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Ada E. Yonath: “Hacer investigación científica es como escalar el Everest”

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Ada E. Yonath realizando una prueba de cristalización.

La cristalógrafa Ada E. Yonath, ganadora en 2008 del Premio L’Oréal-UNESCO “La Mujer y la Ciencia,” recibió el Premio Nobel de Química en 2009 por sus descubrimientos pioneros sobre la estructura y función de los ribosomas, los sintetizadores de proteínas de nuestras células. Sus investigaciones también revolucionaron nuestra comprensión sobre cómo funcionan los antibióticos. En esta entrevista informal, Ada Yonath se confía sobre su vida y nos relata dos de sus ambiciones actuales: trasmitir a los jóvenes la alegría de la investigación científica e incentivar a las compañías farmacéuticas a desarrollar mejores antibióticos.

Entrevista realizada por Cathy Nolan

¿Cuándo nació su interés por la ciencia?

Siempre fui curiosa. Yo quería saber cómo funcionaba el mundo. A los cinco años realicé uno de mis primeros experimentos científicos, que terminó en un accidente. Quise medir la altura del techo de nuestra casa. Por entonces vivíamos en Jerusalén en un apartamento de cuatro habitaciones compartido por tres familias. Éramos muy pobres. Fui al balcón, amontoné muebles, una mesa, sillas, sin poder llegar al techo. Quise subirme a la pila, pero me caí en el patio y me rompí un brazo. Pero eso no me desanimó… mi curiosidad científica permaneció intacta.

Usted ha contado que sus padres siempre la alentaron a estudiar pero que los primeros años fueron difíciles, ¿por qué?

El aprendizaje nunca fue para mí un problema ni en la escuela ni en casa. Las dificultades llegaron más bien debido a nuestra situación económica. Debo decir que mantengo un secreto: mi excelente memoria ... al menos la de entonces. Fui muy buena alumna, pero sobrevivir no era fácil. Mi padre tenía una pequeña tienda de comestibles. Murió cuando cumplí once años. Mi hermana era aún muy joven. El dinero era muy escaso, así que tuve que trabajar. Hice de todo: barrer, lavar platos, dar clases particulares, cuidar niños... En mi escuela secundaria había un laboratorio de química y yo era la encargada de limpiarlo, así que aproveché la oportunidad para hacer mis propios experimentos. Me levantaba a las cinco y media y a las seis daba mi primera clase particular: matemáticas y química. Mis días eran bien largos y mis noches muy cortas, pero ¡no me molestaba!

¿Cree que esas pruebas la hicieron más combativa?

Es posible. Durante años me trataron de loca, porque iniciaba investigaciones que los demás juzgaban imposibles, pero no me dejé detener. Lo que me importaba era ver el progreso en nuestro trabajo, aunque los avances fueran muy pequeños, no convencer a los científicos convencidos de que no teníamos “ninguna posibilidad”. Para mí, la vida de un investigador era un lujo. Podía formular las preguntas que me interesaban, por ejemplo: “¿cómo se producen las proteínas en las células? Y por hacer eso recibía un salario: ¡qué buena vida, ¿no?!

¿Qué les dice hoy a los jóvenes que se alejan de los estudios científicos?

Siempre que tengo tiempo voy a visitar alumnos de escuelas secundarias, en Israel y en todo el mundo, España, Australia, India, Japón ... les cuento la emoción que sentí el día en el que vi por primera vez la estructura de un ribosoma. Les digo que es una alegría ser investigador. Es bien divertido. Uno formula una pregunta que le apasiona y busca responderla: es la mejor manera de trabajar. Si logra convencer a los organismos de financiación de que esto es importante, le pagan para encontrar la respuesta. A menudo comparo el desafío de la investigación con el ascenso al monte Everest. El final en la cima es extraordinario, pero la escalada también es una aventura increíble.

Cuando descubrí el funcionamiento del ribosoma, salté de alegría. ¡Aún más que al recibir el Premio Nobel! Y me alegré de que aquellos que me llamaron loca, idiota o soñadora se pusieran de mi lado, porque soy un ser humano y es agradable ser reconocido.

¿El premio Nobel cambió su vida?

