Gran angular

Soy Magdalena, de Sudán del Sur

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Magdalena Nandege, militante de la Red de la Red de Jóvenes Defensores de la Paz, un programa de la Iniciativa Paz y Desarrollo Forest Whitaker (WPDI) que se está llevando a cabo en Sudán del Sur.
El itinerario vital de Magdalena, una joven de Sudán del Sur activista de la Red de Jóvenes Defensores de la Paz, el programa emblemático de la Iniciativa Paz y Desarrollo Forest Withaker, ilustra la fuerza que tiene la cultura para construir comunidades pacíficas y productivas en sociedades traumatizadas por conflictos armados. Su testimonio.

Me llamo Magdalena Nandege. Tengo 23 años y soy de Sudán del Sur. Nací en el pueblo de Homiri, perteneciente al distrito de Budi, que tiene unos 150.000 habitantes. Viven en su mayoría de la agricultura y la ganadería, como mi madre. El distrito tiene dos colegios de secundaria y 11 escuelas primarias. Todos los edificios escolares carecen de electricidad. El 85% de la población es analfabeta.

Estoy estudiando para ser comadrona en el Instituto de Profesiones Sanitarias de Torit, capital del estado de Imotong. En primer año de carrera estábamos matriculadas 37 estudiantes, pero ahora sólo quedamos 24. Las otras dejaron los estudios por la inseguridad, la pobreza y la escasez de medios de transporte. Yo quiero ser comadrona porque creo que es muy importante ocuparse de las mujeres y dispensarles cuidados.

Las mujeres son los seres más vulnerables del mundo porque dan la vida. Lo sé por experiencia propia. En 2014, estaba a punto de dar a luz y me encontré completamente sola porque había una huelga de enfermeras y comadronas que reclamaban salarios impagados. Tuve la suerte de que unas comadronas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) pudieron socorrerme. Ese día comprendí lo necesario que es ayudar a las mujeres de mi país a luchar contra la mortalidad materna.

Esta toma de conciencia también me impulsó a participar en la Red de Jóvenes Defensores de la Paz (YPN), un programa apadrinado por la Iniciativa Paz y Desarrollo Forest Whitaker (WPDI). Me apunté a la Red en 2014, nada más oír hablar de ella en la Unión de Jóvenes del Estado de Imotong, en la que me encargaba de la sección “Igualdad de género y sociedad”.

Gracias al programa de formación de la Red logré imbuirme del espíritu de lucha por la paz y difundirlo entre los jóvenes de mi comunidad. Para llegar a ese resultado y alcanzar el objetivo final la violencia y promover la paz y el desarrollo, el programa recurre a medios muy diversos: técnicas de gestión de conflictos y mediación; tecnologías de la información y comunicación; meditación; y adquisición de un espíritu emprendedor. Al cabo de las 250 horas lectivas del programa, la WPDI me acreditó como formadora de formadores para que a mi vez formara a otros jóvenes y organizase actividades en comunidades apartadas. Las actividades consisten en impulsar los procesos de paz y crear empresas locales que presten servicios a las comunidades y creen empleos para los jóvenes.

El programa llevado a cabo en Ecuatoria Oriental agrupa a 18 formadores de formadores y 156 jóvenes de 16 a 35 años de las “payams” (comunidades locales). Todos saben leer y escribir, algo importante porque el programa prevé que los participantes nos comuniquemos a través de las redes sociales para ayudarnos mutuamente a resolver conflictos y administrar nuestras respectivas pequeñas empresas.


Magdalena Nandege con jóvenes que participan en un proyecto de desarrollo agrícola beneficioso para sus comunidades.

El programa me dio suficiente confianza en mí misma para atreverme a utilizar mi talento artístico al servicio de una causa justa. El teatro y la narración de cuentos son medios esenciales para difundir mensajes. Para promover la paz, tengo que formar a algunas personas y dialogar con las comunidades. Me he percatado de que, cuando los problemas parecen insuperables, el arte puede ayudar a resolverlos si utilizamos un lenguaje que la gente entienda, porque el arte permite distinguir entre el bien y el mal.

Hace poco, realicé con un grupo de amigos y colegas de la Red un cortometraje sobre la violencia ejercida contra las mujeres. Como no teníamos dinero para comprar una cámara, filmamos con una tableta prestada. Inspirado en hechos reales, el filme se grabó en inglés, aunque los actores se expresaron en sus propias lenguas vernáculas: toposa, árabe estándar y árabe de Yuba. Ningún actor era profesional. Organizamos una reunión con los mayores y los jóvenes de la comunidad para saber si querían actuar como personajes que iban reunirse para hallar una solución contra un matrimonio precoz y forzado. Su aceptación fue para mí uno de los momentos más felices del rodaje.

La película se basa en la historia real de una adolescente a la que su familia quiso casar a la fuerza, aunque le permitió exponer por qué se negaba al matrimonio ante un consejo formado por su familia y el resto de la comunidad. La muchacha logró convencerles de que una joven tiene derecho a escoger pareja libremente y decidir sobre su vida.

Enviamos la película por medio de Bluetooth a los teléfonos móviles de muchos jóvenes y lo proyectamos como parte del programa de actividades de la WPDI. Todavía no lo hemos presentado en las escuelas, pero recibió una acogida muy favorable en una proyección que hicimos en un curso de formación para jóvenes de nuestra comunidad. Los cursillistas reconocieron la necesidad de impulsar la educación de las niñas y de luchar contra los matrimonios precoces y forzosos. Espero poder presentar el filme a públicos más numerosos y variados y poder hacer más películas de este tipo con más medios materiales.

Gracias a mis estudios y a la formación que he podido adquirir gracias a la WPDI, la UNESCO y ONU Mujeres, me siento en mejores condiciones para coadyuvar a la construcción de la paz, utilizar técnicas de gestión de conflictos y mediación y luchar contra la violencia sexista. He aprendido mucho sobre paz y derechos humanos, pero para llegar al fondo del alma de la gente tengo que transmitírselo con el lenguaje que usa en su hogar. Creo que en Sudán del Sur el arte puede hacer por la paz mucho más que los discursos. Puede aportar a sus habitantes modelos de conducta positivos con los que se sientan identificados y les induzcan a abrazar y aplicar los principios de la paz y el desarrollo sostenible. Sudán del Sur necesita más arte.

Leer más: 

Niños soldados: la vida por delante, entrevista con Forest Whitaker, El Correo de la UNESCO, 2011-4.