Gran angular

De robots y hombres

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Los residentes del hogar de ancianos Tsukui, en la ciudad de Kawasaki en Japón, hacen un poco de gimnasia con su entrenador Pepper (2015).

Para que un agente artificial asuma una verdadera función social y establezca una relación efectiva con un ser humano, debería tener un perfil psicológico, cultural, social y emocional. Los métodos actuales de aprendizaje automático no permiten este tipo de evolución. Los robots del mañana serán nuestros humildes asistentes, nada más.

Vanessa Evers

Vivimos en una época en que los robots limpian nuestras casas, nos transportan, desactivan bombas, construyen prótesis, ayudan en procedimientos quirúrgicos, fabrican productos, nos divierten, nos enseñan y nos sorprenden. Del mismo modo que la conectividad actual de los teléfonos inteligentes y las redes sociales superan nuestra imaginación de antaño, se espera que los futuros robots estén dotados de capacidades físicas y la inteligencia artificial (IA), de aptitudes cognitivas, totalmente impensables en el momento actual, que les permitan resolver graves problemas como el envejecimiento de la sociedad, las amenazas ecológicas y los conflictos mundiales.

¿Cómo será un día típico en nuestra vida en un futuro cercano? Probablemente viviremos más tiempo, ya que las partes defectuosas de nuestros cuerpos serán reemplazadas por órganos sintéticos, las intervenciones médicas nanométricas permitirán controlar enfermedades y trastornos genéticos y los vehículos autónomos limitarán los accidentes de tráfico. Nuestros empleos habrán cambiado radicalmente: algunos habrán desaparecido y se crearán otros, como, por ejemplo, en el área del desarrollo de aplicaciones destinadas a las plataformas robóticas para nuestros hogares. La educación también deberá cambiar radicalmente. Nuestros sentidos y cerebros podrían ser mejorados de forma artificial y nuestra capacidad para reflexionar sobre las perspectivas que se ofrecen probablemente mejorará con el análisis automatizado de macrodatos. Todo ello exigirá un tratamiento diferente de la información en las escuelas.

Pero, ¿qué ocurrirá con nuestras relaciones humanas? ¿Cómo evolucionará la forma en que nos encontramos, nos relacionamos, criamos a nuestros hijos? Y ¿hasta qué punto se fusionarán los robots y los seres humanos?

Muchos nos preguntamos si la IA podrá volverse un día tan inteligente y experta en materia de comunicación humana hasta el punto de que nada permita distinguir al ser humano de su gemelo artificial. Si fuera posible comunicarse naturalmente con un agente artificial, sentirse respaldado hasta el punto de confiar en él y entablar una relación efectiva y duradera, ¿seguiría habiendo una separación entre las relaciones que mantenemos con las personas y las que mantenemos con la tecnología? Y cuando nuestros cuerpos y espíritus hayan sido mejorados por la IA y la robótica, ¿cuál será el sentido del ser humano?   

Trucos

Desde el punto de vista de la ingeniería, estamos aún muy lejos de estos avances. Antes tendremos que superar varios obstáculos importantes. El primero de ellos es que la mayoría de los robots y ordenadores están conectados a fuentes de energía, lo cual complica la integración de elementos robóticos en los tejidos orgánicos humanos. Un segundo escollo es la complejidad de la comunicación humana. Si bien es posible que un robot pueda conversar en lenguaje natural puntualmente y en una situación específica, otra cosa es imaginarlo entablar una comunicación tanto verbal como no verbal en muchas conversaciones y en varios contextos.

Si, por ejemplo, usted se dirige a un agente artificial encargado de los objetos perdidos en un aeropuerto, es posible mantener un diálogo satisfactorio porque el tema está acotado, la interacción estructurada y los objetivos de la persona que consulta, limitados. En cambio, para establecer una relación más estrecha con una mascota robotizada, el modelo que debe elaborarse es mucho más complejo. El robot debe tener objetivos internos, gran capacidad de memoria que pueda relacionar cada experiencia con diversos contextos, personas, objetos y animales encontrados, y debe poder desarrollar esas capacidades en el tiempo.

Varios “trucos” permiten que un robot parezca más inteligente y capaz de lo que realmente es, por ejemplo, introduciéndole comportamientos aleatorios que harán que la mascota robotizada sea interesante durante más tiempo. Por si fuera poco, nosotros, los seres humanos, tenemos la tendencia a interpretar el comportamiento de un robot como el de un humano, al igual que lo hacemos con los animales. Ahora bien, para forjar con él una relación efectiva, capaz de consolidarse y de evolucionar con el tiempo en el variado contexto de la vida cotidiana, como sucede entre los seres humanos, habrá que dotar al robot de una rica vida interior.

¿Cómo aprenden las máquinas?

La dificultad para crear esta vida interior artificial se debe a la forma de aprendizaje de las máquinas.

El aprendizaje automático se basa en el ejemplo. Se alimenta el ordenador con ejemplos del fenómeno que se desea que comprenda, como, por ejemplo, el bienestar del ser humano. Para enseñarle a la máquina a reconocer ese estado de bienestar, se le suministran datos personales conexos: imágenes, vídeos, grabaciones de palabras, latidos cardíacos, mensajes publicados en las redes sociales, etc. Cuando introducimos vídeos en un ordenador, estos vídeos están etiquetados con información que indica si las personas que aparecen en él tienen sensaciones agradables o desagradables. Este etiquetado puede ser realizado por expertos en psicología o en cultura local.

Este aprendizaje permite luego al ordenador “razonar” a partir de esos vídeos etiquetados e identificar las principales características asociadas al sentimiento de bienestar: postura corporal, timbre de voz, enrojecimiento de la piel, etc. Una vez que la máquina identificó las características asociadas al bienestar, el algoritmo resultante, capaz de detectarlas en un vídeo, puede ser entrenado y perfeccionado utilizando otras series de secuencias. Finalmente, el algoritmo se vuelve sólido y un ordenador equipado con una cámara puede distinguir, con precisión, a una persona que tiene sensación de bienestar de otra que no la tiene. Desde luego, el ordenador no es confiable en un 100% y cometerá forzosamente errores de apreciación.

Ahora que sabemos cómo aprende una máquina, ¿qué es lo que impide que se cree una vida interior convincente que permita a un agente artificial integrarse armoniosamente a la sociedad humana?

Hacia un perfil sintético complejo

Para que un agente artificial sea capaz de entablar una relación realmente duradera con una persona, debe poseer una personalidad y un comportamiento convincentes, que comprenda a la persona, la situación en la que ambos se encuentran y la historia de su comunicación. Sobre todo, debe ser capaz de continuar esa comunicación sobre diferentes temas y en diversas situaciones. Es posible crear un agente convincente como Alexa de Amazon o Siri de Apple, a los que se les puede hablar en lenguaje natural y con los que se puede tener una interacción efectiva en el contexto específico de su utilización: programar la alarma de un despertador, confeccionar una lista, encargar un producto o bajar la calefacción.

Sin embargo, más allá de ese contexto, la comunicación se interrumpe. El robot encontrará respuestas aceptables a una amplia gama de preguntas, pero será incapaz de mantener una conversación de una hora sobre un asunto complejo. Dos padres, por ejemplo, pueden mantener una conversación prolongada para decidir la actitud que habrán de adoptar con su hijo, que no presta atención en la escuela. Esta conversación será sumamente productiva, ya que los padres aportarán a ella no sólo su comprensión del niño, sino también su propia personalidad: emociones, psicología, historia personal, contexto socioeconómico, bagaje cultural, bagaje genético, hábitos de comportamiento y comprensión del mundo.

Si queremos que un agente artificial asuma una función social tan amplia y establezca una relación efectiva con un ser humano, debemos dotarlo de un perfil sintético, construido tanto desde el punto de vista psicológico, como cultural, social y emocional. También debemos hacerlo capaz de aprender con el tiempo a “sentir” y a reaccionar ante distintas situaciones a partir de esta construcción sintética interna.

Esto exige un enfoque totalmente diferente del aprendizaje automático que se conoce actualmente. Se trataría de construir un sistema artificialmente inteligente que se desarrollaría más o menos como un cerebro humano y sería capaz de interiorizar la abundancia de experiencias humanas y de razonar sobre ellas. La forma en que las personas se comunican entre sí y llegan a entender el mundo que las rodea es un proceso sumamente complicado de sintetizar. Los modelos de IA disponibles o previstos se inspiran en el cerebro humano o en una parte de su funcionamiento, pero no constituyen un modelo plausible del mismo.

Vemos que la IA logra proezas sorprendentes, leer la totalidad de Internet, ganar al juego del Go, dirigir una fábrica totalmente automatizada. Sin embargo, así como el físico británico Stephen Hawking (1942-2018) se sentía aún muy lejos de comprender el universo, nosotros estamos muy lejos de comprender la inteligencia humana.

Hay un largo camino por recorrer

Las capacidades excepcionales de los robots y de los sistemas artificialmente inteligentes podrán facilitar y mejorar nuestras tomas de decisión, nuestra comprensión de las situaciones y nuestras formas de actuar. Los robots podrán aliviar el trabajo o automatizar las tareas. Una vez superados los obstáculos, la robótica estará tal vez físicamente integrada al cuerpo humano. Estableceremos también con los agentes artificiales relaciones comparables a las que mantenemos entre nosotros; por tanto, podremos comunicarnos con ellos en lenguaje natural, observar sus comportamientos, comprender sus intenciones. Sin embargo, para mantener una relación efectiva comparable a la de los seres humanos, con conversaciones y rituales que se profundice y evolucione con el paso del tiempo en el rico contexto de la vida diaria, deberá dotarse a la IA de una importante vida interior artificial.

Mientras sólo sepamos reproducir o superar determinadas funciones en lugar de crear esta globalidad de la inteligencia humana colocada en el rico contexto de la vida cotidiana, existen pocas posibilidades de que podamos asistir a la plena integración de los seres humanos y de las máquinas.

Vanessa Evers

Especializada en el desarrollo de soluciones robóticas, Vanessa Evers (Países Bajos) es profesora titular de informática en el seno del grupo Human Media Interaction de la Universidad de Twente en los Países Bajos y directora científica de DesignLab. Ha publicado cerca de 200 obras revisadas por especialistas y es editora del International Journal of Social Robotics y editora adjunta del Journal of Human-Robot Interaction.