Gran angular

Manon Barbeau: el sueño de una directora canadiense de ver nacer un cine indígena

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Foto tomada durante el rodaje de la película Madezin realizada por Édouard Poucachiche de la nación anishnabe de Lac-Simon

Se ha dicho de Manon Barbeau que lleva la cámara en el corazón como otros la llevan en la mano. Desde hace unos 15 años, esta directora canadiense dedica todo su entusiasmo y experiencia al servicio del Wapikoni, un proyecto que pone a disposición de los jóvenes de las comunidades indígenas herramientas móviles de producción audiovisual. Se han realizado así más de mil documentales, que han conferido notoriedad a estas comunidades estigmatizadas. Pero los resultados del Wapikoni van mucho más allá del cine... y más allá de Canadá.

Entrevista realizada por Saturnín Gómez

¿Cómo se le ocurrió la idea de ir al encuentro de los pueblos indígenas de Canadá?

La idea se remonta a mi juventud. Creo que heredé de mi padre el interés por la imagen y de mi madre, el espíritu de militancia. Mi padre era pintor y, en 1948, fue uno de los 16 signatarios del manifiesto del “Rechazo global” que se oponían a la influencia del clero en Quebec y reivindicaban la libertad en el plano social. Mis padres se separaron. Mi madre se marchó a Estados Unidos, donde se comprometió a favor de los derechos de los negros.

Años después, empecé a interesarme por lo que había sucedido con los niños de esa generación y rodé la película Les enfants du Refus global (Los niños del “Rechazo global”). Esta experiencia me permitió darme cuenta de hasta qué punto el arte, y en especial el cine, tiene un poder transformador: cuando uno se implica en una película, como en mi caso, no es la misma persona al comienzo y al final del rodaje.

He querido compartir esa sensación de transformación con quienes tal vez más lo necesitan: los marginados. Les di la palabra tanto a los jóvenes de la calle como a los presos, para colocarlos ante un espejo que, en lugar de devolverles la imagen de los prejuicios y el miedo, les permitiría ver más lejos.

Luego, a principios de los años 2000, fui al encuentro de los marginados entre los marginados: las comunidades indígenas de Canadá.

Cuéntenos esta primera experiencia.

Había decidido escribir el guión de una película La fin du mépris (El fin del desprecio) con unos 15 jóvenes atikamekws de la reserva Wemotaci, situada entre Manawan y Obedjiwan, en Haute-Mauricie (Quebec). Yo admiraba su talento y, al mismo tiempo, había descubierto sus heridas profundas recibidas como una herencia dolorosa transmitida de generación en generación.

Entre los jóvenes guionistas, había una chica que se distinguía por su inteligencia, dinamismo y generosidad. Era una figura clave de su comunidad. Se llamaba Wapikoni Awashish. Un día mientras rodaba en la carretera, su coche chocó contra un camión forestal. Su vida fue segada por los mismos que talaban los árboles de su tierra. Tenía 20 años.¡Fue un golpe muy duro! En su honor, se nos ocurrió fundar un lugar de encuentro y creación para los jóvenes. Este es el origen del proyecto Wapikoni, puesto en marcha en 2004 por la propia comunidad indígena, con el apoyo del Instituto Nacional de Cinematografía y diversos asociados de los sectores público y privado.

Desde entonces, caravanas transformadas en estudios recorren Canadá. ¿Qué está sucediendo en el terreno?

En realidad, habíamos creado nuestra primera unidad móvil de producción audiovisual, Wapikoni móvil, en un remolque de 10 metros de largo: el dormitorio se convirtió en sala de edición y la ducha, en estudio de sonido. Hoy día, contamos ya con cinco unidades que intervienen en las comunidades cuando estas nos invitan. El trabajo está dirigido por cineastas docentes, educadores especializados en el trabajo con jóvenes en situación difícil y coordinadores locales que organizan nuestra llegada.

