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La educación rehén de la guerra

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Retrato de un muchacho sirio refugiado (Líbano, julio de 2017). En Siria hay casi tres millones de niños que nunca han vivido en situación de paz y padecen traumas psicosociales.

Fotos: Diego Ibarra Sánchez /MeMo

Texto: Katerina Markelova

“El tiempo, esa bomba de relojería que se para en el exilio y se incrusta en las páginas de las agendas de los escolares”. Así expresa el fotoperiodista español Diego Ibarra Sánchez un pensamiento que le atormenta desde hace tiempo: las guerras están borrando el futuro de una generación entera de niños.

En efecto, según datos de la UNESCO, solamente la mitad de los niños y un cuarto de los adolescentes refugiados están escolarizados y en las regiones en conflicto hay más de 28 millones de niños no escolarizados.

Muy a menudo, los impactos de la guerra en los sistemas educativos quedan fuera del objetivo de las cámaras de los corresponsales de guerra. Maestros asesinados, escuelas devastadas o convertidas en puestos militares, traumas psicológicos profundos…Resultado: millones de niños sin acceso a la educación. Lo que Diego desea mostrarnos, trascendiendo el sensacionalismo de las imágenes de combates, es la destrucción del futuro de una “generación perdida”.

Sensibilizado desde pequeño a los problemas de la educación por ser hijo de una profesora, Diego se fue al Pakistán en 2009 cuando tenía 27 años. Este país era entonces víctima de una campaña de violencia desatada por los talibanes contra el sistema educativo. Fue entonces cuando inició su proyecto de reportajes gráficos “La educación secuestrada” (“Hijacked Education”) del que presentamos algunas muestras.

En 2014 dejó el Pakistán para ir al Líbano, donde vive todavía con su mujer y un hijo de dos años. Ha proseguido sus trabajos sobre la educación en tiempos de guerra desplazándose a Siria, Iraq y Colombia.

“Por desgracia, el capítulo de la educación secuestrada por la guerra no se ha cerrado todavía. Sigue existiendo de manera palpable, por eso mi proyecto debe seguir adelante”, nos dice Diego. “Consumimos miles de imágenes –añade– sin pararnos un instante a asimilarlas. Pasamos de una realidad a otra casi sin detenernos. Nos hemos convertido en ‘turistas’ del sufrimiento del prójimo”. La fuerza de su obra fotográfica nos compele a todos –como “turistas apresurados” que somos– a pararnos a meditar cómo aportar nuestro grano de arena a la desactivación de esa “bomba de relojería”, que amenaza a tantos niños en tantos lugares.

Estigmas de la guerra: el aula de una escuela vista a través de una pared tiroteada (Hasaké, Siria, 13 de abril de 2016).
 
 
Niños refugiados entusiasmados con el espectáculo ofrecido en una escuela libanesa por la asociación “Payasos sin Fronteras” (diciembre de 2014). La mitad de los refugiados del mundo son niños y la mayoría viven en países en desarrollo, donde muchas escuelas educan a duras penas a los alumnos de las comunidades locales.
 
 
Una niña siria desplazada juega en el refugio improvisado de un campamento informal creado en las afueras de la ciudad libanesa de Zahlé (16 de diciembre de 2016). Las cifras actuales de desplazados son las más altas de la historia. Tan sólo en 2015, 65,3 millones de personas se vieron forzadas a dejar sus hogares. El 53% de los refugiados son sirios, somalíes y afganos.

Centenares de libros de texto quemados por el EIIL en una escuela de Al Shaddadi (Siria) en abril de 2016. Dos de los lugares más peligrosos de este país son actualmente las escuelas y los hospitales, pese a que están protegidos por la Convención de La Haya de 1907 relativa a las leyes y costumbres de la guerra terrestre.
 
 
En las cercanías de la ciudad libanesa de Trípoli, un niño sirio espera a que escampe en un centro comercial abandonado que alberga a unas 300 familias de refugiados (2016). Los escasos datos disponibles sobre poblaciones desplazadas atañen sobre todo a las instaladas en campamentos, aunque más de la mitad de los refugiados del mundo viven en zonas urbanas.