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Reflexiones sobre arte y libertad

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El Partenón de los Libros, creación de la artista argentina Marta Minujin, presentada en la Feria Documenta 14, en Kassel (Alemania) en 2017, está realizada con libros que fueron prohibidos anteriormente o lo están ahora en algunos países.

“Los poetas no son los legisladores no reconocidos del mundo”, como dice la bien conocida cita del poeta británico Shelley, “nunca lo han sido, y es mejor persuadirlos de eso”, escribe Wystan Hugh Auden en este texto inédito de 1947. Cuestiona aquí los límites de la libertad y del arte, sus potenciales e interacciones. Lejos de la visión romántica del arte que le confirió más importancia de la que en verdad posee, el escritor angloamericano defiende la visión shakesperiana: el arte tiende un espejo a la naturaleza.

Wystan Hugh Auden

Libertad significa libertad de elección. Ejercemos esta libertad cuando, ante dos o más acciones posibles, decidimos realizar una descartando todas las demás. Las elecciones libres son elecciones nítidas. Los teólogos liberales se han entusiasmado tontamente con el principio de Heisenberg: la incertidumbre del comportamiento puede ser apropiada para los electrones, pero no es suficiente para los hombres libres.

Existen tres tipos de opciones:

1) Las elecciones de la acción: el hombre sediento en medio del desierto no es libre, no porque no pueda saciar su sed, sino porque no tiene elección entre beber y no beber.

2) Las opciones de juicio de valor: bueno o malo, verdadero o falso, bello o feo, absoluto o relativo, obligatorio o prohibido.

Un hombre que solo ha visto una imagen no es libre de decidir si es bella o fea. Un hombre preso de cólera o de miedo no es libre, porque no es consciente de ningún otro estado y por lo tanto no puede medir su cólera o su miedo.

3) Las elecciones de la autoridad: tal dios, tal hombre, tal organización debe ser creída u obedecida, cualquiera que sea el caso. Una vez más, si no hay conciencia, no hay posibilidad de elección y no hay libertad.

La sed espiritual del hombre es totalmente diferente de sus apetitos naturales, como el hambre o el deseo sexual. Cuento dos: la sed de liberarse de su propia condición y la sed de su propia importancia. Ambas pueden estar en conflicto y a menudo lo están, porque la primera percibe todo lo que se le “da”, ya sea por su propia naturaleza o por el mundo que le rodea, como una restricción de su libertad y aspira a actuar gratuitamente, cuando es precisamente de lo que se le “da” de lo que puede extraer un sentimiento de importancia. La arbitrariedad absoluta sería al mismo tiempo una absoluta trivialidad.

 


Vandal-ism, homenaje a Édouard Manet por el artista español Pejac, 2014

 

El arte como juego

Uno de los intentos humanos para satisfacer ambos anhelos es el acto criminal gratuito, la violación de la ley por el simple placer de infringirla ‒la ley le confiere la importancia‒, y la violación afirma la libertad. Otra tentativa es el juego, donde el jugador sigue las reglas porque es él quien las ha establecido. Básicamente, toda forma de arte, toda ciencia pura, toda creatividad es en este sentido un juego. La pregunta “¿qué es el arte?” y la pregunta “¿por qué el artista crea?” son cuestiones diferentes.

Me parece que lo que provoca la creatividad, sea cual fuere, es el deseo de realizar algo absolutamente necesario: el deseo de que conduzca a algo importante es secundario.

Las reglas de un juego lo vuelven importante ante el jugador, al hacerlo difícil de jugar, al probar y demostrar sus dones innatos o habilidades adquiridas. Puesto que el juego es moralmente aceptable, el que se juegue o no depende simplemente de si se encuentra o no placer en ello, en otras palabras, de si se es o no un buen jugador. Si se le pregunta a un gran cirujano por qué está operando, si es sincero, no responderá “porque es mi deber salvar vidas”, sino “porque me encanta operar”. Puede odiar a su prójimo y, sin embargo, salvar su vida por el placer que siente al ejercitar sus habilidades.

Por lo tanto, debemos decir que en el sentido más profundo del término el arte y la ciencia son actividades frívolas, porque dependen de los talentos particulares que nos proporciona el azar. El único aspecto serio se refiere a lo que todos poseemos como seres humanos, esta voluntad, que es que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Allí no se puede hablar de talento para el amor, ni de placer o de dolor. Si le preguntamos al buen samaritano por qué rescató al hombre que cayó en manos de los ladrones, no puede respondernos, salvo en forma irónica, “porque me gusta hacer el bien”, porque el placer o el dolor no tienen nada que ver con ello: se trata de obedecer el mandato “amarás”.