Ahora puedo ocuparme de los jóvenes. Antes del Nobel, una encuesta en las calles de Tel Aviv había revelado que muy pocos querían aventurarse en la carrera científica. Después de la ceremonia, se hizo una nueva encuesta, y el porcentaje había aumentado en un 40%... Si solo un 10% de aquellos jóvenes realmente decidiera estudiar ciencias, sentiría que fui útil.

 


Se denomina “Efecto Matilda” a la denegación sistemática de la aportación de las mujeres a la investigación científica. Portada del libro con ese título, obra de la escritora británica Ellie Irving.

¿Ser mujer complicó su carrera?

Nunca he sido hombre, por lo tanto no puedo comparar. Pero aun así puedo decir que a lo largo de mi carrera científica, nunca me sentí discriminada por ser mujer.

Hasta el momento, solo cuatro mujeres han recibido el Nobel de Química. ¿Usted qué piensa?

Hay muchas más mujeres en Fisiología y Medicina, y no creo que los miembros del Comité del Nobel sean sexistas: premiaron dos veces a Marie Curie.

Si hay menos mujeres científicas, es porque la sociedad no las alienta en dicha elección, ni siquiera en las sociedades consideradas abiertas y liberales. Con demasiada frecuencia se escuchan comentarios como “no estudies demasiado, no encontrarás marido”, o “no elijas una carrera tan absorbente, no tendrás vida familiar”. Estas fórmulas aparecen explícitamente en algunas sociedades, y en otras de manera más insidiosa. Lo mismo ocurre en política, en carreras artísticas y en cualquier profesión exigente. Y aún más en ciencias, porque podría implicar que las mujeres son más inteligentes que los hombres.

En las carreras científicas de las universidades, inicialmente los hombres y las mujeres se distribuyen en el plano numérico de forma equitativa. ¿Y luego? Algunas jóvenes probablemente sean mejores que sus colegas masculinos pero a menudo trabajarán en el laboratorio de otra persona, ya sea porque quieren sentir menos presión en el trabajo y, por lo tanto, tienen menos incentivos para tomar las riendas o porque prefieren dedicar más tiempo a su familia

¿Cómo puede cambiarse la mentalidad de las mujeres?

No son solo las mujeres. Es la sociedad como un todo la que debe evolucionar. La educación nos ayudará. Es difícil, y no sucederá en un día. Cuando hablo en las escuelas, aunque no logre convencer a las jóvenes que tengo delante a emprender una carrera científica, puede que les haga ver las cosas de manera diferente y estas cambien en la generación siguiente.

Un científico puede llevar una existencia gratificante, tanto en su vida privada como en su laboratorio. Mi nieta me ha otorgado el título de “abuela del año”, así que se puede ser buena abuela y buena científica... Cuando una adolescente de 15 años oye eso, la marca. Y en cinco años, quién sabe, tal vez decida emprender estudios científicos.

¿Estas elecciones imponen realizar sacrificios?

Hay sacrificios, por supuesto: la investigación es exigente para todo el mundo, tanto para las mujeres como para los hombres. Es cuestión de prioridades. Personalmente, no planifiqué nada, tomé las cosas como vinieron, día a día. Elegí la profesión que amaba y tuve la familia que amaba. Lo importante es amar.

Un ejemplo interesante es el de la cristalógrafa británica Kathleen Lonsdale (1903-1971), que tomó una licencia de diez años para criar a sus tres hijos. Durante ese lapso, trabajó en su hogar (obviamente no existían computadoras ni Internet, pues esto ocurrió en los años 1930) y, sin embargo, realizó cálculos matemáticos que demostraron ser esenciales para la cristalografía. También publicó tres libros que seguimos utilizando hasta hoy.

¿Cuáles son las cualidades de un buen científico?

Tres: primero, curiosidad. Luego, curiosidad. Y por último, ¡curiosidad! También debemos amar los desafíos y no tenerles miedo. Y poseer el pensamiento crítico necesario como para comprender si lo que haces es importante, exacto y original, o no.

¿Se debe ser competitivo?, ¿usted lo es?

