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Entrevista

Bibi Russell: magia en los dedos

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Bibi Russell presenta al público a las artesanas que han cosido los vestidos del desfile de moda organizado en marzo de 2017 con motivo la celebración del Día de Rajastán en la India.

Artista de la UNESCO para la paz y diseñadora de renombre mundial, Bibi Russell ha logrado una hazaña: gracias a ella, las gamuchas –modestas toallas de algodón tradicionales que se suelen usar en los países del sur de Asia para secarse las manos y el rostro–, compiten hoy con las piezas más prestigiosas en los desfiles de moda del planeta. Pero, lejos del glamour de las pasarelas, su verdadero éxito radica en cientos de talleres de tejido en Bangladesh, su país natal, así como en Uzbekistán, Colombia, India ...

En diciembre de 2017, participó en la Rajasthan Heritage Week (Semana del patrimonio de Rajastán), India, en la que presentó su colección de khadis. El espectáculo fue un homenaje a Mahatma Gandhi y a los tejedores de Rajastán que fabricaron las telas a mano.

Bibi Russell participó también, en febrero de 2018, en el Commonwealth Fashion Exchange, con un desfile de moda sostenible procedente de los países de la Mancomunidad. El evento se presentó en el palacio de Buckingham, con el apoyo de la reina de Inglaterra y la duquesa de Cambridge.

Bibi Russell trabaja ahora en un proyecto que describe como “difícil y, desde un punto de vista emocional, muy comprometido”. Con el respaldo directo de Mamata Banerjee, ministra jefa de Bengala Occidental, ha estado trabajando desde septiembre de 2017 en la Liluah Home, el mayor centro de acogida para niñas de Bengala Occidental. Allí, forma a niñas, algunas víctimas de trata infantil, y las ayuda a desarrollar competencias generadoras de ingresos. “¡No puedo creer que en pleno siglo XXI, cuando todos hablan de la emancipación de las mujeres y de la igualdad de derechos estemos todavía vendiendo a nuestras hijas!”, exclama, señalando que en este Estado se venden niñas desfavorecidas por menos de cien dólares. “Si encuentro fuerzas para terminar este difícil trabajo, espero que abra las puertas para que estas niñas comiencen una vida nueva, con amor y dignidad”.

Sus esfuerzos dan sus frutos. El 7 de marzo de 2018, 33 niñas del centro de acogida, seis de ellas refugiadas de la etnia rohinyá, participaron en un desfile de moda organizado por el gobierno en Calcuta y diseñado por Bibi Russell. Vestían ropa hecha por sus compañeras, formadas por la diseñadora.

Bibi Russell desarrolla desde la década de 1990 textiles y artesanías tradicionales, dando a miles de personas la oportunidad de salir de la pobreza a través de sus dedos “mágicos”.

Entrevista realizada por Krista Pikkat (UNESCO) y Jasmina Šopova

Su pasión y verdadera vocación fue la moda, pero primero se la conoció como modelo. ¿Cómo una joven nacida en Bangladesh acabó en una escuela de moda londinense?

En casa, mi madre era quien cosía toda nuestra ropa. Mis hermanas nunca se quejaron, pero yo nunca estuve realmente satisfecha. Tanto es así que, con apenas diez años, mi padre me compró una máquina de coser. A esa edad, ni siquiera sabemos cómo usar correctamente un par de tijeras, pero me arriesgué.

A los quince o dieciséis años, mi padre me regaló un libro sobre Chanel. Descubrí la alta costura francesa y me di cuenta de que existía una gramática de la moda. Y quise formarme en dicho terreno. Entre los seis y doce años había recibido varios premios artísticos, pero el dibujo no me interesaba. Tenía otra idea en mente, quería instalarme en Londres. Durante seis meses, el London College of Fashion rechazó mi solicitud, pero, finalmente y bajo ciertas condiciones, acabaron por aceptarme.

Regresó a Bangladesh en 1994, tras residir veinte años en Occidente, donde tuvo una brillante carrera como supermodelo. ¿Por qué regresó?

Desde la infancia, tuve un sueño… No entendía bien por qué la gente pensaba que los bangladesíes eran pobres: ¡El país me parecía tan rico en música y colores! Llevé ese sueño conmigo a Europa. Y, un día, supe que estaba mental y físicamente lista para regresar.

