Gran angular

Libertad política y pluralidad de los valores culturales

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“Una declaración de derechos del hombre ha de concebirse no solo en términos de libertad política, sino también en términos de una pluralidad de valores culturales”, afirma F. S. C. Northrop.

“Una declaración de derechos válida para todas las naciones no puede basarse solamente en los valores tradicionales y supuestos ideológicos de una sola o de otra de estas naciones. Para responder a las aspiraciones e ideales de todos los pueblos del mundo, tiene que fundarse por lo menos en algunas de las instituciones aceptadas y doctrinas sociales de todos y cada uno de los pueblos”. El filósofo estadounidense F. S. C. Northrop (1893-1992) comenzaba con esas palabras su respuesta a la encuesta de la UNESCO sobre los fundamentos filosóficos de los derechos humanos, que envió en junio de 1947 con el título “Hacia una declaración de derechos para las Naciones Unidas”.

Filmer Stuart Cuckow Northrop

La manera como se suele entender una declaración de derechos o el establecimiento de cualquier otro valor cultural cierra los ojos al principio arriba mencionado. Es muy común, por ejemplo, suponer que el moderno concepto tradicional francés y angloamericano de libertad y su concomitante declaración de derechos agota el significado del concepto de libertad. Precisamente esta suposición es la que entra en juego cuando alguien propone extender las formas de gobierno de los Estados Unidos de América a unos Estados Unidos de Europa o a unos Estados Unidos del Mundo. Tales proposiciones han dejado siempre fríos a quienes las escuchan.

Sin embargo, no hay que ir muy lejos a buscar el motivo de esa reacción. El concepto clásico francés y angloamericano de libertad, que ha encontrado expresión en una declaración de derechos, está concebido en su mayor parte en términos puramente políticos, o según la analogía de estos términos. La libertad, tanto desde el punto de vista político como desde el punto de vista económico, y aun religioso, consiste en que se le deje solo a uno. Aunque esto es quizás un poco exagerado, no hay que negar que, de acuerdo con este concepto, tiende a gozar de validez aquella sentencia de Emerson que dice que “el mejor gobierno es el mínimo de gobierno”.

Una cultura de “laissez-faire”

Además, tenemos tendencia de dejar al azar la libertad económica de tener el trabajo necesario para mantener siquiera un medio mínimo de vivir, como si fuera un mero subproducto de las acciones individuales de hombres o grupos que operan independientemente. De manera parecida, la libertad psicológica de los sentimientos, emociones y pasiones, que tanto aman los españoles y los hispanoamericanos, apenas si se reconoce como algo existente. Y en el terreno religioso, debido a una libertad para profesar cualquier fe, tiende a menudo a surgir una cultura en la cual las personas no tienen convicciones profundas sobre ninguna cosa.

En una palabra, el precio de una sociedad basada en la declaración de derechos tradicional ha tendido a ser una cultura de valores mercantiles de laissez faire, en que todos los demás valores y aspiraciones de la humanidad quedan anémicos y privados de sostén espiritual e ideológico.

Una declaración de derechos escrita en términos de los valores e ideología de los rusos contemporáneos tendría virtudes y desventajas diferentes en contenido, pero semejantes en su desinterés por los valores de otras culturas. Otro tanto habría que decir de una declaración de derechos fundada en los valores de España o de América Latina. Por lo que toca a esta última declaración, el precio que otras naciones habrían de pagar tendería a ser un sistema social que se salva de la anarquía social a costa de la monarquía o de la dictadura militar. Y una declaración de derechos formulada en términos de valores orientales sería ilustración de la misma tesis en general, como claramente lo indican las dificultades del Oriente contemporáneo.

Pero el darse cuenta así de los inconvenientes de una declaración de derechos definida en términos de la ideología y los valores tradicionales de cualquiera de las naciones o culturas del mundo es ya encontrar el secreto de la elaboración de una declaración de derechos adecuada para unas Naciones Unidas. Los valores e ideología de cada nación o cada cultura del mundo entero deben determinarse y salir a la luz en términos de sus supuestos básicos.

La existencia de estos diversos valores e ideales es algo que hay que admitir y a lo que hay que enfrentarse honradamente. De hecho, la premisa básica de esta nueva declaración de derechos debe ser el derecho de todo pueblo a un mundo tan organizado socialmente que al menos algunos de sus valores e ideales puedan tener expresión en él. Una verdadera declaración de derechos tiene que garantizar un mundo en el cual pueda haber muchas ideologías, no meramente una. En pocas palabras, la fundación de una declaración de derechos adecuada ha de concebirse no solo en términos de libertad política, sino también en términos de una pluralidad de valores culturales.

Contradicciones

Sin embargo, es necesario algo más. Una enumeración de las diversas ideologías de los pueblos del mundo muestra no únicamente que son diferentes sino también que algunas de ellas se contradicen mutuamente. Tal es el caso, por ejemplo, respecto a las actuales democracias occidentales y la Rusia comunista. Aquí llegamos al meollo de la dificultad: una declaración de derechos debe garantizar la existencia de un mundo en que pueda haber muchas ideologías; sin embargo, ni siquiera una declaración de derechos católica puede tolerar contradicción, pues las doctrinas contradictorias no pueden quedar abarcadas. En otras palabras: una declaración de derechos adecuada ha de garantizar, por una parte, un mundo con pluralidad de valores diferentes, y asegurar, por otra, un procedimiento gracias al cual los pueblos y naciones puedan y deban pasar más allá de sus presentes ideologías cuando estas ideologías se contradigan tanto entre sí que amenacen la paz del mundo.