Amor en común

Existen tres tipos de grupos de asociaciones humanas:

1) multitudes, es decir, dos o más individuos, cuya única característica común es que están juntos, por ejemplo: cuatro extranjeros en el mismo compartimento del tren.

2) sociedades, es decir, dos o más individuos unidos por la intención de llevar a cabo una acción que requiere la participación de todos ellos, por ejemplo: un cuarteto de cuerdas.

3) comunidades, es decir, dos o más individuos unidos por un amor común hacia algo que no sea ellos mismos, por ejemplo: una sala llena de amantes de la música.

Las sociedades tienen un tamaño y una estructura definidos y el carácter del todo difiere de la suma de los caracteres de las partes. En consecuencia, la voluntad del miembro individual está subordinada a la voluntad general de la sociedad, cualquiera que sea la que se haya establecido. Un miembro del cuarteto de cuerdas debe tener el poder de decidir si interpreta a Mozart o Beethoven y los otros deben obedecerle, les convenga o no esta elección. Una asociación puede ser al mismo tiempo una comunidad, pero no necesariamente. Es muy posible que el violoncelista de nuestro cuarteto odie la música y solo toque para ganarse la vida. Una sociedad es una sociedad libre siempre y cuando el miembro que ejerce la autoridad lo haga con el libre consentimiento de los demás. Las sociedades funcionan mejor cuando son libres, pero en algunos casos, una restricción puede, e incluso debe, ser ejercida para forzar a un miembro recalcitrante a desempeñar su función participativa, con una justificación moral que depende de dos factores:

1) la importancia de la función asumida por la sociedad;

2) la medida en que el miembro recalcitrante puede o no ser reemplazado por otra persona más dispuesta.

Al igual que las multitudes, las comunidades no tienen un tamaño definido. Por lo tanto, es imposible hablar de la “voluntad general” de una comunidad, ya que los individuos que la componen no pueden estar en desacuerdo: forman una comunidad precisamente porque, como individuos, todos aman lo mismo (a diferencia de los miembros de una multitud que no tienen un amor en común). La revista Time del 23 de junio [1947] señala que Vladimir Koretsky declaró en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Derechos Humanos: “Nadie debería tener derecho alguno que lo ponga en desacuerdo con la comunidad. Quienquiera que no esté de acuerdo con la comunidad no es nada”. Si la traducción es correcta, lo que el Sr. Koretsky dijo es absurdo.

Una persona puede estar en desacuerdo con una sociedad (el violoncelista puede tocar mal, por ejemplo), pero si los otros miembros del cuarteto aman a Mozart y él mismo lo odia, significa simplemente que hay dos comunidades ‒una comunidad de individuos que aman a Mozart y una comunidad potencial de individuos que lo odian‒ porque una comunidad puede comenzar con un solo individuo, mientras que una sociedad existe solo cuando todos sus miembros están presentes y debidamente conectados.

Hay dos tipos de comunidades: cerradas o sometidas, y abiertas o libres. Los miembros de una comunidad cerrada tienen un amor común, pero no lo han elegido, porque no conocen otro amor que puedan preferir o lo rechazan en beneficio de lo que sienten. Los miembros de una comunidad abierta han elegido conscientemente su amor entre dos o más amores posibles.

El arte como espejo

Si entendí bien el mito de Orfeo o la definición de catarsis de Aristóteles, los griegos tenían una teoría del arte que considero falsa, y que el mundo ha padecido desde entonces, según la cual el arte es una varita mágica destinada a suscitar las buenas emociones y expulsar las malas, para incitar a la gente a actuar apropiadamente. Si este fuera el caso, entonces, ¿cómo podríamos responder a la censura del arte defendida por Platón en La República o por Tolstoi en ¿Qué es el arte?

En mi opinión, la definición correcta es la de Shakespeare, para quien el arte tiende un espejo ante la naturaleza, es decir, que el arte no cambia lo que siento, sino que me hace consciente de lo que he sentido, o podría sentir, y de las relaciones reales o posibles entre mis sentimientos. El universo del arte es un universo especular, es decir, una imagen posible del mundo real en el que se observan las emociones, disociadas de la pasión inmediata que las engendró. El papel del artista es crear este espejo que refleje la imagen más precisa y completa del mundo posible. El arte mediocre distorsiona, el arte menor refleja solo un rincón pequeño o trivial del mundo.

El arte no juzga

El arte tiene dos valores: primero, da placer, el placer de la curiosidad ociosa; segundo, amplía el campo de la libertad. Si no tuviera imaginación, el hombre no podría elegir entre dos posibles cursos de acción sin tomar ambos, o hacer un juicio de valor sobre uno de sus sentimientos antes de sentir lo contrario.

El arte no pesa, y no puede pesar, en la elección o el juicio que finalmente se hace, solo lo hace más consciente.

La lectura de Macbeth, por ejemplo, no puede impedir que un individuo cometa un asesinato, pero el que ha leído Macbeth sabe mejor que el que no lo ha leído, qué es ser un asesino, de modo que si decide convertirse en uno, es más responsable.

Dicho de otro modo, el arte nunca es una manera de convertir una comunidad mala en una buena, sino una de las grandes maneras en que las comunidades cerradas se transforman en comunidades abiertas.

El arte puede dañar de dos maneras. Primero, por no ser bueno y por lo tanto proporcionar un mal tipo de placer. Cuando el arte ofrece una falsa imagen del mundo, cuando halaga al espectador omitiendo las posibilidades del mal o cuando lo desespera negando las posibilidades del bien (que, por extraño que parezca, también puede procurar placer), lo lastima.

En segundo lugar, y lo que es más grave, porque cuanto mejor es el arte mayor es el peligro, puede encerrar al espectador en la parálisis voluptuosa de la autocontemplación, de modo que, como Hamlet, ya no es capaz de elegir. Narcisismo: este es el peligro del gran arte. Narciso no se enamora de su propio reflejo porque sea bello, sino porque es el suyo, con todas sus infinitas posibilidades.

Uno puede contar el mito de otra manera y hacer de Narciso un idiota hidrocefálico, que al verse en el estanque, exclamó: “En mí esta cabeza se ve bien”. O bien: Narciso no era ni bello ni feo, sino tan común como el marido que describe Thurber*; quien al descubrir su reflejo en el estanque exclamó: “Disculpe, ¿no nos hemos visto ya en otro lugar?”

El arte puede favorecer la formación de dos tipos de malas comunidades: la comunidad de los que tienen una falsa imagen de sí y la parodia de una comunidad libre en la que el conocimiento del bien y del mal se vuelve contra la voluntad, hasta que esta última llega a ser demasiado débil para elegir una u otra.

Toda obra de arte es el foco de la comunidad potencial de individuos que la aprecian o que podrían hacerlo. Esta comunidad es libre: en efecto, el artista podría haber creado otra cosa, pero eligió producir esa obra, y viceversa, los espectadores o lectores podrían haber optado por ver o leer otra cosa, pero su elección fue ésa. Si un artista crea una obra que solo él puede apreciar, o si un espectador no puede encontrar ninguna obra que le guste, no hay carencia de libertad: simplemente no hay comunidad.

La libertad puede restringirse de dos maneras: el artista puede verse obligado a modificar su obra, de modo que el carácter de la comunidad sea diferente al que tendría si se le hubiera permitido hacerla, o se puede impedir que la gente se familiarice con su trabajo, de modo que la comunidad sea más pequeña de lo que podría haber sido.

Censura

La censura puede adoptar dos formas: la censura económica no planificada ‒cuando el artista no puede permitirse crear lo que quiere o cuando el público no tiene suficiente dinero para acceder a su obra‒ y la censura planificada por parte de la autoridad. En términos económicos, la mejor manera de lograr la libertad en el arte es que haya la mayor diversidad posible de editores, libreros, bibliotecas, galerías, etc., y que algunos, no todos, sean de gran tamaño. Si existen demasiadas empresas nuevas, y especialmente si existe un monopolio estatal, la diversidad de obras en circulación se reduce invariablemente, incluso en ausencia de una censura deliberada. Si todas son pequeñas, los costos son demasiado altos para una parte del público potencial.

Un obstáculo que el liberalismo ha encontrado muy a menudo es que nos resulta más fácil respetar la libertad de quienes nos son indiferentes que la de las personas que valoramos. Un padre o un gobierno que cree que algo es bueno o verdadero sabe muy bien que es posible que sus hijos o su pueblo elijan aquello que creen que está mal o es falso; y que, si toman esa decisión errónea, aquellos a quienes aman sufrirán y él sufrirá con ellos; es decir que él y aquellos a quienes ama ya no pertenecerán a la misma comunidad.