Pensé que la gente de Bangladesh me necesitaba tal y como yo los necesitaba a ellos: para hacer ruido, tienes que golpear con ambas manos. Hoy, después de más de veinte años de experiencia, sé que tomé la decisión correcta. Saben que los respeto y los ayudo a recuperar su dignidad. No hay nada más importante. Por su parte, ¡me prodigan tanto cariño y amor! Y eso me da fuerzas para seguir adelante. Nada en el mundo podría apartarme de esta tarea.

Jamás le volví la espalda a mi país. Como mis padres se quedaron allí, cuando vivía en el extranjero volvía a visitarlos regularmente. Nací en Bangladesh y allí transcurrió mi infancia. La infancia es el período decisivo de la vida.

Tuve una familia estupenda. Mis padres me enseñaron a apreciar nuestra cultura tanto como la de los demás. Bangladesh fue en otra época parte integrante de la India bajo los imperios británico y mogol. Gracias a la educación que mis padres me brindaron, aprendí mucho sobre ella y sobre las culturas de otros países. Creo que los padres deberían esforzarse más en transmitir su cultura y tradiciones a sus hijos para que éstas no mueran.

De regreso a Bangladesh, abrió un pequeño taller de confección, que se convirtió en empresa en 1995: Bibi Productions. La mayoría de los artesanos trabajan en las aldeas. ¿Por qué eligió instalar su empresa en Daca, la capital?

En Daca solo tengo una oficina. La necesitaba para estar conectada con el mundo. Pero paso el 99,99% de mi tiempo en las aldeas. Trabajamos con artesanos de diferentes partes de Bangladesh. No son privilegiados, pero todos, desde la persona que prepara el té en mi oficina, se sienten como en su casa en las oficinas de Bibi Productions.

Creé esa compañía para los bangladesíes y pertenece a ese país.

 

¿Cómo definiría la filosofía de Bibi Productions?

Bibi Productions no es una empresa sin fines de lucro, pero realizamos muy pocos beneficios. Nuestro objetivo es salvar y revitalizar la artesanía, apoyar a los artesanos y crear conciencia sobre la importancia de la educación y la salud.

Desde la creación de Bibi Productions, en 1994, los progresos que hemos hecho pueden comprobarse a simple vista. Todos los que trabajan allí, ya sea en la sede o en los pueblos, tienen dos o tres hijos, no más. Han aprendido a administrar mejor sus ingresos y su nivel de vida ha mejorado. Ahora que han salido de la pobreza, entienden que es importante enviar a sus hijos a la escuela. La educación y la salud son la base de toda economía y eso es válido para todos los países.

 

¿Cuántos empleados tiene?

En la sede central, empleamos a unas treinta personas provenientes de diferentes partes de Bangladesh. Algunos pensaron que nunca tendrían las competencias ni el conocimiento necesarios para poder trabajar. Pero sé reconocer a las personas de espíritu abierto.

También colaboramos con miles de artesanos: no puedo decirle el número exacto, pero son unos 100.000. ¿Le parece demasiado? Bueno, sepa que esa cifra ¡ni siquiera representa el 1% de los tejedores de este país! Antes de morir desearía poder decirme que superé el primer peldaño de la escalera... pero todavía queda mucho por hacer.

En países como India, Bangladesh o el Asia Central, la agricultura es el primer sector de la economía. Agricultores y artesanos viven unos junto a otros. Yo colaboro con los trabajadores manuales. Mi objetivo es poner la moda al servicio del desarrollo.

 


Bibi Russell con artesanos de Rajastán, India.

¿Cómo surgió el concepto de “moda para el desarrollo”?

Fue en 1996, cuando organicé mi primera exposición en la UNESCO. Es muy raro que los organismos de la ONU apoyen a los diseñadores, pero la UNESCO reconoció el vínculo entre la moda y el desarrollo, la educación y la salud. Veintinueve canales de televisión de todo el mundo cubrieron la exposición que hicimos en París, en la sede de la Organización. Recibió el apoyo de Federico Mayor, entonces Director General, y de la Reina de España. Los medios me encasillaron como una supermodelo, pero esas dos personas, que creyeron en mí desde el principio, me brindaron un apoyo muy valioso en mi carrera de diseñadora. Recibí mucho respaldo internacional. Desde entonces, me han invitado a prestigiosas universidades del mundo que en la actualidad trabajan sobre el tema de la moda para el desarrollo, así como al Foro Económico Mundial, que ha entendido la importancia de la economía creativa y la economía social.

