Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

Ideas

¿Qué guion escribiremos para el relato futuro de la humanidad?

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"Concepción robótica", del artista cubano Falco.

¿Va a adquirir la inteligencia artificial una autonomía total? La respuesta a este interrogante dependerá de nosotros, los seres humanos, a quienes nos incumbe la tarea de definir el futuro de nuestra especie y nuestras sociedades en armonía con ese poderoso instrumento tecnológico que a veces percibimos como un monstruo angustioso.

Sandrine Cathelat y Mathilde Hervieu

Los recientes progresos tecnológicos están esbozando un ecosistema de servicios cada vez más fácil de usar, tal y como lo venimos comprobando desde hace algunos años. Este ecosistema sumamente cómodo lo pilota la inteligencia artificial. Para el ciudadano o consumidor esos progresos se traducen por una oferta cada vez mayor de servicios de uso fácil que le simplifican la vida y le permiten escoger las mejores soluciones. A los trabajadores asalariados o autónomos ese ecosistema les permite efectuar evaluaciones más objetivas, acceder rápidamente a conocimientos técnicos y apreciaciones de expertos, u obtener continuamente una asistencia digitalizada, lo cual les facilita la realización de un trabajo de buena factura. A las empresas y organizaciones, así como a sus directivos, las innovaciones tecnológicas les ofrecen la posibilidad de confiar cada vez más responsabilidades de gestión a sistemas de inteligencia artificial susceptibles de optimizar la adquisición y la logística de bienes y servicios, de perfeccionar la seguridad de las instalaciones y bases de datos, de mejorar la selección y contratación de personal, y de distribuir con eficacia los recursos materiales y humanos. Todo eso en tiempo real y con una flexibilidad máxima.

Sin embargo, cabe preguntarse si todo lo que nos ofrecen las capacidades de los algoritmos es positivo, o dicho de otro modo, ¿tenemos que explotar sus posibilidades de cualquier manera y a toda costa, únicamente en aras de la eficacia y la rentabilidad? Debemos ser vigilantes ante la velocidad de vértigo con la que se suceden innovaciones y rupturas, y ante la concentración cada vez mayor de los núcleos de invención en manos de unos pocos. Sobre todo porque la tendencia a delegar responsabilidades se acentuará inevitablemente cuando el desarrollo de la inteligencia artificial se generalice. Este tipo de inteligencia está sentando ya las bases para lograr su generalización mediante la extensión de su red de conexiones a todo nuestro entorno real, aprovechando la tendencia tecnológica a hacer cada vez más invisibles e intuitivas las interfaces.

Nos hallamos ante una encrucijada de civilizaciones y se vislumbra en el horizonte toda una serie de retos cruciales. ¿Cuáles serán la condición y la posición del homo sapiens en este ecosistema del siglo XXI, digitalizado o cuando menos híbrido? ¿Será provechoso dicho ecosistema para los seres humanos? ¿Nos hallamos ante una ocasión propicia para redefinir la condición humana, a fin de afrontar mejor lo que va a ser nuestra vida con la inteligencia artificial y sus múltiples encarnaciones? ¿Qué perspectivas de futuro debemos anticipar los humanos y qué guion vamos a escribir para el relato del mundo de mañana, habida cuenta de que todavía nos incumbe la tarea de empuñar la pluma? Ya va siendo hora de reflexionar y escoger la estrategia que se ha de adoptar con respecto a la autonomización del universo digital. ¿Se deben formular prohibiciones o reglamentos con vistas a invertir el curso de la innovación o desacelerarlo? ¿Apostaremos por una especie de nueva humanidad “ciborg” en la que los organismos vivos y los aparatos cibernéticos funcionen conjuntamente, a fin de estimular la competición entre el ser humano y la máquina situándonos en el terreno de esta? O por el contrario, ¿sabremos demostrar que poseemos una plasticidad creativa capaz de imaginar sociedades en las que se establezcan colaboraciones complementarias entre las capacidades humanas y las del universo digital?