En ciencia, no es necesario ser “competitivo”. Por ejemplo, comenzamos a estudiar la estructura de los ribosomas en 1980. Nos llevó seis meses detectar por primera vez la existencia de los cristales que los constituyen. Luego otros cuatro antes de descubrir las primeras potencialidades. Dos años después, hallamos que los cristales no resistían los rayos X (este era el método utilizado convencionalmente para medir la difracción). Ello nos condujo a desarrollar nuestra principal contribución a las ciencias de la vida, la crio-bio-cristalografía. Y durante todo ese tiempo íbamos publicando lo que íbamos consiguiendo.

En 1986 conocí a un científico que siempre se había burlado de mí. Me dijo: “Hemos logrado reproducir su experiencia”. Llevábamos 16 años trabajando en esa investigación... Poco faltó para que le saltara al cuello. De veras que no miento. Sin embargo, él veía las cosas de manera diferente: “¿Por qué hizo públicos sus trabajos? ¿No temía que le robaran su investigación?”. Le dije que solo contaba el resultado, y que siempre daba toda mi información. Ya lo ve: la competencia no es mi fuerte.


Estructura en 3D de la subunidad mayor del ribosoma de la bacteria “Deinococcus radiodurans”, estudiada por el equipo de Ada E. Yonath en el Instituto Weizmann de Tel-Aviv (Israel).

¿Cree que los hombres son más proclives a la competencia?

No lo sé, creo que todos somos diferentes. En lo que a mí respecta, cuando hablo de enfrentar los desafíos, no pretendo ser mejor que los demás, sino hacer cuanto esté a mi alcance para resolver los problemas y avanzar hacia los objetivos de la investigación.

Este es también el consejo que les doy a los estudiantes: no se comparen. Pregúntense qué es lo que más les gusta: estudiar economía, tocar la flauta ... Hagan lo que les apasiona y háganlo lo mejor que puedan.

¿Le preocupa la amenaza que representa una creciente resistencia a los antibióticos?

Estoy muy preocupada por este fenómeno. Si no tomáramos antibióticos, no existiría resistencia, pero una simple infección podría ser fatal. Necesitamos desarrollar una nueva generación de antibióticos. En eso estamos trabajando actualmente. Mediante el estudio de la estructura del ribosoma de ciertas bacterias patógenas hemos identificado un nuevo tipo de sitios de fijación de los antibióticos, que podría inhibir la biosíntesis de proteínas en las células.

Hasta el momento, ninguno de estos sitios es utilizado por ningún antibiótico conocido. Pensamos pues que la resistencia se desarrollará muy lentamente. Como también son característicos de las bacterias patógenas, deberían tener poco o ningún impacto en el microbioma, entiéndase, sobre las “bacterias buenas” que residen en el cuerpo humano. La química de estos nuevos sitios también se puede utilizar para concebir antibióticos completamente degradables, lo que evitaría la carga ecológica sobre el medio ambiente causada por los núcleos no degradables de los antibióticos actualmente disponibles. En resumen, al aplicar nuestro enfoque multidisciplinario, esperamos optimizar la próxima generación de antibióticos para reducir en forma significativa la resistencia, a la vez que se garantiza la máxima selectividad, la eficacia óptima, una toxicidad mínima y una adecuada degradabilidad.

Esperamos que aunque los antibióticos se consideren menos rentables, los laboratorios tomen en consideración el peligro que implica su resistencia y las nuevas posibilidades de reducirla considerablemente.

¿En la actualidad, en qué trabaja?

Intento realizar ciertas cosas: desarrollar la próxima generación de antibióticos y comprender los orígenes de la vida.

 

Con esta entrevista, El Correo de la UNESCO se asocia a la celebración del Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia (11 de febrero).

Ada Yonath

Ada Yonath (Israel) nació en Jerusalén en 1939. Se doctoró en el Instituto Weizmann de Ciencias, donde actualmente dirige el Centro Helen y Milton A. Kimmelman, que se especializa en la estructura y ensamblaje biomolecular. Entre las numerosas distinciones que ha recibido figuran, , además del Premio Nobel de Química en 2009 (junto a Venkatraman Ramakrishnan y Thomas A. Steitz), el Premio Israel de química (en 2002), el Premio Wolf (en 2007) y el Premio Albert Einstein (en 2008).