de clasificación varían según los contextos sociohistóricos), jerarquizarlos (algunos son valorados o desvalorizados por una razón arbitraria) y esencializarlos, es decir, presentar estas diferencias como infranqueables e inevitables porque provienen de una transmisión hereditaria”.

Rechazo del prójimo

Este rechazo del prójimo asume múltiples formas. No escatima ataques a figuras prominentes, manifestándose en particular mediante abucheos a un jugador de fútbol negro o mediante el desencadenamiento de las redes sociales contra políticos negros. Sin embargo, la mayoría de las veces las víctimas son los ciudadanos comunes cuando luchan por obtener una vivienda o un trabajo sobre la base de su origen racial. Esa actitud discriminatoria es generalmente repudiada por el público en general. Reconocido como perjudicial para la cohesión social, se atribuye, con razón o sin ella, al pensamiento reaccionario. Según Frantz Fanon, el gran defensor de las luchas por la descolonización: “El racismo no es un todo, sino el más visible, el más cotidiano, de hecho, a veces el más burdo elemento de una estructura dada”.

Es dicha estructura la que se llama racismo “sistémico”. Más pernicioso y por lo tanto más difícil de desenmascarar pues se esconde incluso en el funcionamiento del Estado. Para aquellos que nunca se han enfrentado a tales manifestaciones, es fácil negar su existencia. ¿No condenan las leyes las diferentes formas de discriminación? En Francia, la primera ley nacional, que data del 1º de julio de 1972, ha sido enmendada y mejorada varias veces. Además, existen convenios europeos e internacionales a los cuales recurrir para denunciar los abusos. Pero las leyes por sí solas no son suficientes para frenar la discriminación en la vida cotidiana. Debemos ir más lejos.

Racismo sistémico

El alcance del racismo sistémico no se puede captar reduciéndolo a actos aislados. Se trata de la inferiorización de ciertos grupos minoritarios, considerados históricamente como subalternos debido al legado de la esclavitud y/o la colonización. En una sociedad que se considera democrática, se infiltra en el sistema policial (delitos por mera discriminación facial y violencia policial), en el sistema penitenciario (mayor número de detenidos y condenas más altas), en el sistema educativo (fracaso escolar), en el sistema sanitario (acceso restringido a la atención médica), en el mundo laboral (mayor tasa de desempleo) y en la movilidad social (urbanizaciones o barrios populares), y la lista no es exhaustiva. Para la historiadora Laure Murat, profesora de literatura de la Universidad de California en Los Ángeles, el racismo sistémico es un monopolio institucional que con frecuencia perpetúa una cultura - sexista, racista y violenta.

Las manifestaciones que se han extendido por todo el mundo en apoyo del movimiento estadounidense Black Lives Matter son la expresión de una conciencia de la naturaleza polifacética del racismo, que abre camino a diferentes tipos de abuso (antisemitismo, islamofobia, homofobia, sexismo, transfobia, etc.). El contexto de la pandemia de COVID-19, marcado por la experiencia colectiva de confinamiento, sufrimiento y muerte, ha aumentado sin duda la conciencia pública de esta tragedia.

Black Lives Matter es parte de la historia de la lucha de los negros estadounidenses por la igualdad racial desde los comienzos de la esclavitud en las plantaciones del sur de Estados Unidos en el siglo XVII hasta la lucha por los derechos civiles en la década de 1960, que puso fin a la segregación en los lugares públicos, el transporte y el sistema educativo.

Este movimiento extrae fuerzas de las luchas y victorias del pasado, aunque no haya erradicado el racismo de la sociedad estadounidense. Pero es sorprendente que haya logrado movilizar a las masas en torno a la idea de una internacionalización de la injusticia social. Ya sea en Francia, el Reino Unido, Alemania, Australia o Sudáfrica, las denuncias de violencias policiales y otras formas de exclusión se han multiplicado y han dado lugar a un rechazo colectivo de la opresión, la humillación y la dominación.

Resistencias

Sin embargo, cabe esperar resistencias a estos cambios. Tras las pancartas con lemas antirracistas, de las grandes marcas comerciales con publicidad más inclusiva y de las librerías que se apresuran a ofrecer obras de autores negros y libros sobre el racismo, es posible que se produzca una inversión en dicha situación.

Ante los daños materiales causados por muchas manifestaciones y el temor a los desórdenes públicos, el apoyo al antirracismo podría desvanecerse para dar paso a enfrentamientos entre grupos hostiles al desafío del statu quo o a enfrentamientos violentos con los organismos encargados de hacer cumplir la ley. En este sentido, el derribo de estatuas ya es un llamado de atención. El hecho de que Black Lives Matter no tenga un centro real es un problema. Podemos comprobar que el movimiento se ha dividido y lucha por controlar el extremismo de una minoría de militantes muy activos. 

Para cambiar la sociedad, el impulso de solidaridad debe ir más allá de las protestas y los símbolos. “Pero si no hubiera ‘divisiones’ y si todos estuvieran siempre de acuerdo en todo, no necesitaríamos la democracia. La democracia es una cuestión de conflicto encuadrado (por las Constituciones y, muy en particular, por los derechos fundamentales)”, nos recuerda Jan-Werner Müller, profesor de teoría política e historia de las ideas de la Universidad de Princeton (EE.UU.), en una columna publicada en el periódico francés Libération el 30 de junio de 2020. En la democracia, la unanimidad no es un valor en sí. "No se trata de ayudar a los negros, sino de lograr una sociedad en la que se respeten las diferencias con igualdad de oportunidades”.

Más información:

El Correo contra el racismo - selección de números y de artículos que abordan este tema
Coalición internacional de ciudades inclusivas y sostenibles

 

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