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Investigadores refugiados, pioneros silenciados de la ciencia

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Mapa mundial del exilio.
En un mundo desgarrado por la guerra es preciso dar una segunda oportunidad a los científicos que ven amenazadas sus libertades individuales e intelectuales, a fin de que puedan proseguir sus investigaciones en condiciones seguras. Einstein ya dijo en 1933 que sin esas libertades nunca habrían existido Shakespeare, Goethe, Newton, Pasteur o Lister. Sólo los hombres libres pueden realizar las obras de intelecto y los descubrimientos que necesitamos para que nuestras vidas sean dignas y merezcan ser vividas.

Sarah Willcox

Durante decenios, un investigador de física teórica desafió las sospechas de las autoridades, de su país afrontó la represión y la humillación de vivir vigilado y continuó enseñando e investigando. Formado en Europa, publicó numerosos trabajos y se ganó fama internacional. Pero continuó sufriendo y defendiendo las libertades políticas en su país y la lucha de sus alumnos por esos mismos derechos… pero terminó huyendo y buscando refugio en las universidades estadounidenses.

No se crean ustedes que estamos en los años treinta. No estoy hablando de Albert Einstein. Fue en 2012. Un afamado científico llamó a las puertas del “Institute of International Education” (IIE), pidiendo ayuda a su Fondo de Socorro para Investigadores (SRF), de cuya supervisión me encargo. Este investigador de renombre es uno de los miles científicos forzados a dejar su país para siempre. Ahora estamos cosechando los frutos de haberle ayudado, porque con su labor aleja las fronteras de la ciencia en beneficio de toda la humanidad.

Cabría pensar que hemos aprendido las lecciones del pasado, pero la historia se repite. Pronto acabará 2017, otro año que ha vuelto a ser testigo de inestabilidades y violencias que han destrozado miles de vidas humanas.

65,6 millones de desplazados forzosos, 22,5 millones de refugiados y 10 millones de apátridas. 28.300 personas, que cada día, por término medio, abandonan sus hogares debido a persecuciones y guerras… este es el desolador panorama que nos recuerda la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).


Los migrantes de esta lancha fueron rescatados en el Mediterráneo por la fragata italiana “Carlo Bergamini” en junio de 2014.

Algo más que refugiados…

Son cifras inadmisibles, pero a menudo las aceptamos con fatalismo. Recordemos un instante las ingentes muchedumbres de desplazados forzosos del siglo pasado. Sabemos que eran – como los desplazados de hoy– algo más que refugiados. Eran padres y madres, hermanos y hermanas, nietos y nietas, sobrinos y primos… Llegaron a ser vecinos nuestros y miembros de pleno derecho de nuestras sociedades. Fundaron algunas de nuestras ciudades y traspasaron nuestras fronteras para luego tender puentes a nuestras economías y culturas. Muchos lo hicieron gracias a su labor de investigadores, enseñando en las universidades y haciendo descubrimientos científicos innovadores. Fueron –como los científicos refugiados actuales– discretos pioneros de la ciencia dispuestos a hacerla avanzar en todo el mundo.

En 1933, cuando Hitler llegó al poder, Albert Einstein se encontraba por suerte en los Estados Unidos. Cuando se enteró de que los nazis habían saqueado su casa, decidió no volver jamás a Alemania y, después de una breve estancia en Europa, volvió a América para trabajar en el recién fundado Institute for Advanced Study de Princeton (Nueva Jersey). Cualquier persona sabe hoy que sus teorías han sido la fuente de inmensas aportaciones a la ciencia.

Muchos ignoran que en el siglo pasado miles de científicos e investigadores huyeron de la Europa en guerra y alcanzaron la cúspide del saber científico en los países de acogida, pese a que se dieron casos vergonzosos de hostilidad y rechazo por parte de la sociedad y las instituciones de dichos países. En los Estados Unidos, durante los decenios de 1930 y 1940, un consorcio de asociaciones de socorro a los refugiados del que formaba parte el IIE creó el Comité de Ayuda de Emergencia a Investigadores Desplazados (EC), que logró encontrar puestos en las universidades a unos 400 científicos expatriados, entre ellos un centenar de físicos.

La economista Petra Moser ha demostrado que en el decenio de 1930 el número de patentes registradas en los Estados Unidos aumentó en más de un 30% en los sectores de la ciencia donde había más científicos judíos. Esto tuvo un efecto multiplicador muy valioso en las generaciones siguientes.

Otros ejemplos coetáneos de Einstein: Erwin Schrödinger, galardonado con el Nobel de Física en 1933, tuvo que huir de su Austria natal a finales de los años treinta y refugiarse en Irlanda, donde ejerció la docencia en el Dublin Institute for Advanced Studies; o el germano-americano Hans Bethe, ganador también del Nobel de Física en 1967, que se expatrió de Alemania a Estados Unidos en 1933 y fue uno de los padres de las bombas A y H en el periodo 1940-1950, aunque el resto de sus días siempre se opuso públicamente, junto con Einstein, a las pruebas nucleares y la carrera armamentística.

