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Investigación: "Esta epidemia será un detonador"

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Epidemia, pintura realizada por Thierry Olivier en 2015.

Nathalie Strub-Wourgaft es una de las fundadoras de la Coalición para la investigación clínica del COVID-19, lanzada en abril por instituciones científicas, médicos, donantes y encargados de la formulación de políticas de casi 30 naciones para promover la investigación en los países de bajos ingresos. Esta especialista aboga por investigaciones específicas adaptadas a esos países.

Nathalie Strub-Wourgaft

Directora de la Unidad de enfermedades tropicales desatendidas de la Drugs for Neglected Deseases Initiative (DNDi), una organización de investigación independiente

con sede en Ginebra (Suiza).

Entrevista realizada por Agnès Bardon, UNESCO

¿Qué motivó la creación de la Coalición para la investigación clínica del COVID-19?

A mediados de marzo, la investigación clínica sobre el coronavirus ya era muy activa, pero se concentraba en los países ricos donde también se encontraba la mayoría de las personas infectadas. Nos preocupaba que no se planearan ensayos clínicos en países del sur, ya fuera en África, Asia o América Latina. Los casos aún eran pocos, pero las proyecciones preveían que la epidemia se intensificaría, particularmente en África. En la investigación existía un claro desequilibrio entre el Norte y el Sur. Por eso lanzamos la Coalición. Todavía teníamos presente lo ocurrido en el momento de la crisis sanitaria causada por el virus del Ébola. En esa ocasión surgieron muchas iniciativas de investigación, pero no había coordinación ni intercambio de información entre los diferentes proyectos. Era necesario evitar la repetición de esos errores.

Como el COVID-19 era una enfermedad nueva, todo estaba por hacer: inventar nuevos protocolos, describir las muestras y elaborar cuadros clínicos. Las investigaciones se desarrollaron en paralelo con la epidemiología. Era necesario ir muy de prisa, pero también era indispensable evitar la duplicación para dar respuestas rápidas a las cuestiones fundamentales: ¿cómo evitar la muerte?, ¿cómo evitar la hospitalización?, ¿cómo protegerse a sí mismo? y ¿cuáles eran los grupos de riesgo? Sin embargo, para avanzar en estas cuestiones se requiere una gran capacidad analítica, lo que implica reunir información y datos.

¿Por qué es necesario desarrollar investigaciones específicas en países de bajos recursos?

Las propuestas terapéuticas que podrían desarrollarse en el Norte no son aplicables como tales en el Sur, aunque solo sea porque las comorbilidades no son las mismas de una región a otra. En África, por ejemplo, el paludismo, la tuberculosis o el VIH están muy extendidos, lo que no ocurre en Europa. Además, los sistemas sanitarios son diferentes. En los países industrializados, los hospitales han tenido dificultades para hacer frente a la afluencia de pacientes con formas graves de la enfermedad. ¿Y qué pasa con los que no están equipados con respiradores artificiales? En lo que respecta a los tratamientos, las moléculas que están mostrando algunos resultados prometedores hoy en día son moléculas inyectables y, por lo tanto, requieren personal hospitalario capacitado. Si no se dispone de dicho personal, hay que encontrar otras soluciones terapéuticas. Además, cabe preguntarse si el virus es el mismo. Al parecer existen variantes geográficas. Por último, los problemas que abordan las ciencias sociales dependen también del contexto regional: la contención no es la misma en Delhi que en una zona rural de Francia. Las repercusiones del confinamiento y su aceptación por la población varían de una región a otra. Por lo tanto, en la investigación, la idea de contexto es esencial. No se pueden realizar investigaciones científicas en los países industrializados y aplicarlas a todos los demá. La investigación debe guiarse por las prioridades de los países.

¿Puede una crisis sanitaria de esta magnitud concienciar sobre la necesidad de aunar los esfuerzos de investigación?

Por supuesto. Necesitamos aunar esfuerzos en lo tocante a identificación de tratamientos y diagnósticos. Es necesario que los principales donantes se pongan de acuerdo sobre las prioridades, lo cual es absolutamente esencial en la respuesta. Vivimos un momento de la historia en el que todos estamos preocupados por un problema sanitario mundial. Esta es una situación totalmente nueva. Incluso la crisis del ébola ha sido finalmente identificada como un problema africano. Este nuevo virus no nos deja otra opción que colaborar. El hecho de que la Organización Mundial de la Salud haya usado el nombre de Solidaridad para denominar su primer ensayo clínico es significativo.

¿Somos testigos de los comienzos de una mejor gestión de los esfuerzos de investigación?

Todavía es un poco temprano para decirlo. La voluntad está ahí y hallamos una mejor colaboración en la comunidad de investigación que en el pasado. No podemos hablar de una mejor gobernanza, pero nos estamos acercando. Al mismo tiempo, se han puesto en marcha casi mil ensayos clínicos sobre el COVID-19, lo que significa que no existe una verdadera concertación de ámbito internacional. Esta crisis sanitaria será un punto de inflexión, aunque todavía es difícil medir su repercusión. Estamos en el proceso de construir una nueva forma de trabajar, pero queda mucho por hacer. Uno de los logros es que hoy en día tratamos de integrar la cuestión del acceso a los proyectos de investigación. En DNDi, por ejemplo, trabajamos ahora en un ensayo clínico. Estudiamos las moléculas que se pondrán a disposición de las poblaciones y que serán accesibles en gran escala. Parece obvio, pero no siempre ha sido así.

¿Podemos hablar de un avance en esta crisis de salud?

Habrá un antes y un después. ¿Cómo podría ser de otra manera cuando los contagios se pueden contar por millones y las muertes en cientos de miles? De no ser así, estaríamos negando cuanto acabamos de vivir. Se ha perdido tiempo en la investigación de esta enfermedad, pero menos que en el pasado. El Ébola fue un punto de inflexión. El COVID-19 será un detonador. Esta crisis es innegablemente una lección. Durante varios años, algunas personas han tratado de dar la alarma, como Bill Gates que, hace varios años, advirtió del riesgo de una pandemia. Algunos habían propuesto que los países miembros de la OMS dedicaran el 0,1% de sus presupuestos a la investigación, según las prioridades definidas por los imperativos de investigación de la época. Este es el momento de prestar atención a esas opiniones.

 

Descubra aquí cómo la UNESCO pone en marcha los elementos que permiten reforzar la resiliencia de la población, gracias a soluciones científicas y a la cooperación científica creciente.

Más información:

Ameenah Gurib-Fakim: “La ciencia es la base del progreso social”, El Correo de la UNESCO, abril-junio de 2017

Ciencia sin fronteras, El Correo de la UNESCO, enero-marzo de 2011

La UNESCO y el CERN: historia de una cooperación, El Correo de la UNESCO, enero-marzo de 2011

Para vencer al sida, la única arma es la cooperación, El Correo de la UNESCO, diciembre de 2008

 

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Foto: Thierry Olivier Epi2mik