Permanecemos en la comunidad durante un mes. En ese periodo de tiempo producimos una media de cinco cortometrajes, sobre temas que los propios jóvenes eligen. Al final, las películas se proyectan ante los miembros de la comunidad. Posteriormente, la difusión de estas películas en centenares de eventos y festivales de todo el mundo contribuye a la divulgación de esta cultura rica y, a menudo, desconocida.

¿De qué nos hablan estos jóvenes en sus películas?

¡De todo! Del amor, de la familia, la naturaleza, su tierra... Muchos hablan de las tradiciones, de su identidad, de la ruptura entre tradición y modernidad. Pero además, realizan creaciones contemporáneas como, por ejemplo, videoclips sobre los cantantes de la comunidad, muchas veces en lengua indígena. Las personas mayores aprovechan también la oportunidad para transmitir sus conocimientos ante las cámaras, con total confianza, ya que a menudo son sus nietos quienes los entrevistan y los filman. 

¿Puede decirse que esta experiencia transforma a los jóvenes?

Sin duda alguna. En general, esto contribuye a reafirmar el orgullo identitario y la cultura. Hace renacer la esperanza de que hallarán su lugar en la sociedad, distinto del de un consumidor. Hay también quienes descubren una vocación por el cine o la música y continúan su formación.

El Wapikoni también es un proyecto de alcance pedagógico. El equipo trabaja en relación con los recursos de la comunidad a fin de prevenir el abandono escolar, la toxicomanía y el suicidio, fomentando la autoestima y la autonomía.

¿Esta iniciativa puede reproducirse en otras comunidades a lo largo y ancho del mundo?

Desde luego, tenemos varias pruebas al respecto. Nuestro método pedagógico que consiste en aprender creando ha demostrado su viabilidad en otras partes del mundo, siempre y cuando se adapte a las condiciones locales.

Hemos forjado alianzas en América del Sur (Bolivia, Perú, Colombia, Panamá y Chile). También trabajamos con los samis (véase nuestro artículo pág. X) (WEB link COU_1_19_LAPLAND) en Noruega, y hace poco acudí a Budapest para elaborar un proyecto destinado a poner fin al ostracismo en el que se encuentran los jóvenes romaníes.

Nuestro programa incluyó también a otras poblaciones vulnerables, entre las que figuran los refugiados sirios, en Turquía, o las comunidades beduinas en los territorios palestinos y en Jordania. En 2014, el Wapikoni fundó la Red Internacional de Creación Audiovisual Indígena (RICAA) con el objetivo de intercambiar experiencias y fomentar la creación colectiva.

Cuando piensa en su implicación personal en el Wapikoni durante todo este tiempo, ¿se pregunta usted en qué ha sido útil?

En el plano individual, ha sido útil para salvar algunas vidas. No soy yo quien lo dice, sino los mismos que se consideran salvados. Desde el punto de vista colectivo, ha contribuido a reavivar la esperanza de las comunidades indígenas, a devolverles la confianza en sí mismas, a revalorizarlas y a realzar su notoriedad en la escena internacional. Finalmente, veo también el Wapikoni como una caravana que avanza lentamente pero sin pausa hacia la realización de un sueño que acaricio desde hace tiempo: el nacimiento de un cine indígena.

Manon Barbeau, winner of the 2018 UNESCO-Madanjeet Singh Prize

Aquí, los jóvenes se matan con la misma facilidad con que en otro lugar se respiraría

Manon Barbeau

Guionista y directora canadiense de películas documentales, Manon Barbeau fundó el Wapikoni en 2004, con la colaboración del Consejo de la Nación Atikamekw, el Consejo de Jóvenes de las Primeras Naciones y el apoyo del Instituto Nacional de Cinematografía de Canadá.

Ha recibido numerosos premios por su obra cinematográfica y, en particular, por su compromiso con las poblaciones indígenas. El 16 de noviembre de 2018, fue galardonada con el Premio UNESCO-Madanjeet Singh de Fomento de la Tolerancia y la no Violencia.