 


Así quedó la Universidad de Mosul tras ser incendiada y destruida durante los combates con el EIIL (Iraq - 10 de abril de 2017).

Aportaciones excepcionales

De todos los premios Nobel obtenidos por los Estados Unidos en ciencia, tecnología y matemáticas, más de dos tercios han recompensado a científicos de origen extranjero. Todavía hoy nos congratulamos de todo lo que los refugiados aportan a la ciencia y la sociedad cuando se les ofrece una segunda oportunidad en el país de acogida. Por ejemplo, Sergey Brin, cofundador de Google y presidente de su sociedad matriz Alphabet, llegó a Estados Unidos en 1979, cuando tenía seis años de edad y su familia tuvo que huir de la Unión Soviética.

El SRC ha reanudado desde 2002 la labor iniciada por el EC y está tendiendo la mano a los investigadores víctimas de persecuciones y conflictos armados, que se han visto desplazados o corren el riesgo de que su exilio se prolongue indefinidamente. Todos ellos han sido acosados por regímenes crueles debido a su labor científica, su religión o su etnia, y cada vez más frecuentemente también por el apoyo que prestan a colegas y estudiantes. En los momentos más tensos del conflicto de Iraq (2007 y 2013) ayudamos a encontrar puestos en universidades de países vecinos a centenares de científicos iraquíes que habían recibido anónimos amenazándoles con arruinar su situación profesional y agredir a sus familias. Aunque estas amenazas habrían desalentado a cualquiera, la mayoría de ellos regresó a Iraq después de unos años de exilio y otros se quedaron en países cercanos del Oriente Medio. Ahora prosiguen su labor científica y muchos están coadyuvando a la refundación del sistema universitario iraquí.

Sabemos por experiencia que cada año miles de investigadores necesitan amparo y un lugar seguro para continuar sus trabajos. El SRC ha proporcionado ayuda financiera y contactos indispensables a más de 700 investigadores de 43 países. Hay también asociaciones de refugiados que ayudan a miles de científicos, pero es difícil calcular cuántos de los desplazados han perdido definitivamente su empleo por no haber tenido la oportunidad de salir de sus países para proseguir su carrera profesional.

Abrir puertas

Centenares de investigadores desplazados se ven afectados porque sus publicaciones datan de una época en que todavía no se ponían en línea o porque no han podido franquear las barreras lingüísticas. Si no obtiene una beca inmediata de estudios o investigación y no se le abren las puertas de una universidad o instituto científico del país de acogida, el modesto investigador que carece de la notoriedad de un Einstein apenas tiene posibilidades de reanudar sus trabajos. Esta pérdida de los años de formación y el potencial social de un sinfín de científicos desplazados ha ocasionado daños incalculables al progreso científico.

Depositario de una tradición ya casi secular de ayuda a estudiantes y científicos en situación de riesgo, el SRC es actualmente una de las pocas instituciones que les presta una ayuda esencial. Entre otras instituciones de ayuda destaca el “Council for At-Risk Academics” (CARA) del Reino Unido, creado por la elite científica de ese país en 1933, cuando Hitler decidió expulsar a centenares de eminentes universitarios alemanes por motivos raciales. El CARA colabora estrechamente con la red “Scholars at Risk”, creada en 2000, y con la Iniciativa Philipp Schwartz de la Fundación Alexander von Humboldt de Alemania. En Francia, es el Programa PAUSE del “Collège de France” el que facilita la acogida de científicos exilados en este país. Por su parte, la Academia Mundial de Ciencias (TWAS), establecida en Trieste (Italia) bajo los auspicios de la UNESCO, ayuda a científicos refugiados, especialmente a los procedentes de países en desarrollo.

En Bélgica y los demás países de la Unión Europea, así como en Canadá y Jordania, hay asociaciones y universidades que prestan ayuda a los científicos refugiados. No obstante, queda mucho por hacer hasta que el capital intelectual del mundo pueda sembrar todas sus semillas de innovación y descubrimientos para que germinen en beneficio de las generaciones venideras.

Leer más: 

Niños soldados: la vida por delante, entrevista con Forest Whitaker, El Correo de la UNESCO, 2011-4.

Estudiantes indios buscan nuevos horizontes, El Correo de la UNESCO, 1998-9

El éxodo intelectual empobrece aun más a las naciones pobres, El Correo de la UNESCO, 1978-11

Sarah Willcox

Sarah Willcox (Estados Unidos) reside en Nueva York y dirige desde 2003 el Fondo de Socorro para Investigadores del IIE, supervisando la estrategia general de esta entidad, sus acuerdos de cooperación y sus actividades de comunicación y sensibilización de la opinión pública.