Gran angular

Astucia y creatividad en Kinsasa

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Kinsasa, ciuda-mercado.

¿Qué hace falta para subsistir cuando uno es pobre y las crisis socioeconómicas se suceden y prolongan sin parar? “¡Arreglárselas como sea!” Los kinois, habitantes de Kinsasa, capital de la República Democrática del Congo (RDC), han hecho suya esta máxima y no desperdician ninguna ocasión para mostrar su astuta ingeniosidad inventando novedosos oficios de “romanos”, “recargadores” y otros “gadafis” que proliferan en las calles y mercados de esta megápolis africana paliando las carencias del sistema existente.

Sylvie Ayimpam

A la puerta de una escuela situada en el centro Kinsasa (RDC), se puede ver a tres jóvenes limpiabotas, sentados en sendas piedras con sus aparejos respectivos: taburetes y escabeles, cepillos y esponjas. A su lado, otro joven atiende un tenderete dotado con un sistema de recarga eléctrica sagazmente amañado: una plancha de madera con varios enchufes empalmados a unos cables eléctricos que salen del suelo por el pedestal de una farola averiada del alumbrado público. Su oficio, dice, es el de “recargador”.

Los limpiabotas son parte integrante del paisaje urbano kinois desde hace una eternidad, mientras que los “recargadores” de baterías han hecho su aparición simultánea con el auge de la telefonía móvil. En los decenios de 1970 y 1980, crecían como hongos por toda la ciudad pequeños talleres artesanales de producción de calzado, pinturas, carpintería, joyería, tejido y tintorería, especialmente en los patios traseros de las viviendas. Sin embargo, desde mediados del decenio de 1990, lo que predomina en las calles de Kinsasa son las actividades vinculadas al comercio y los servicios.

Hay que ser espabilado para subsistir en una urbe de unos 11 millones de habitantes donde la crisis económica, las carencias del Estado, los deficientes servicios públicos y la escasez de empleos asalariados obligan a los ciudadanos a ganarse la vida realizando por cuenta propia diversos quehaceres habilidosos de poca monta.

En una situación caracterizada por la ausencia de leyes y una gran pobreza, arreglárselas como sea se ha convertido en un arte de vivir en el que los habitantes de la ciudad han llegado a ser verdaderos maestros. Ese arte es la médula de todas las estrategias de supervivencia económica, especialmente entre los jóvenes que representan más de la mitad de la población de la megápolis.

Una creatividad generada por la necesidad

Al igual que los “recargadores”, que compensan los fallos del sistema de distribución a domicilio de corriente eléctrica en una época de auge arrollador de los teléfonos móviles, otros kinois encuentran fuentes de ingresos haciendo gala de un notable ingenio y aprovechando la más mínima ocasión para prestar servicios útiles. Tres o cuatro menudencias les bastan para emprender nuevas actividades susceptibles de satisfacer necesidades muy diversas.

Una mesa, unas pocas banquetas, unos cuantos utensilios de cocina y algo de carbón de leña bastan para instalar una “malewa”, especie de figón donde se come diez veces más barato que en otras partes, aunque a veces su higiene deje que desear. ¿Los autobuses están repletos de gente? ¡No importa! Ahí están los “wewa”, mototaxis que llevan a la gente por doquier. ¿Las calles están anegadas por la lluvia? Los “transportadores” cargarán a los peatones a sus espaldas para cruzarlas. En cualquier momento y en todo lugar, vendedores de piezas de repuesto de segunda mano, reparadores ambulantes de teléfonos móviles o muchachas que venden agua están al alcance del viandante para sacarle de un apuro.

Al ritmo de todas estas nuevas actividades presididas por la intermediación, está surgiendo todo un vocabulario vernáculo para designarlas. El vacío creado por la desorganización de las infraestructuras públicas y privadas lo colma un conjunto de intermediarios, corredores y contratistas que ofrecen sus servicios, ya sea agrupados en redes o individualmente.

En calles, mercados y cualesquiera lugares donde se realicen transacciones comerciales –aparcamientos, encrucijadas viarias importantes, puertos fluviales y estaciones de autobuses y camiones– actúan pasadores transfronterizos de alijos (“romanos”), compinches de vendedores de ropa usada (“bana kwata”), corredores y compadres de vendedores al por mayor (“chayeurs”), vendedores sin patente de carburantes (“gadafis”), enganchadores de clientes al servicio de taxistas y transportistas de pasajeros (“cargadores”), intermediarios del comercio de frutas y verduras en puertos fluviales (“mamas manœuvre”) y cambistas de divisas callejeros.

Artículo 15

El músico congoleño Pépé Kallé (1951-1998) compuso a mediados del decenio de 1980 la canción titulada “Artículo 15, beta libanga” que tuvo un éxito enorme en toda África porque muchos habitantes del continente se vieron reflejados en ella. Según la canción, ese artículo imaginario de la Constitución de la RDC dispone que es preciso “picar la piedra”. En lingala, ese es el significado literal de la expresión “beta libanga”, sinónima de “apañárselas para vivir” en el lenguaje coloquial. Todos los congoleños la conocen y la usan continuamente en la vida diaria. Pépé Kallé nos advierte, sin embargo, que no resulta una tarea fácil.

La letra de la canción reza así: “Artículo 15, amigos, ‘picad la piedra’; mirad el puerto fluvial con sus descargadores transportando bultos pesados; mirad a los cobradores de autobuses desgañitándose de la mañana a la noche; mirad los tenderetes dispersos por toda la ciudad; mirad a los conductores de taxis y autobuses trabajando todo el día; miradnos a los músicos cantando para ganarnos el pan; mirad a los escolares estudiando de cara al porvenir”.

Pero a menudo el porvenir soñado es algo lejano y, entretanto, la gente de Kinsasa –como la de tantas otras urbes africanas– se dedica a arreglárselas como puede, actitud esta que se ha convertido en un modo de ser y en una impronta identitaria que impregnan todo el ámbito social de la ciudad. Explicable esencialmente por las penurias crónicas, la pobreza y la inestabilidad política, la proliferación de la economía informal dista mucho de estar exenta de tejemanejes, chanchullos, peligros, conflictos y violencias. Sin embargo, es portadora de toda una serie de valores sociales como la convivialidad, la solidaridad, el respeto y la lealtad. Al fin y al cabo constituye en cierto modo una forma de autorregulación social.

Bien es cierto que las instituciones de la RDC están en quiebra, las administraciones renquean, la sociedad civil se ha desestructurado y las tradiciones han perdido vigencia en una era de modernidad inacabada. Sin embargo, no deja de asombrarnos la astuta creatividad de los kinois que constituye un testimonio de su ingenio, tanto individual como colectivo.

Sylvie Ayimpam

Investigadora congoleña afiliada al centro de Aix-en-Provence del Instituto de los Mundos Africanos (IMAF) de Francia, Sylvie Ayimpam estudia esencialmente la economía informal en las ciudades africanas. Es autora de la obra publicada en 2014 con el título Économie de la débrouille à Kinshasa. Informalité, commerce et réseaux sociaux (Economía de la astucia creativa en Kinsasa – Informalidad, comercio y redes sociales).