Sin embargo, amar al prójimo como a sí mismo implica precisamente aceptar que puede cometer sus propios errores y sufrir con él cuando sufre, porque ningún hombre puede querer conscientemente no ser responsable de sus pensamientos y acciones, cueste lo que cueste. Todo hombre sabe distinguir entre sus derechos y sus deberes, sabe que tiene el deber de elegir el bien, pero también el derecho de elegir el mal, sabe que, como escribe Kafka: “Mentimos lo menos posible solo cuando mentimos lo menos posible, no cuando tenemos menos oportunidades de mentir”.

Las autoridades, más preocupadas de que sus ciudadanos tomen la decisión correcta que de darles el poder de elegir, siempre sienten la tentación de ir lo más rápido posible. A corto plazo, un hombre apasionado actúa más rápida y eficazmente que un hombre que ha alcanzado la etapa reflexiva del deseo. Por eso, la mayoría de las veces las autoridades querrán que el artista despierte en los demás una pasión por el bien, en lugar de hacerles tomar conciencia del bien y del mal: le harían, si pudieran, autor de la “noble mentira” de Platón.

El arte casi nunca ha sido censurado por razones estéticas porque los artistas rara vez han tenido autoridad, lo que quizás sea igual de bueno. Y si dependiera exclusivamente de mí, por ejemplo, las personas que fueran sorprendidas leyendo a Shelley o escuchando a Brahms serían condenadas a trabajar en las minas de sal, y la posesión de una gramola sería un delito capital.

Por lo general, la censura tiene dos causas: o bien el carácter inmoral de la obra, es decir, esta podría incitar al público a actuar de manera inmoral o ilegal, perjudicando así el buen funcionamiento de la sociedad; o bien su carácter herético, es decir, podría alentar al público a adoptar valores distintos de los que defienden las autoridades, y a abandonar su comunidad para unirse a otra. La censura siempre implica dos cosas: que existe un público potencial para esa obra y que sus miembros no pueden hacer una elección responsable. Por lo tanto, solo es tolerable en dos casos: el de los menores que legalmente se supone que todavía no pueden tomar una decisión responsable, y el de los adultos que han elegido a su censor y que son libres de volverle la espalda cuando dejan de creer en su autoridad. La Iglesia Católica Romana, por ejemplo, no viola la libertad de sus miembros al poner libros en el Índex, porque nadie está obligado a ser católico romano, y elegir serlo implica necesariamente creer en la autoridad de la Iglesia, que decide lo que los fieles tienen derecho a leer.

Ningún Estado tiene este derecho, porque uno se convierte en miembro de una sociedad política al nacer, hecho debido al azar y no fundado en una elección.

Revoluciones y libertad humana

Cada gran revolución de la historia defiende un aspecto particular de la libertad humana, con su figura emblemática. Todos ellos establecen su tipo de libertad de una vez por todas. Pero el éxito de cada uno se ve amenazado por la falsa afirmación de que es la revolución por excelencia, es decir, que el aspecto de la libertad que defiende es la única libertad que importa.

En la medida en que el aspecto particular que cada revolución defiende es ostensiblemente desdeñado por la siguiente revolución, tiende, en su justa crítica de su fracaso, a ser hostil a la libertad por la que ha luchado. Sin embargo, puesto que el destino de todas las revoluciones está ligado, tienen éxito o fracasan juntas: si una revolución no ha ganado la batalla, la que le sigue no puede llevar la suya a buen puerto. Por lo tanto, en cualquier revolución, lo obtenido de las revoluciones anteriores debe ser defendido si se quiere que la actual tenga éxito.

La revolución papal de los siglos XI y XII otorgó al individuo la libertad de elegir entre varias lealtades, su derecho a dejar una comunidad por otra, su derecho a pertenecer a dos comunidades al mismo tiempo. Sus figuras emblemáticas son el sacerdote contemplativo internacional y el soldado militante local.

La revolución de la Reforma en el siglo XVI dio al individuo la libertad de elegir su carrera, su derecho a dejar la sociedad a la que pertenecía su padre para unirse a otra. Su figura emblemática es el profesional.

