De actualidad

Mosul, la ciudad de las dos primaveras

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En busca de libros, recuperados de las cenizas en la Biblioteca Central de la Universidad de Mosul, Irak, incendiada por Dáesh durante su ocupación de la ciudad (2014-2016).

La novelista iraquí Inaam Kachachi cuenta la historia de la ciudad que lleva en el corazón: Mosul, la austera; Mosul, la amistosa; Mosul, la contradictoria; Mosul, la herida que se desangra. Nos cuenta su apego a la antigua Nínive, lacerada por la historia.

Inaam Kachachi

Hace unos años, durante una visita a Estados Unidos, recordé un chiste árabe: a un hombre condenado a muerte se le pregunta su último deseo antes de que lo ahorquen y responde: “Me gustaría aprender japonés”. Nosotros, los mosulíes, estamos en una situación comparable: condenados al exilio, soñamos con el imposible retorno.

Durante dicha estancia, una emisora de radio local de Detroit perteneciente a la comunidad iraquí, bastante importante en esta ciudad, me invitó a intervenir en uno de sus programas. Me sorprendió que todos los programas de la radio fueran en lengua caldea y que, por lo tanto, me invitaran a hablar en esa lengua. Tuve que explicar que mi padre y mi madre eran cristianos, pero que eran de Mosul y que, como habitantes de la ciudad, en casa hablaban árabe. El caldeo, una variante reciente del arameo - la lengua de Cristo- estaba reservada a los habitantes de los pueblos cristianos de las afueras de la ciudad.

Crecí en Bagdad y allí estudié. Como periodista, siempre escribí en árabe. Tenía algunas nociones de caldeo, apenas unas frases y algunas estrofas de canciones que se entonan en las fiestas y ceremonias. En cuanto a Mosul, es la ciudad que llevo en el corazón. Una ciudad rodeada de inmensas llanuras verdes a la que acudíamos durante las vacaciones de Semana Santa para gozar de su clima templado, disfrutar de la belleza de los jardines salpicados de rojas amapolas y manzanillas amarillas. En mi hogar, desde mi más tierna infancia, me enseñaron que Mosul era la ciudad de las dos primaveras, porque allí el otoño es una segunda primavera.

Lo que también aprendí fue que Mosul era una ciudad de espíritu conservador cuyos habitantes se distinguían por su sentido de la seriedad, el esfuerzo y el rigor. La despreocupación estaba fuera de lugar. Esta es quizás la razón por la que rara vez oímos el acento de Mosul en la música iraquí. A excepción del gran compositor del siglo XIX Molla Uthmân al-Mawsali y de la familia Bachir, de la que Mounir Bachir (1930-1997) es considerado uno de los más grandes laudistas de todos los tiempos, la mayoría de los cantantes, compositores y letristas iraquíes provienen del sur del país. Estos artistas se reconocen por su acento rural. E incluso si hoy día podemos encontrar en Internet las grabaciones de algunas canciones de Mosul, su número se puede contar con los dedos de una mano.

¿Fue este carácter conservador de los mosulíes el que un día me convirtió en blanco de un niño, que me lanzó una piedra, probablemente porque llevaba un vestidito corto?  Era un vestido que mi madre me había confeccionado especialmente para el Aíd al Fitr, la fiesta que marca el final del Ramadán –un vestido rojo con un “cuello Claudine” blanco, a la francesa. Y cuando llamé a un transeúnte para que me ayudara, el hombre me sermoneó: “¡Muchacha, ve a cubrirte las piernas!”.  La “muchacha” en cuestión tenía siete años y su vestido estaba dos centímetros por encima de sus rodillas.

Pero Mosul era a la vez conservadora y tolerante. Permítanme contarles una historia de cuando mi padre –el hombre a quien debo mi amor y mi gran pasión por la lengua árabe, la poesía y la literatura– era adolescente. Una historia significativa del grado que Mosul había alcanzado en términos de civismo y tolerancia.

Dos historias del Corán

De todos los estudiantes de su escuela secundaria, mi padre fue el primero de la clase en árabe. Según la costumbre de la época, la escuela regalaba al alumno ganador una edición lujosa del Corán. Unos días antes de la ceremonia de graduación y entrega de premios, mi padre encontró al director sentado en un carruaje tirado por caballos frente a la puerta de la escuela, esperándolo. Era el medio de transporte común en Mosul en la década de 1930. El director invitó a mi padre a sentarse a su lado y fueron a la librería principal del pueblo.  Puedes –dijo– elegir el libro que quieras como regalo, sea cual fuere su precio”. Para el estudiante cristiano, el mensaje era inequívoco. Rechazó el ofrecimiento. El director insistió: “Abdel-Ahad, eres cristiano y Mosul es una ciudad conservadora. No podemos regalar el Corán a un estudiante que no sea musulmán”.

