Gran angular

Conferir a los derechos humanos un carácter universal y sagrado

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Obra de la serie Visible/Invisible, de la fotógrafa francesa Flore-Aël Surun.

“Los paganos siempre podrán negar la inmortalidad del alma, pero no por ello los creyentes cesarán de darla por sentada. Incluso aunque los paganos tuvieran razón hoy, el poder de la fe entre los creyentes hará que algún día el alma sea inmortal”, escribió el compositor austriaco y estadounidense Arnold Schoenberg (1874-1951), en respuesta a la encuesta de la UNESCO sobre los fundamentos filosóficos de los derechos humanos. “Ocurrirá lo mismo con los derechos humanos si no dejamos de creer en su existencia, aunque permanezcan incomprendidos y mal definidos durante bastante tiempo”, prosiguió en el texto, inicialmente titulado “Los derechos humanos”, y enviado desde Los Ángeles el 21 de julio de 1947. Extractos.

Arnold Schoenberg

Es triste admitir que la mayoría de los hombres consideran que es su derecho cuestionar los derechos de los demás e incluso combatirlos. Pero lo que es aún más triste es la situación actual del mundo, que no ofrece ninguna esperanza de mejoría en un futuro próximo.

Sin embargo, esto no debe sofocar nuestra aspiración a un mundo en el que la inviolabilidad de los derechos humanos sea una prueba intangible para todos. Cada vez que la humanidad pudo alcanzar este tipo de dicha fue sólo porque un número creciente de individuos había perseguido, con fervor y hasta su realización, un ideal concebido mucho tiempo antes. Todos los avances en el pensamiento social o en el sentimiento social que permitieron una convivencia fluida sólo pudieron lograrse gracias a la fuerza de tales aspiraciones.

No debemos rendirnos.

Los paganos siempre podrán negar la inmortalidad del alma, pero no por ello los creyentes cesarán de darla por sentada. Incluso aunque los paganos tuvieran razón hoy, el poder de la fe entre los creyentes hará que algún día el alma sea inmortal.

Ocurrirá lo mismo con los derechos humanos si no dejamos de creer en su existencia, aunque permanezcan incomprendidos y mal definidos durante bastante tiempo.

Si existe una diferencia entre el derecho común, el derecho civil y los derechos humanos, debe limitarse a esto:

a) Los derechos humanos se esfuerzan por equilibrar fuerzas y resistencias incluso en esferas para las que el derecho común todavía no ha encontrado soluciones.

b) Es necesario descubrir un mínimo de derechos válidos para todos los pueblos y todas las razas.

La tarea de formular una declaración de derechos humanos corresponde claramente a una organización que se presenta “a la vanguardia” del progreso del derecho común. [...]

La dificultad para definir los derechos radica en la oposición de los intereses que deben protegerse. Galileo, que dudaba del Génesis, y la Iglesia, que no admite ningún cuestionamiento a la palabra divina, también necesitan y tienen derecho a protección. […]

Una civilización y una cultura basadas exclusivamente en el conocimiento científico deberían conducir, al fin de su evolución, hacia el equilibrio de intereses opuestos. Después de largos siglos, sin duda, porque se oponen a ello fuerzas poderosas y, además, no todos los intereses en juego son conocidos, o no se revelan a tiempo.

Pensemos en la protección del honor.

El arzobispo que pudo darse el lujo de propinarle un bofetón a Mozart no sospechaba que por ese gesto estaba entrando en la historia de la música.

¿Quién iba a imaginar entonces que el sentido del honor del artista tomaría tales proporciones en el futuro? ¿Quién habría podido prever que tal o cual artista quedaría asqueado de la vida por haber sorprendido dentro de sí pensamientos indignos?

Y, por otro lado, ¿quién podría haber previsto, por otro lado, que los insultos con que los críticos abrumaron a Wagner, Ibsen, Strindberg, Mahler y otros serían en última instancia considerados un sello de honor? Sin tales enemigos no habrían podido ser verdaderamente grandes.

Entonces, ¿cuándo harán los derechos humanos –sin impedir, es verdad, que las personas se vean obligadas a participar en la injusticia– que otros comprendan la vergüenza de infligir tanto sufrimiento? [...]

Es trágico que los derechos humanos, al igual que la democracia, sean incapaces de defenderse contra los ataques y la destrucción. Cualquier cosa que se pudiera hacer en nombre de estos derechos infringiría los del agresor. Al igual que cualquier cosa que tienda a consolidar la democracia es antidemocrática.

Todo lo que queda es recurrir a la persuasión.

Parecería que los derechos humanos deben limitarse a un número de reivindicaciones menor de lo que sugeriría tan ambicioso concepto.

La mayoría de las formas de creencia son exclusivas y antagónicas, a veces incluso combativas, provocativas y agresivas. Sería un suicidio para ellas ser tolerantes.

¿El hombre tiene el deber de creer lo que es verdad? ¿Merece protección el derecho a creer lo que es falso?

Los Diez Mandamientos son, sin duda, una de las primeras declaraciones formuladas de derechos humanos. Garantizan el derecho a la vida y el derecho a la propiedad, protegen el matrimonio, el juramento y el trabajo, pero como hay un solo Dios, niegan toda libertad de creencia.

“¿Cómo puedo amar el bien sin odiar el mal?”, pregunta Strindberg. De ahí la voluntad e incluso la obligación de luchar contra el mal.

Por eso, unos creen que deben luchar contra el arte “burgués” y otros contra el estilo palestino, ajeno a nuestra raza que comenzó con el gran Adolf Loos.

El luchador tiene la voluntad y el deber de vencer, la voluntad y el deber de oprimir a los vencidos.

Pero, ¿qué pasa entonces con los derechos humanos de quienes creen en las formas de arte o en las ideas derrotadas? [...]

¿Es el derecho a nacer uno de los derechos humanos? ¿O lo es el derecho a controlar los nacimientos? ¿Y tenemos derecho a dejar que los que nacen de más mueran de hambre?

¿Qué dicen las religiones? […]

Existen serios problemas que podrían hacernos pesimistas.

Pero no debemos renunciar a nuestro deseo de conferir a los derechos humanos un carácter universal y sagrado.

Tenemos en nuestra alma la fuerza de querer con intensidad creativa.

Arnold Schoenberg

El compositor austriaco y estadounidense Arnold Schoenberg (1874-1951) es uno de los músicos más influyentes e innovadores del siglo XX. Inventor de nuevos métodos de composición musical, con énfasis en la atonalidad, enseñó en el Conservatorio Malkin de Boston antes de trasladarse a California en 1934, donde pasó el resto de su vida como profesor en la Universidad del Sur de California y en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Obtuvo la nacionalidad estadounidense en 1941.