La futura metamorfosis

Corren ríos de tinta sobre la inteligencia artificial y esta cataliza todas nuestras angustias. Algunos opinan que todavía está en mantillas, pero qué pasará el día en que llegue a ser adulta y robusta. ¿Quiénes van a poseerla y tendrán derecho a utilizarla? ¿Qué harán con ella? Y ante todo, ¿a qué se asemejará? ¿Será una verdadera inteligencia humana o una imitación de esta? ¿Tendrá todas nuestras virtudes y defectos? ¿Tendrá una moral y actuará deliberadamente? Si la imaginamos así, la inteligencia artificial resulta ser un monstruo angustioso. Sin embargo, su monstruosidad no es la de un Frankenstein, sino la de un instrumento eficaz. Viene a ser como cualquier utensilio –por ejemplo, un martillo– manejado por una voluntad exógena. Ahora bien, hoy en día esa voluntad no es de índole humana, sino organizativa. En efecto, desde que hizo su aparición hace ya algunos decenios, la inteligencia artificial se puso al servicio de los objetivos de funcionalidad y rentabilidad de empresas y organizaciones. Es sobre todo el instrumento para llevar a cabo un proyecto, hacer realidad una visión y plasmar en los hechos el guion de un relato imperante, que hoy por hoy es el de la eficiencia.

No obstante, la inteligencia artificial no es un instrumento cualquiera. En un principio revistió la forma de programas informáticos de carácter táctico totalmente concebidos y programados por el hombre, pero hoy ha entrado en una fase en la que poco a poco va cobrando autonomía y adquiriendo la capacidad de escoger por sí sola los métodos susceptibles de alcanzar los objetivos que por ahora le siguen fijando los seres humanos. El día de mañana, los programas informáticos de antaño se metamorfosearán en inteligencias artificiales completamente autónomas que podrán determinar de por sí sus propios objetivos y los medios para alcanzarlos, y que también serán capaces de actuar en red y modificar el guion del relato de la humanidad, para bien o para mal.

Como es innegable que la continuidad de la actual evolución tecnológica anuncia lógicamente esa metamorfosis, tendemos a espantarnos por el advenimiento de la inteligencia artificial autónoma, pese a que aún están en nuestras manos las riendas para sujetarla. Por eso, tenemos que afrontar desde ahora mismo varios retos importantes: lograr la transparencia de los algoritmos y las bases de datos; fijar límites y restricciones a las máquinas y los servicios que nos proporcionan; y escribir el guion para un relato que sea secundado tanto por la inteligencia artificial como por nosotros, los seres humanos. No cabe duda de que la problemática planteada es más de naturaleza ética, moral y política que de índole tecnológica. De ahí que debamos preguntarnos cuál va ser nuestro porvenir con la inteligencia artificial y qué clase de guion vamos a escribir para el futuro.

La solución basada en el “ciborg”

Un primer guion consistiría en prolongar pura y simplemente el relato de eficiencia, crecimiento y liberalismo seguido actualmente, según el cual la única opción del ser humano es aumentar sus capacidades con ayuda de las máquinas para cooperar, en vez de rivalizar, con ellas. En efecto, el advenimiento de la inteligencia artificial plantea el problema del empleo y del choque de las competencias intelectuales y técnicas de los humanos con las del universo digital. Si se sigue el guion de un modelo de rentabilidad, lo más probable es que la inmensa mayoría de los puestos de trabajo se asignarán a las máquinas. Para aguantar la situación así creada, el hombre tendrá que multiplicar sus instrumentos de apoyo digitales y adquirir capacidades superiores a las que le ha conferido la naturaleza. Con una ósmosis de este tipo entre el ser humano y el universo digital, será este último el que cobre más eficacia, comprenda más deprisa y actúe con mayor celeridad. Estas dotes desmesuradas de perspicacia y discernimiento se ajustan al relato de eficiencia vigente hoy en día.

Aliviado de carga de trabajo, ágil y camaleónico, el hombre fusionado con la máquina, el “ciborg”, estará dispuesto a cooperar activamente con esta en pie de igualdad, pero en ese caso tendrá que asemejarse a ella, aumentando sus capacidades con los recursos ilimitados de la red de inteligencias artificiales y reduciendo a la vez su condición humana. Al igual que la inteligencia artificial, el “ciborg” se convertirá así en otro monstruo de eficacia y ambos formarán parte de una misma red que conectará a los seres humanos con las máquinas sin hacer distinciones de ningún tipo. 

Aunque esa ósmosis del hombre con la inteligencia artificial trae consigo ventajas esencialmente en materia de seguridad funcional y eficacia operativa, también plantea toda una gama de interrogantes de gran importancia. ¿Qué ocurrirá si “se corta la corriente”? ¿Quiénes tendrán acceso a la “nube”? ¿Habrá que aceptar ser completamente transparente para acceder a ella? ¿Será obligatorio pagar por el acceso? ¿Habrá una sola “nube” igual para todos, o varias de calidad diferente? ¿La condición de “ciborg” será sinónima de igualdad o de fractura socioeconómica entre los seres humanos? Lo que sí parece vislumbrarse con certidumbre es que el “ciborg” no será propietario de nada y mucho menos aún de sus competencias, ya que se verá reducido a una condición de usuario exclusivamente, esto es, de mero depositario temporal de los servicios disponibles. ¿Qué ocurrirá entonces si se le suprimen sus derechos de uso?

Un guion diferente para un nuevo relato humano

Despejar esos interrogantes es muy importante, porque tanto la inteligencia artificial como la humanidad están en plena metamorfosis. La solución basada en el “ciborg” encaja perfectamente en el relato que emana del guion escrito por el liberalismo capitalista. Pero cabe preguntarse si este relato va a ser capaz de afrontar los retos planteados a la humanidad, cuando los recursos naturales de nuestro planeta se hallan ahora en una situación crítica que nos intima a escribir un guion diferente para crear un nuevo relato humano. La escritura de ese guion parece ser tanto más perentoria cuanto que podremos disponer seguramente de medios para hacerlo realidad, gracias precisamente a ese instrumento superpotente que es la propia inteligencia artificial.

La inteligencia artificial es un arma muy eficaz que puede hacer evolucionar con éxito un modelo ya existente, pero en su ADN no está programado el cambio radical del orden establecido. Además, conviene señalar que todos nuestros esfuerzos actuales por transformar el universo digital no están conduciendo a nuevas invenciones, ni modificando en absoluto el relato imperante. Por eso, deberíamos adoptar el siguiente lema: “dejemos de innovar y empecemos a inventar de una vez”.

Para inventar podemos confiar de nuevo en el ser humano, ya que sus convicciones y motivaciones son fuentes abundantes de las que manan los esfuerzos para resistir al modelo actual. Inventar es sinónimo de fe, deseo e intención viscerales… de certidumbre, en definitiva. También supone interrogarse sobre el sentido de la acción, antes de tratar de las conquistas tecnológicas para realizarla o de su finalidad económica. A menudo, el espíritu de inventiva emana de la singularidad excepcional arraigada en la mente de un hombre o de una mujer, así como en su historia, sus traumatismos o fortalezas y sus deseos o necesidades. No se debe olvidar que la tenacidad obstinada que condujo al éxito a los grandes genios de la humanidad fue, en muchas ocasiones, producto de un afán por superar sus propias flaquezas personales.

El guion para escribir el futuro al que nos referimos aquí no tiene nada en común con el basado en el “ciborg”, pero tampoco rechaza en modo alguno la función instrumental desempeñada por la tecnología. Nos estamos refiriendo al guion de un relato diferente que se sirva de la inteligencia artificial para otros fines, con restricciones y normas distintas para su uso. Estamos aludiendo a una estrategia en la que se dé prioridad a nuestra condición humana y en la que sin contraponer lo humano a lo mecánico el punto flaco de la solución “ciborg” se convierta en un punto fuerte. No estamos hablando de estandarización ni de lógica racional, ni de causalidad, previsión o procesamientos, ni tampoco de un modelo estereotipado de eficiencia.

Por lo tanto, no podemos encomendar a las máquinas la escritura del nuevo guion para el futuro relato de la humanidad ya que sus superpotentes algoritmos carecen de fe y convicción, no cuestionan el poder, adolecen de falta de espíritu transgresor y prescinden del impetuoso empeño del ser humano por sobrevivir y garantizar a sus descendientes una vida más feliz. La colaboración del hombre con la máquina puede ser beneficiosa, pero no cabe duda de que es preciso determinar sus límites, dominarla y comprenderla mejor. Esto será posible si nos ponemos todos de acuerdo sobre el relato al que ha de adaptarse. ¡Empuñemos, pues, la pluma para escribir desde ahora mismo el guion de ese relato!

Foto: Fabian Albertini  

Mathilde Hervieu

Responsable de proyectos editoriales del Observatorio Netexplo, Mathilde Hervieu (Francia) asume la dirección de los trabajos de investigación de este organismo junto con Sandrine Cathelat.

Sandrine Cathelat

Directora asociada del Observatorio Netexplo, Sandrine Cathelat (Francia) asume la responsabilidad de los trabajos de investigación de este organismo junto con Mathilde Hervieu (Francia). Ese observatorio fue fundado en 2007 por Martine Bidegain y Thierry Happe con el patrocinio del Senado de la República Francesa y del ministerio francés encargado de la Economía Digital.