Mi padre mantuvo su posición, declarando que no aceptaría ningún otro regalo. El director finalmente cedió después de haber obtenido de mi padre la promesa de que el libro sagrado se guardaría en casa con tanto respeto como en una casa musulmana. En la década de 1960, el mismo escenario se repitió con mi hermana mayor, pero esta vez con un resultado diferente. Fue alumna de la Facultad de Letras de la Universidad de Bagdad y obtuvo la máxima calificación en exégesis coránica. El jefe del departamento la llamó y le pidió que se retirara del premio, de lo contrario, lo avergonzaría: ¿cómo podría anunciar que una estudiante cristiana había superado a sus compañeros musulmanes en esta disciplina? Este maestro no había tenido el mismo coraje que el director de la escuela secundaria de Mosul treinta años atrás.

Es mi costilla rompiéndose

En Mosul, ciudad situada en la Ruta de la Seda (¡me enorgullece tanto decir a mis vecinos franceses que ese fino tejido llamado muselina debe su nombre a mi ciudad natal!), los hijos de las tres grandes religiones monoteístas, de muchas comunidades étnicas de Armenia, Turquía y de los Balcanes, vivieron juntos durante mucho tiempo en paz y armonía. Pero los conflictos políticos comenzaron a envenenar la atmósfera de la ciudad. La guerra de 1948 entre árabes y judíos provocó la salida de decenas de miles de judíos de Mosul (hoy en día, estos últimos, dondequiera que se hallen, han conservado su acento mosulí, tan singular). En Irak, la república sucedió a la monarquía en un contexto de rivalidades entre partidos políticos. Y Mosul no escapó a los baños de sangre causados por la lucha entre nacionalistas y comunistas. Luego vinieron las guerras del Golfo y la ocupación estadounidense. El país entero cayó en el caos. Pero lo peor quedó por venir, con la ocupación de Mosul por Dáesh y lo que siguió, muy en especial la expulsión de los cristianos y su éxodo. El mundo entero observó impotente cómo los museos, estatuas antiguas y monumentos de casi siete mil años de civilización fueron destruidos.

Aquel día de junio de 2017, cuando vi por televisión la destrucción del minarete de la mezquita Al Nuri, que lleva el nombre de Al Hadba (el Jorobado), no pude contener las lágrimas. Ese minarete, inclinado como la torre de Pisa, era el símbolo de la ciudad: se lo veía en postales como la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad o las Pirámides de Egipto. Recordé entonces un poema escrito en árabe dialectal por mi antigua profesora, la poeta Lamiâa Abbas Amara, el día en que el puente colgante de Bagdad, el más bello de la capital, fue bombardeado por la fuerza aérea de los Estados Unidos: “Es mi costilla la que se está rompiendo, no el puente”. Así es exactamente como me sentí cuando el minarete de Al Hadba fue destruido.

Pero, sobre todo, los seres humanos, que son más importantes que las piedras, son víctimas de la dispersión y el exterminio... Día tras día veo con inmensa tristeza lo que había anticipado en mi novela Dispersados (2013): en Irak continúa el éxodo y en particular Mosul se está vaciando de sus cristianos.

La estudiante que jugaba al tenis en pantaloncitos blancos

A lo largo de mis sesenta años, me he considerado iraquí. Siempre me he negado a ser llamada cristiana o a estar encerrada en una comunidad. Cuando mis libros se tradujeron al francés, los periodistas me preguntaron si era musulmana, chiíta o sunita... Me burlé de su ingenuidad y me negué a responder. Pero hoy proclamo mi identidad alto y claro, tanto en las entrevistas que doy como en mis escritos. No por espíritu comunitario, sino para dejar testimonio de la época luminosa que viví en Irak, el país donde nací, estudié, amé, fundé mi familia y donde nació mi hijo mayor, sin que nadie pensara en preguntarme por mi religión.

Hoy, en París, mi ciudad de adopción, me complace hablar con Safiya, una escritora de Mosul de más de 80 años, que, como yo, emigró. Me habla de su increíble vida en Mosul en el siglo pasado. A pesar de ser hija de un imán con una alta posición religiosa, se vistió como sus amigas parisinas y tuvo una vida social e intelectual plena. Las estudiantes de la facultad de Medicina, creada en la década de 1960, jugaban al tenis con sus compañeros de clase y vestían pantaloncitos blancos… ¿Quién podría imaginar una escena así hoy en día?

 

Más información: Iniciativa de la UNESCO para revivir el espíritu de Mosul.

Inaam Kachachi

Novelista y corresponsal de prensa, Inaam Kachachi (Irak) vive en Francia desde que se instaló para realizar estudios de doctorado en La Sorbona en 1979. Es autora de numerosas novelas, entre ellas,  Dispersados (2013), cuya versión francesa, Dispersés (2016), fue galardonada con el Premio de Literatura Árabe 2016 otorgado por el Instituto del Mundo Árabe y la Fundación Lagardère; Si je t'oublie, Bagdad (Si te llegara a olvidar, Bagdad, 2003); Paroles d'Irakiennes : le drame irakien écrit par des femmes (Palabras de mujeres: El drama iraquí escrito por mujeres, 2003).