Gran angular

"Esta no es tu casa, hija mía"

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Cántaros de leche que usan a diario las mujeres bahimas en el suroeste de Uganda.

Las pastoras bahimas del suroeste de Uganda viven con la doble carga de la vida tradicional y la moderna. En el pasado, su vida estaba llena de dificultades. En la actualidad, pagan un alto precio por su lenta emancipación.

Elizabeth Katushabe

Los bahimas son pastores nómadas, actualmente sedentarios, del suroeste de Uganda. Según la leyenda, descienden de Kahima, uno de los tres hijos del Creador Ruhanga, a quien este le había confiado la cría de las vacas de cuernos largos conocidas con el nombre de ankole-watusi. Esta raza de ganado ‒su principal medio de subsistencia‒ se convirtió en el símbolo de su identidad, si bien hoy crían otras especies y ejercen otros oficios.

Una suerte decidida al nacer

Según la costumbre, cuando nacía una niña entre los bahimas, se la subía sobre el lomo de un toro o bien se colocaba sobre sus rodillas una calabaza de batir mantequilla, y se pronunciaban estas palabras: “¡Ezaawe ziri obuseeri!” u “¡Owaawe n'obuseeri!”. Esto quiere decir en runyankole (lengua bantú): “Tu ganado (es decir, tus bienes) está en la otra ladera del valle y tu casa también está del otro lado!”. Lo que significaba que la recién nacida iba a abandonar su casa natal y nunca heredaría nada de su padre. Aunque este ritual cayó en desuso, la costumbre no cambió. Con excepción de algunos bahimas ilustrados e instruidos, los padres no dejan nada en herencia a sus hijas.  

A la edad de siete u ocho años, las niñas comenzaban el aprendizaje de las tareas domésticas: limpiar y ennegrecer las vasijas de leche y las calabazas, ordenar la choza de adobe con techo de paja y suelo de estiércol de vaca, y barrer el patio. A los nueve años, aprendían a confeccionar las emihaiha ‒tapas para las vasijas de leche, y las calabazas‒, a hacer mantequilla clarificada, a limpiar el corral de los terneros, a cortar hierba para su lecho y llevarlos a pastar cerca de la casa.  

A los 14 años, las jóvenes estaban listas para el matrimonio. Una vez que se llegaba a un acuerdo sobre la “dote”, calculada en cabezas de ganado, y que la familia del novio la pagaba, el ritual del engorde podía comenzar.  

Ser propiedad de su marido

La futura esposa iba a pasar varios meses con una parienta, a fin de descansar y engordar: debía beber litros y litros de leche, hasta que se le formaran estrías en la piel, signo de saciedad. Una vez cebada, la prometida estaba lista para el okuhingira, la ceremonia de boda tradicional. La novia recibía todo tipo de regalos, desde vasijas de leche hasta enseres domésticos y ganado... que pasaban íntegramente al peculio de su marido.

Una vez instalada en el hogar marital, la joven pasaba cuatro meses de luna de miel tras las cortinas, y debía ocultar su rostro a las miradas de todos, salvo a las de su esposo y de los miembros cercanos de su familia. Debía mantener su gordura y su suegra o cualquier otro familiar cercano de su marido seguiría obligándola a beber leche. No debía hacer ningún esfuerzo físico ni salir nunca de la casa.

Al marido le correspondía elegir la enyweisa, es decir la vaca cuya leche bebería su esposa, lo que hacía como muestra de afecto hacia ella.  

Al final de la luna de miel, la esposa reanudaba las tareas domésticas. Batía la leche para preparar la mantequilla clarificada en previsión de la estación seca, y para untar las enkanda, las pieles que se utilizaban para confeccionar la ropa y el ajuar de cama. La mantequilla clarificada servía además para preparar una salsa denominada eshabwe y para añadir sabor a la carne y a la sangre cocida. La recién casada también decoraba las ensiika (paredes de la choza), los emiroongo (asientos fijos de adobe) y la orugyeegye (plataforma donde se guardan los utensilios de lechería).

Las pastoras bahimas en la actualidad

La sedentarización y la educación han provocado muchos cambios en la sociedad bahima. Algunas mujeres poseen ahora bienes, ganado y tierras. Practican una agricultura mixta (cultivos y cría de ganado) y obtienen sus medios de subsistencia también de otras actividades. Venden leche, abren restaurantes, tiendas de artesanía, tiendas de comestibles y comercios de alimentos deshidratados. Cada vez son más las que se van a vivir a la ciudad donde pueden enviar a sus hijos a la escuela. Algunas son jefas de familia, deciden qué ganado vender, tienen empleados y pagan ellas mismas los gastos de escolaridad de sus hijos. Otras emigran al extranjero, en especial a Oriente Medio y Europa.

Algunos programas de la sociedad civil y del gobierno ayudan a las mujeres bahimas a lograr la independencia económica, a través de cooperativas de crédito y ahorro (SACCO), por ejemplo, y de programas de creación de ingresos para los jóvenes.

Paradójicamente, a medida que adquieren más independencia, las bahimas se vuelven más vulnerables: los hombres ven a menudo su emancipación como una amenaza, lo que aumenta considerablemente la violencia doméstica.

Además, el casamiento precoz está lejos de haberse erradicado y la mujer sigue siendo propiedad del marido. No puede visitar a un pariente cercano, ni cuidar a un padre enfermo o a un hijo nacido de un matrimonio anterior. No puede ni siquiera asistir a la boda de sus hermanos y hermanas. Su marido es quien lo hace en su lugar.

La vida tradicional era dura para las mujeres bahimas. La nueva generación no escapa de las cargas tradicionales ni de los desafíos de la vida moderna.

 

El 9 de agosto de 2017, los karamojong y los bahimas (Uganda) les desean un feliz Día Internacional de los Pueblos Indígenas (Vídeo)

 

ImagenSumy Sadurni

Elizabeth Katushabe

Miembro de la Asociación para la conservación de las vacas ankole-watusi (ACCA), que se centra en la preservación de esta raza, Elizabeth Katushabe (Uganda) trabaja en PENHA-Uganda, ONG cuyo principal objetivo es la emancipación socioeconómica de las pastoras y agricultoras.