Gran angular

Un debate sobre los principios de la dignidad humana

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Negativo y positivo (1956), obra de la artista italiana Carla Accardi (1924-2014), cofundadora en 1947 del movimiento artístico Forma Uno.

Para el filósofo italiano Benedetto Croce (1866-1952), la UNESCO debe “suscitar un debate oficial, público e internacional, sobre los principios que están necesariamente a la base de la dignidad humana y de la civilización”, con el fin que “la fuerza de la lógica, la cultura, las doctrinas y la posibilidad de un acuerdo fundamental (lleven) el triunfo de las conciencias sobre la obediencia a la autocracia y los principios totalitarios”. Es lo que asegura en su respuesta a la encuesta de la UNESCO sobre los fundamentos filosóficos de los derechos humanos, enviada desde Nápoles, el 15 de abril de 1947, bajo el título “Los derechos del hombre y la situación histórica presente”.

Benedetto Croce

Las declaraciones de derechos (de los derechos naturales e inalienables del hombre, para citar la Declaración francesa de 1789) están todas basadas en una teoría que el criticismo de diverso origen ha conseguido destruir: nos referimos a la teoría del derecho natural, que tuvo su razón de ser durante los siglos XVI, XVII y XVIII, pero que se ha convertido en algo filosófica e históricamente insostenible. Ni siquiera podemos argüir el carácter moral de tales derechos, porque la moralidad no reconoce derechos que no sean, al mismo tiempo, obligaciones, ni tampoco otra autoridad que la de la moral misma, lo cual no es un hecho natural, sino el principio espiritual prístino.

Todo esto, por añadidura, se halla ya implicado en el informe que ustedes me remitieron [Memorando sobre los derechos del hombre de la UNESCO, del 27 de marzo de 1947], puesto que en él se afirma que tales derechos varían históricamente; con ello se abandona la base lógica de dichos derechos considerados como derechos universales del hombre y se les reduce, a lo sumo, a derechos del hombre en la historia. Esto equivale a decir que los derechos son aceptados como tales para hombres de una época particular. No se trata, por consiguiente, de demandas eternas, sino solo de derechos históricos, manifestaciones de las necesidades de tal o cual época, e intentos de satisfacer dichas necesidades. Como hecho histórico, la Declaración de 1789 tuvo su importancia, puesto que ha venido a expresar una general aquiescencia que se desarrolló en el seno de la cultura y de la civilización europea del siglo XVIII (el Siglo de la Razón y de las Luces), y venía a responder a una urgente necesidad de reforma política de la sociedad europea (incluyendo la sociedad europea en América).

En la actualidad, sin embargo, ya no es posible realizar los fines de la declaración, ya se trate de derechos o de necesidades históricas, porque es precisamente este acuerdo sobre el tema mismo lo que falta en aquello que la UNESCO desea promover. Falta, evidentemente, dicho acuerdo entre las dos corrientes más importantes de la opinión mundial: la corriente liberal y la totalitaria-autoritaria. Evidentemente, tal desacuerdo, aunque moderado en su expresión, puede advertirse claramente en el informe que tengo ante mis ojos.

¿Sera posible obtener dicho acuerdo? ¿Por qué medios? ¿Mediante la revigorización de la corriente liberal, cuya superioridad ética, fuerza de pensamiento, persuasión, sabiduría y prudencia políticas prevalecen sobre la otra corriente? ¿O bien vendrá la solución por conducto de una nueva guerra mundial que dé la victoria a uno u otro bando, según los azares de la guerra, el curso de los acontecimientos o la Divina Providencia? ¿Será posible que la corriente inmortal del liberalismo emerja de su antagonista, aunque esta última pueda obtener una victoria pasajera?

¿Es posible un compromiso?

Supongo que la UNESCO piensa en la primera alternativa o hipótesis, y no necesito decirles que, por mi parte, estoy en cuerpo y alma en favor de tal empeño, por el cual cada uno de nosotros debe trabajar con sus mayores energías y al que yo mismo me he dedicado durante casi veinticinco años dentro y fuera de Italia.

Si así es, sin embargo, una organización activa como ésta a la cual me invitan y en la que participan, con los mismos derechos, representantes de todas las corrientes, en especial de las dos más polarmente opuestas, posiblemente no logrará proclamar, en forma de una declaración de derechos, una declaración de acción política común, un convenio que, si aún carece de existencia, debe ser la última salida de los esfuerzos opuestos y convergentes. Este es el punto que conviene examinar cuidadosamente, porque es el punto débil.

Tampoco veo cómo será posible formular una declaración a medias o un compromiso que no resulte vacío o arbitrario. Bien puede ocurrir que usted y sus colegas, cuando inicien la tarea, descubran la futilidad y la imposibilidad de ella, e incluso, si me permite decirlo, el peligro de provocar la sonrisa de los lectores ante la gran ingenuidad de unos hombres que han concebido y formulado una declaración semejante.

A juicio mío no existe más que una forma útil de labor practica para la UNESCO, a saber: un debate formal, público e internacional acerca de los principios necesarios que sirvan de base a la dignidad y a la civilización humanas. En tal debate, yo no dudo que la fuerza de la lógica, de la cultura, de la doctrina y la posibilidad de un acuerdo fundamental aseguraran el triunfo de las inteligencias libres sobre los partidarios de la autocracia y del totalitarismo, que todavía están decididos a repetir los mismos lemas y los mismos sofismas para captar la atención del público.

Una vez celebrado ese debate, indudablemente sería posible formular una declaración de ciertos derechos y necesidades históricos y contemporáneos, acaso en una forma tan breve como la de los Diez Mandamientos o, si interesa agregar detalles, con una extensión algo mayor.

 

Lea también el artículo que Benedetto Croce publicó en el número de agosto de 1949 de El Correo sobre Goethe y Alemania.

Benedetto Croce

Filósofo italiano, ensayista e historiador, Benedetto Croce es autor de cerca de 70 libros. Fundador, en 1903, de la revista de crítica cultural La Crítica, es miembro de la Academia Prusiana, la Academia Británica y la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras.