Ideas

Danzar lo indecible

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Revelations, from the Alvin Ailey American Dance Theater

Es la mirada del filósofo que el artista Alain Foix plantea aquí respecto a la cuestión de la relación entre historia, memoria y creación artística. Gracias a su arte, el artista no está sometido a un color de piel y no está condenado a bailar irremediablemente una historia indescriptible. Se inscribe más bien en una dialéctica: es libre y también es poseído. Al crear, se convierte en amo de su propia historia, lo que le permite trascender el pasado. Su inteligencia artística debe ser vista como una “estratagema” que produce una nueva influencia en el mundo e invita, al hacer una obra abierta e indeterminada, al intercambio cultural.

Alain Foix

Influencia: “acción por la cual fluye de los astros un fluido que se supone que actúa sobre el destino de los hombres”. Ese fue el primer significado de esta palabra. De acuerdo con la teoría de la gravitación universal, los astros ejercen influencia entre sí según sus masas respectivas y dicha influencia es producida por lo que llaman ondas gravitacionales que, en cierto modo, equivaldrían al fluido de los antiguos. Nosotros, los humanos, estamos, de alguna manera, influenciados por este mismo principio que nos fija al suelo.

Esta idea de influencia, pasando de una concepción cosmogónica, es decir mítica, a una concepción cosmológica, por tanto científica, pasando de la astrología a la astronomía fue retomada, en el transcurso del siglo XIX, por el erudito bonapartista Pierre-Simon de Laplace, bajo la forma de determinismo mecánico. Este determinismo está ilustrado por esta famosa frase de su ensayo filosófico sobre las probabilidades: “Por lo tanto, hemos de considerar el estado actual del universo como el efecto de su estado anterior y como la causa del que ha de seguirle. Una inteligencia que, por un momento determinado, conociera todas las fuerzas que animan la naturaleza, así como la situación respectiva de los seres que la componen, si además fuera lo suficientemente amplia como para someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero; nada le resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos”.
 
En otras palabras, creemos que somos sujetos libres y autónomos, mientras que somos los objetos de los acontecimientos que nos precedieron y, por lo tanto, permanecemos bajo su influencia.

Pero entonces, ¿es efecto del azar o de un momento epistemológico e ideológico si, bajo el reinado de Napoleón (1804-1815), y en el mismo momento en que restaura la esclavitud y despliega una colonización intensiva, otros estudiosos toman esta concepción determinista, como George Cuvier, para adoptarla aplicándola a la noción de razas humanas, creando así un racismo científico en el que estudiosos de siniestra memoria se precipitaron como Gobineau, Friedrich Blumenbach, Houston Stewart Chamberlain y Vacher de Lapouge? Todos encierran las dichas razas en la determinación histórica de su constitución.

Y si “Dios no juega a los dados en el universo”, para usar la famosa fórmula de Einstein, habría, en el orden de esta armonía universal, una lógica en las cosas, según la cual existirían los elegidos y los réprobos, visibles y científicamente identificables por su morfología. Sabemos que un pensamiento mecanicista como este es lo que ha alentado la brutal mecánica de la expansión industrial de la esclavitud.

Desafortunadamente, mucho después de la abolición de la esclavitud y a pesar del progreso de la ciencia en todos los campos de la biología, la antropología y las ciencias duras como la física y la astrofísica, dicha concepción perdura en las mentes hasta nuestros días y tamiza nuestro trasfondo cultural. ¿Acaso no escuchamos en televisión y en los medios de comunicación la “maldición del pueblo haitiano”, tras el terremoto que asoló a Haití en 2010, asociando así un pensamiento teológico con un fenómeno de orden tectónico, relacionado con causas económicas, políticas y sociales? Como si el país permaneciera bajo la influencia de un pasado que proviene de una condición primigenia, cuya causa se hallaría en el fondo del tiempo… Lo que obviamente hace posible no tomar en consideración la cuestión colonial y la historia político-económica que, hasta hoy, ha liderado el destino de esta isla.

Tengamos cuidado, entonces, con esta noción de influencia que, como una espada de doble filo, puede dañar a quien la empuña. Porque no tener cuidado podría conducir al retorno de significado que implicaría que estamos determinados, condenados, a pintar, bailar, cantar, actuar, filmar al infinito el trasfondo que constituye la memoria residual de esta deflagración inhumana que habría hecho lo que somos. Condenados a bailar lo indecible.

Cuidémonos, entonces, de aceptar esta concepción determinista y racista de los seres humanos, hasta el punto de hacer de quienes entre nosotros son capaces de ejercer la expresión artística, los narradores y pintores, los obligados de nuestra historia.

Por una historia no determinista

Debido a que la historia de la esclavitud no es nuestro Big Bang, ese momento primero de donde todo derivaría de manera mecánica e irreversible, porque hay un “antes”, que es la historia precolonial de África y las Américas, y un más allá: el futuro a construir. La ciencia y las nuevas concepciones de la historia nos han permitido desechar este determinismo mecánico peligroso y su concepción de la influencia.

A mediados del siglo pasado, Werner Heisenberg introdujo en la física cuántica la noción de indeterminación o principio de incertidumbre, que hace que un objeto no es sino un objeto para un sujeto y el sujeto que observa, separado ontológicamente del objeto observado, no puede aprehenderlo sin saber que ejerce una influencia sobre él y que debe tener en cuenta esta influencia. Por lo tanto, no hay un objeto absoluto y determinado ni sujeto absoluto, sino de la relación. Relación inducida por la acción, el movimiento, el pensamiento del sujeto mismo en su relación con el objeto.

Pero ¿cuál sería la naturaleza de esta relación, de esta influencia, si el sujeto mismo fuera determinado bajo la influencia de una causa precedente? Sería simplemente nula y tangible en una ecuación matemática. El principio de indeterminación, que supone un nuevo modo no determinista entre nosotros y nuestro universo, implica que el sujeto mismo es indeterminado, que su acción y pensamiento no están sujetos a la causalidad mecánica. En otras palabras, el sujeto es libre, en movimiento y progresión. Y, por lo tanto, libera al objeto de sí mismo. Objeto que, por esta indeterminación dialéctica de la relación, rencuentra su autonomía.

Más allá de la memoria, ser sujeto de su propia historia

Esta libertad es, de hecho, la de nuestra acción dentro de nuestra propia historia. Una historia de la cual ya no somos los objetos pensantes, sino los sujetos actuantes. Aunque estemos actuando nosotros mismos por nuestra propia acción. Ya no más objetos de una historia que nos obliga a pensar a través de ella, sino sujetos de una historia que se construye con nosotros y por nosotros.

Por lo tanto, debemos pensar la historia, nuestra historia, ya no a través del entramado de los deterministas, sino con Hegel y su concepción del sujeto de la historia. Hegel, cuya famosa dialéctica del amo y el esclavo es solo una ilustración de las consecuencias de la toma de posesión de su propia historia por parte del sujeto que se emancipa de ella.

Nuestra historia y nuestra memoria nos influyen solo en la medida en que nosotros mismos la influenciamos. A partir de ese momento, este fondo cósmico que es nuestra memoria ya no es nuestro único horizonte. Nos evadimos de ese agujero negro para descubrir su relatividad. Nos escapamos para convertirnos en nosotros mismos, para crear un tiempo nuevo que no es otro que el nuestro. Ese tiempo de mi ser, de mi acción que no es otra que yo mismo. Soy el tiempo en acción. Soy su expresión.

Esta trampa, esta red cósmica en la que podría convertirse mi memoria, se cierra sobre quien ya no soy. Se cierra en una historia pasada, relativizada. Historia que es la mía, que me pertenece, pero de la que ya no soy prisionero. Porque abrí su horizonte rasgando sus ataduras, me convierto en el amo de mi historia.

Ya no estoy condenado a danzar lo indecible porque, señor de mi tiempo, amo de mí mismo, también soy dueño de mis elecciones y de mi expresión. Soy un sujeto libre y autónomo, emancipado de mi memoria y mi expresión no puede leerse y actuarse a través del prisma único de mi pasado, ya sea individual o colectivo. Abrí el campo de lo posible.

En otras palabras, no existe ninguna obligación moral o intelectual para un artista negro de pintar lo negro de su historia, ya que es un sujeto libre y autónomo y se lo considera como tal.

El artista, sea quien sea, ya no puede ser considerado el factor de expresión de un patrocinador, que sería el amo, amo de un sujeto a pintar y expresar, amo de una historia y una cosmogonía, amo de una ética y una estética, amo de una visión y de una concepción del mundo legada por una historia de la que seríamos prisioneros, sino que debe serlo como “sujeto actuante”, autónomo y libre de su propia expresión, de su propia cosmovisión, de su propia historia. Por tanto, es necesario que reconsideremos su obra de manera diferente, bajo otros prismas estéticos, éticos y políticos. Dada esta libertad adquirida sobre los determinismos de la historia, debemos considerar el trabajo de cualquier artista no como una expresión obligada y forzada de sí mismo y de su memoria, sino como la expresión de un acto deliberado al que da sentido y existencia.

La dialéctica del artista y de su obra

En consecuencia, podemos aprehender al artista en el orden dialéctico de un sujeto en relación con su obra, en la dialéctica sujeto/objeto. Esta obra es una expresión diferenciada, expresa una diferancia, y escribimos esta palabra con una “a” como lo hace Derrida, porque es el acto de diferir, de salir de sí, de su tiempo, algo que no es yo o todo yo. Una puesta en distancia expresiva de uno mismo. El acto de creación artística es, por lo tanto, crítico en el sentido de que expresa una crisis. Krisis en griego significa “separación, distinción”. Pero crisis también significa originariamente en francés, “decisión, elección”. Esta crisis es el momento dialéctico de parir algo que proviene de uno mismo pero que no es uno mismo. Esta diferancia es una ofrenda de sí a lo que no es yo, al otro. La misma produce un objeto, pero un objeto subjetivo. Lo que tiene sentido en la obra es ese don que abre la posibilidad de compartir entre el otro y uno mismo, y es en este compartir donde se encuentra la expresión. En esta relación entre sujetos por intermedio de un objeto subjetivo por naturaleza, se entabla el diálogo silencioso entre los dos.

Así, libremente elegida por el sujeto autónomo que la muestra, en realidad que hace don y objeto para compartir con el otro-espectador, la obra adquiere su autonomía, su propio sentido, incluso su enigma, su indeterminación y puede convertirse en objeto de aprehensión y comprensión, diferenciada de su autor. Así, algunos autores pueden decir que una vez realizada, la obra ya no les pertenece, la han ofrecido por completo a lo universal de la apropiación estética.

El artista, a la vez libre e influenciado

Es precisamente esta demostrada libertad la que le da valor al don, a la ofrenda del artista de su trabajo. Es esta la que lo capacita para crear en el sentido propio, es decir, producir lo nuevo a partir de lo antiguo, de generar mutaciones de forma. Es al reformular un material, es decir, una historia sedimentada en la memoria cultural, estética o incluso ética, que produce significado.

Si lo hace, es porque puede, por elección, aportar su propia energía, liberada y autónoma, al fondo residual de memoria que constituye la cultura. Su energía es su acción formal, su poder de trabajo en el sentido que Aristóteles da a la palabra energeia (literalmente “quien está en pleno trabajo”, pero también “quien da forma, quien hace obra”) la forma y energía son una y en realidad la misma cosa, como atestigua la física.

Podemos decir, partiendo de esta energeia, que el artista es un energúmeno, un poseído, un “trabajado”. También podría decirse, partiendo del verbo energeio, que se encuentra bajo influencia. Ahora bien, ¿cómo puede el artista al mismo tiempo ser libre, autónomo, emancipado y hallarse bajo influencia? Esta es una contradicción aparente que se resuelve por el simple hecho de que el artista es artista, libre de elegir su influencia, libre de dejarse poseer, de dejarse trabajar por una dimensión de la memoria colectiva que hace suya. Y es a este precio, porque es libre que puede dar forma propia y poseer lo que lo posee, superar lo que lo amilana. Dicha elección es precisamente lo que, en el sentido que le da Sartre, se puede llamar un compromiso. Se involucra completamente en el material elegido, se arriesga porque ese material lo “trabaja”. Y si él es trabajado por dicho material, es porque percibe en sí una necesidad, una carencia que necesita llenar.

Es así como hemos de considerar la memoria residual de la historia de la esclavitud: un material para el artista que quiera lidiar con ella.

Lo que producirá con su trabajo es lo que Aristóteles llama entelecheia (entelequia, lo que tiene fin en sí). Una finalidad de la forma, en cierto modo, producida por la energía-forma del artista que ofrece a la obra su autonomía. Pero este trabajo, que no es él pero salió de él, sigue siendo una pregunta, una forma que cuestiona el enigma mismo de la historia, interrogando también este presente en el que subsiste esa memoria.

¿No es esta obra, que “tiene fin en sí”, finalmente el acto de aquel energúmeno que busca poner término a esta memoria dentro de sí, cerrar esta historia con una nueva forma que ilumine el pasado dejándole en su lugar, sobrepasándolo literalmente?

Una estratagema de la inteligencia artística

Así, el artista elige su influencia ejerciendo precisamente su libertad de artista para no permanecer bajo la influencia del pasado y producir el presente. Cuando hablamos, por ejemplo, de la influencia del arte africano o el llamado arte negro en el arte moderno, en Picasso, Braque, Derain, Matisse, incluso Apollinaire y los surrealistas, se trata del aprehender no ya como la influencia mecánica de un objeto sobre un sujeto, sino como un diálogo relacional. Esta influencia surge porque estos últimos se encontraban en una fase crítica cuestionando las formas heredadas de su pasado y buscaban nuevos materiales expresivos. Así, el cuadro de Pablo Picasso Les Demoiselles d’Avignon (Las señoritas de Avignon) es el resultado de un diálogo entre una cuestión estética de Occidente acerca de sí en un momento dado y el arte africano que descubrimos que no es, como solían decir, “primitivo” sino portador de creación y pensamiento. Esto hará que Maillol afirme que “el arte negro contiene más ideas que el arte griego”. Por lo tanto, ese encuentro producirá a la vez nuevas formas de expresión como una nueva mirada sobre el objeto que instaura un nuevo diálogo estético: en este caso, el arte africano.

Lo que se llama influencia es, en realidad, una elección dictada por una necesidad de expresión. Y en esta expresión, hay superposición entre el sujeto y el objeto, hay posesión. Podemos decir, en este sentido, que Las señoritas de Avignon están poseídas por el arte africano. La obra es el producto de la búsqueda de una nueva mirada, un cambio del gusto, o, como diría Nietzsche refiriéndose a la música, “un renacimiento del arte de escuchar”. Él está seducido por Carmen de Bizet, obra en la que encuentra una dimensión africana. Y está seducido porque existe un encuentro entre esta obra y el filósofo que, habiéndose separado del romanticismo y de Wagner, buscó una nueva forma estética que tenga sentido y abra un nuevo horizonte.

Hablar de influencia es hablar de una búsqueda de nuevas formas, nuevos contenidos formales, capaces de transformar el modo de ver, de escuchar, de apreciar. Se trata de un combate. La creación artística es más que una resistencia, es un “deporte de combate” contra las modas sedimentadas e impuestas por una cultura dominante de la percepción del mundo y sus objetos. Cuando Martin Luther King dijo que “la música es nuestra arma de guerra”, no quiso decir otra cosa. Esta arma actúa en la medida en que no solo convoca fuerzas a su alrededor, sino también porque puede entrar en la sensibilidad del adversario y poseerlo. Ella le habla y, a través de la sensibilidad, le abre un horizonte. Esto es posible porque el góspel y el blues en Estados Unidos son parte de una base común, que permite a los negros hablar con los blancos a través de una forma sonora que abre la mente al contenido de su discurso. Incluso los discursos del líder de los derechos civiles eran coreados a la manera de los cánticos góspel, hecho que le permitió una mayor penetración y lo condujo hacia lo universal. Por supuesto, sus discursos versaron sobre la memoria común de la esclavitud, pero en una forma que se distanciaba de ella para hablar a sus contemporáneos.

Cuando en la danza, Katherine Dunham y, después de ella, Lester Horton o Alvin Ailey, extraen de las tradiciones africanas o indias y del recuerdo de la esclavitud elementos que se convierten en parte constitutiva de su creación, es en el marco de una búsqueda de nuevas formas que iluminen el pasado y produzcan una nueva perspectiva. El jazz nació en el Congo Square (plaza Congo), un lugar de baile y reunión de los esclavos de Nueva Orleans (Estados Unidos) para integrar en una nueva forma musical los componentes constitutivos de su memoria, pero una memoria distanciada por la forma misma al crear un área de participación sensible entre varios modos de cultura y varios horizontes.

Entonces podemos hablar de una estratagema de la inteligencia artística que integra lo antiguo a lo nuevo, yendo más allá del pasado y permitiendo influir en su percepción. Sin lugar a dudas se trata del mestizaje: un movimiento hacia lo nuevo para crear una nueva influencia. La diosa Meti - primera esposa de Zeus, cuyo nombre significa literalmente “el consejo, la astucia”, de la cual Hesíodo decía “ella sabe más que cualquier dios u hombre mortal”- era capaz de influir en el propio Zeus para hacerle cambiar de opinión.

Por lo tanto, la integración de la memoria, ya sea de la esclavitud o cualquier otra memoria en un nuevo cuerpo y una nueva forma, es una estratagema de la inteligencia artística para influir en el presente. La actualidad artística abunda en estos ejemplos en la danza, la música, el teatro, el arte y el cine. Tal astucia sólo es posible en la medida en que se acepta que el artista se liberó de su pasado integrándolo en su obra, que, en tanto sujeto libre y autónomo, elige esta influencia y no es su objeto. Esto también nos obliga a considerar al artista y su obra como separados ontológicamente, aunque relacionados de cierta manera, elegida por el artista y su modo de acción sobre el material de la memoria. También significa que debemos ver la obra en tanto obra en su autonomía y en el enigma de su indeterminación. Permanece abierta, objeto de comunión, de juicios diferentes y de crítica.

Finalmente, a partir de la obra en sí, no se puede inducir el color de su autor. No encerrar al pintor en su color porque no es el color del pintor el que da color a su trabajo, es la obra en sí y los análisis críticos que se realizarán con posterioridad. Esta obra que dice, en la variedad de su potencial y las infinitas posibilidades de su forma abierta y su interpretación, lo que afirmó Lamartine luchando contra la abominación de la esclavitud: “Soy del color de quienes se persigue”.

 

Con este artículo, El Correo de la UNESCO se une al Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición (23 de agosto). Su primera conmemoración tuvo lugar hace veinte años, en 1998, en homenaje a la insurrección de 1791 en Santo Domingo (hoy Haití y República Dominicana) que desempeñó un papel decisivo en la abolición de la trata de esclavos trasatlántica.

 

Lista de nombres citados: 

  • Ailey, Alvin (1931-1989), bailarín estadounidense
  • Apollinaire, Guillaume (1880-1918), poeta francés
  • Aristóteles (siglo IV a. de C.), filósofo griego
  • Bizet, Georges (1838-1875), compositor francés
  • Blumenbach, Johann Friedrich (1752-1840), antropólogo alemán
  • Braque, Georges (1882-1963), pintor francés
  • Chamberlain, Houston Stewart (1855-1927), ensayista británico
  • Cuvier, George (1769-1832), anatomista francés
  • Derain, André (1880-1954), pintor francés
  • Derrida, Jacques (1930-2004), filósofo francés
  • Dunham, Katherine (1909-2006), bailarina estadounidense
  • Einstein, Albert (1879-1955), físico de origen alemán
  • Gobineau, Arthur de (1816-1882), escritor francés
  • Hegel, Georg Wilhelm Friedrich (1770-1831), filósofo alemán
  • Heisenberg, Werner (1901-1976), físico alemán
  • Hesíodo (siglo VIII a. de C.), poeta griego
  • Horton, Lester (1906-1953), bailarín estadounidense
  • King, Martin Luther Jr. (1929-1968), pastor estadounidense y líder de los derechos civiles
  • Lamartine, Alphonse de (1790-1869), poeta francés
  • Laplace, Pierre-Simon de (1749-1827), matemático francés
  • Maillol, Aristide (1861-1944), escultor francés
  • Matisse, Henri (1869-1954), pintor francés
  • Nietzsche, Friedrich (1844-1900), filósofo alemán
  • Picasso, Pablo (1881-1973), pintor español
  • Sartre, Jean-Paul  (1995-1980), filósofo y escritor francés  
  • Vacher de Lapouge, Georges (1854-1936), antropólogo francés
  • Wagner, Richard (1813-1883), compositor alemán
 

Lea más: 

UNESCO: Los artistas y la memoria de la esclavitud (en inglés)

 

Alain Foix

Escritor, dramaturgo, director artístico y filósofo guadalupeño, Alain Foix es el fundador de «Quai des arts», una compañía multidisciplinaria que mezcla el espectáculo en vivo y las nuevas tecnologías de imágenes y sonidos. Es el autor de Je danse donc je suis (Bailo, luego existo, 2007), Histoires de l'esclavage racontées à Marianne (Historias de la esclavitud contadas a Marianne, 2007), Noir: de Toussaint Louverture à Barack Obama (Negro: de Toussaint Louverture a Barack Obama, 2009) y Martin Luther King  (2012), Che Guevara (2015). Entre sus obras teatrales, destacan Vénus et Adam (Venus y Adán, 2004), Pas de prison pour le vent (No hay cárcel para el viento, 2006) y La dernière scène (La última escena, 2012), una conversación privada entre Martin Luther King, su esposa Coretta y el activista americano Mumia Abu-Jamal.