La Revolución Francesa y la revolución industrial de los siglos XVIII y XIX dieron al individuo talentoso la libertad de desarrollarse libremente y competir por la atención pública, y a la mente individual el derecho de transformar la comunidad o dirigir una sociedad en tanto el individuo sea capaz de hacerlo. Fígaro es su figura emblemática. “Solo el espíritu puede cambiarlo todo / De veinte reyes que alabamos / La muerte rompe el altar / pero Voltaire es inmortal”.

Uno entre las multitudes del mundo

Nuestra revolución del siglo XX se esfuerza por dar al cuerpo individual la libertad de lograr lo que quiere, de prosperar y de estar sano. Su figura emblemática es el hombre desnudo, anónimo, con su placa de identificación numerada, que todavía no es miembro de ninguna sociedad o comunidad, sino solo uno, entre otros, en las multitudes del mundo.

De ahí la preocupación de nuestro tiempo por la medicina y la economía, su activismo, su hostilidad hacia la conquista de la Revolución Francesa, que es la libertad de expresión y de pensamiento, percibida como una amenaza a la acción unánime. Todos, en el plano físico, son realmente iguales en sus necesidades, y sin importar las diferencias individuales de temperamento o talento.

Por lo tanto, en nuestra revolución, centrada en la liberación de las necesidades materiales,** todas las libertades conquistadas por las revoluciones anteriores están amenazadas como nunca antes lo estuvieron. Dondequiera que haya una prensa controlada y se censure al arte y la ciencia, se reniega de la Revolución Francesa; la Reforma se niega dondequiera que un Estado dicte al individuo la carrera que debe seguir; la revolución pontificia se niega dondequiera que un Estado monolítico reivindique una autoridad incondicional.

El talentoso individuo de hoy está castigado por la desmesurada importancia que la especie se ha atribuido a sí misma desde hace dos siglos. Los poetas no son los legisladores desconocidos del mundo, nunca lo han sido, y es mejor persuadirlos para que lo comprendan. Quienes predicaban la doctrina del arte por el arte o el arte como un lujo estaban mucho más cerca de la verdad, pero no deberían haber considerado la relativa frivolidad de su vocación como prueba de su superioridad espiritual sobre el trabajador útil y sin talento. De hecho, la censura moderna y el artista romántico comparten el mismo punto de vista: para ambos, el arte es más importante de lo que realmente es.

¿Qué papel para el poeta?

“Ayer estaba rozagante, ahora está lívido. La enfermera se pregunta: ¿Qué puedo hacer yo?” canta el poeta en la habitación del enfermo. Si este o la enfermera le respondieran: “Por el amor de Dios, deja de canturrear y trae agua caliente y vendas”, sería mucho mejor. Pero no lo hacen. La enfermera exclama: “Di al paciente que soy la única que puede atenderlo y te daré un pasaporte, tarjetas de racionamiento adicionales y entradas gratuitas para la ópera. Si le dices otra cosa, llamaré a la policía”. Y el enfermo, en medio del delirio, ruega: “Convénceme de que estoy bien y te daré un dúplex y una bella amante. Si no puedes hacerlo, entonces no te escucharé”.

Tal vez el poeta, si realmente amara al paciente y a la enfermera como a sí mismo, se callaría para ir en busca del agua caliente, pero mientras siga cantando, hay un mandamiento al que su canto debe obedecer: “No levantarás falso testimonio contra tu prójimo”.

 

* El marido es un personaje recurrente en la obra del escritor y comediante estadounidense James Thurber (1894-1961).

** El primer imperativo planteado por el reformista británico William Beveridge en 1942, en respuesta a los grandes problemas a los que se enfrentaba Gran Bretaña, era librarse de la necesidad, eliminarla mediante la redistribución de los ingresos entre las clases trabajadoras. El gobierno laborista de Clément Attlee aplicó partes importantes de esta reforma al término de la Segunda Guerra Mundial.

Este texto de W. H. Auden, publicado en El Correo de la UNESCO con la amable autorización de sus derechohabientes, es la respuesta del autor a la encuesta formulada por la UNESCO en 1947 sobre los fundamentos filosóficos de los derechos humanos. Esta investigación forma parte del dosier Gran angular de nuestro número de octubre-diciembre de 2018, Derechos Humanos: Regreso al futuro.

Imagen: PEJAC

Wystan Hugh Auden

Poeta, dramaturgo, crítico y libretista angloamericano, W. H. Auden (1907-1973) fue una de las principales figuras literarias del siglo XX. Emigró a los Estados Unidos en 1939, donde enseñó en varias universidades, y en 1946 optó por la ciudadanía estadounidense.