Si no se atiende a esta segunda garantía, el reconocer y fomentar la existente pluralidad de ideologías en nuestro mundo engendrará la guerra en vez de la paz y destruirá en vez de crear la unidad del mundo. Esto se deduce del hecho de que los antagonismos, en cualquier terreno, si no se les trasciende, se destruyen el uno al otro.

Para garantizar esa trascendencia de las valoraciones antagónicas y en conflicto, y de los ideales sociales de ciertos pueblos y culturas existentes en el mundo, debería haber una receta clara: como es obvio, necesita uno ir, más allá de las ideologías tradicionales, a las consideraciones y métodos que inclinan a cada pueblo a una ideología determinada.

Como claramente lo demuestra la historia de la civilización humana, ninguna concepción de valores humanos, ninguna ideología económica, política o religiosa sobreviene a priori, perfecta hasta sus últimos detalles, caída del cielo. Hasta los padres fundadores de Estados Unidos y hasta Karl Marx eran hombres mortales y no dioses perfectos. Y, como eran hombres mortales, consideraban la utopía tal como las lecciones de la historia y el conocimiento empírico finito que estaba a su disposición en sus tiempos les permitían considerarla. Así, en el mejor de los casos, conocieron ciertas facetas de la verdad, pero no todas las facetas.

Principios filosóficos científicos verificables

El análisis demuestra que los supuestos básicos de la utopía política y económica de la democracia francesa y angloamericana moderna clásica son, en su mayor parte, los de la filosofía moderna prekantiana de los empiristas ingleses. Es bien sabido, igualmente, que los supuestos filosóficos no surgieron en la mente de Marx, con completa originalidad, directamente de la perfecta omnisciencia de Dios. La filosofía de Marx es producto de las contribuciones de sus predecesores históricos, especialmente, Hegel, Feuerbach y los socialistas franceses.

Ni fueron meras especulaciones filosóficas las contribuciones de los filósofos empiristas ingleses al moderno concepto francés y angloamericano de los valores humanos y a sus declaraciones de derechos, ni tampoco las contribuciones de Hegel, Feuerbach los socialistas franceses y Karl Marx al concepto comunista ruso de una declaración de derechos tal como se expresa en la Constitución rusa de 1936. Ambas series de premisas filosóficas aducen en su apoyo una información empírica y verificable científicamente.

Esto quiere decir que las premisas filosóficas que hay en la base de los diversos valores e ideales humanos de los pueblos del mundo son, al menos en parte, científicamente comprobables. Por consiguiente, los conflictos ideológicos son cuestiones que pueden discutirse a la luz de las pruebas empíricas y científicas y tratarse por medio de los métodos de la investigación científica.

Una filosofía de culturas del mundo y de la ciencia

De ello se sigue que cualquier declaración de derechos que garantice efectivamente los procesos necesarios para trascender los inevitables conflictos que surgen de las ideologías contradictorias del mundo contemporáneo, debe prescribir libertad de indagación científica y de investigación filosófica de ese problema subyacente cuyas diferentes soluciones son las diversas - y en al­gunos casos contradictorias - ideologías existentes.

En consecuencia, una declaración de derechos adecuada debe poseer dos garantías básicas:

  • la garantía de un mundo en que tengan expresión todas las divergentes ideologías del mundo, cada una en cierta medida al menos, y
  • la garantía de la libertad para la investigación científica y filosófica y el establecimiento de esta investigación, que ha de fundarse en las premisas básicas de las ideologías humanas y sociales necesarias para proporcionar los medios de trascender y resolver los conflictos ideológicos del mundo contemporáneo.

El fundamento mínimo de una declaración de derechos es una filosofía política que sea, al mismo tiempo, una filosofía de todas las culturas del mundo y una filosofía de la ciencia. Porque mientras esta declaración de derechos no se base en una filosofía de todas las culturas del mundo, no tendrá efecto la primera garantía, y mientras no se base en una filosofía de la ciencia, quedará en el aire la segunda. Los estudios recientes demuestran que esa filosofía política científicamente verificable y verdaderamente internacional está ya a nuestro alcance.

 

Filmer Stuart Cuckow Northrop

Experto estadounidense en filosofía, ciencia, antropología y derecho, F. S. C. Northrop (1893-1992) ha estudiado los principales avances científicos de principios del siglo XX y los ha vinculado a conflictos culturales que emanan de las dos guerras mundiales y la guerra fría. Doctor por la universidad de Harvard, Estados Unidos, enseñó en la universidad de Yale durante 40 años. Es autor y editor de docenas de libros, entre los que el más influyente ha sido The Meeting of East and West (El reencuentro de Oriente y Occidente, 1946), que es una crítica a las principales tradiciones filosóficas del mundo, examinadas dentro de su contexto cultural.