En 1999 fue designada Diseñadora para el Desarrollo por la UNESCO. Luego, en 2001, Artista para la Paz. ¿Qué representa para usted ese reconocimiento por parte de la UNESCO?

Lo que soy hoy se lo debo a la UNESCO. Pero, gracias a lo que hago, la gente también comprende que Bangladesh no solo tiene problemas, sino que también es un país maravilloso.

Cuando me nombraron Diseñadora para el Desarrollo, volví a mi país y les mostré el diploma a los tejedores. Les dije que no era solo para mí, que también era para ellos. Si se desea cambiar la mentalidad de las personas, debemos comenzar por respetarlas.

Todo reconocimiento fortalece. La Universidad de las Artes de Londres me nombró miembro de honor por mi contribución a los esfuerzos de promoción del tejido. Recibí también un gran premio de la Bangla Academy, una institución nacional de Bangladesh fundada en 1955 para defender nuestro idioma, según el modelo de la Academia francesa. Los más reconocidos diseñadores del mundo también han elogiado mis esfuerzos en pro del desarrollo. Este reconocimiento internacional me ayuda mucho en mi trabajo de promover la moda para el desarrollo.

Como diseñadora, ¿cuál es su singularidad?
 
Todo lo que se confecciona en Bibi Productions es natural y hecho a mano. Nunca he usado telas sintéticas ni colores artificiales. No es que la gente tenga que usar ropa hecha a mano realizada con materiales naturales todo el tiempo, pero si solo tienes tres o cuatro prendas lo mejor es usarlas todo lo que puedas.

Mis modelos están inspirados en formas y motivos tradicionales. Por supuesto, modifico los colores, simplifico el corte, pero no toco nada concerniente a las técnicas tradicionales de hilado del algodón y la seda.

Lo que mejor vendemos son los accesorios y las estolas. Mis pulseras están hechas con jacinto de agua, una planta muy común en Bangladesh. Actualmente las confeccionan mujeres de seis pueblos distintos. En cuanto a mis gamuchas (toallas de algodón que usan los pobres), las ha promocionado el famoso actor español Antonio Banderas, así que no necesito gastar en publicidad. Nunca lo haré, porque Bibi Productions es un proyecto autofinanciado y cientos de personas dependen de mí para vivir.

¿Cómo ha evolucionado su trabajo?

Cuando empecé a trabajar en Camboya, comencé a reciclar y ahora ¡soy una experta en la materia! En Bangladesh, creo a partir de lo que las personas desechan.

También me inspiré en el “arte de los rickshaws” para fabricar monturas de anteojos que, por otra parte, uso con frecuencia.

Pero la verdadera “revolución” son nuestros modelos juveniles. Fabricamos tejanos de diferentes colores, saris de un nuevo tipo, camisolas de moda...

¿Cómo concilia la vida familiar con las actividades profesionales?

Sé lo que es estar casada, tengo dos hijos. Cuando tenían nueve o diez años, tuve que explicarles que tenía un sueño y que, si no lo realizaba, sería una frustración. Hoy, mis padres han muerto y mis hijos viven en el extranjero, pero gracias a los artesanos que me rodean nunca me siento sola. Son personas sencillas que necesitan cobrar sus salarios el primer día del mes para pagar sus alquileres. No formamos una familia, pero para mí cuentan más que todo el resto.

Desde mi regreso a Bangladesh he estado recogiendo niños de la calle, a los que apoyé económicamente con la condición de que fueran a la escuela. Me convertí en su garante en escuelas administradas por ONG, que no aceptan a niños mendigos. Empecé recogiendo un niño, luego dos... Ahora superan el centenar. Cuando estoy en Daca me hacen muy feliz.

 

Con esta entrevista, El Correo de la UNESCO se une a la celebración del Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo (21 de mayo).