Gran angular

Deeyah Khan: “Algunos eligieron el fusil, yo la cámara”

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Deeyah Khan manos a la obra.
Nacida en Noruega de madre afgana y padre pakistaní, la realizadora y productora musical Deeyah Khan creció entre diferentes culturas, hecho que agudizó su conciencia artística. En un combate valiente contra el extremismo empuña las armas del arte y la cultura y se esfuerza sin desmayo por hacer escuchar el relato de quienes no tienen voz.

Entrevista realizada por Jasmina Šopova

¿Qué la movió a rodar su película La Yihad: una historia de los demás?

Yo misma provengo de una familia musulmana y me veo confrontada a las consecuencias del aumento del fundamentalismo religioso en nuestras comunidades. Desde hace mucho tiempo trato de entender por qué la violencia ha ganado poco a poco a este movimiento y por qué esa misma violencia devora a cada vez más jóvenes. No me gusta la forma en que hablamos del yihadismo: es fácil odiar a las personas que forman parte de él, pero ese odio no es particularmente productivo. En respuesta, quise hacer una película sobre los sentimientos de quienes se sienten atraídos por la yihad. Y descubrí que tenía muchos puntos en común con ellos.

Darme cuenta de que compartía un gran número de interrogantes con esas personas me dio más miedo que todo el resto. Pero en lo que nos diferenciamos es en la manera de superar nuestros problemas: ellos eligieron el fusil, yo la cámara.

Todos los que entrevista en la película son ex yihadistas. ¿Cómo pudo contactar con ellos?

Me tomó cierto tiempo ganarme su confianza, y cerca de dos años para hacer la película, que terminé en 2015. Si finalmente confiaron en mí es porque fui paciente y les dije con honestidad qué quería hacer. Les expresé en repetidas ocasiones que no estaba de acuerdo con ellos e incluso que me horrorizaban (ya no es el caso), pero que sólo quería escucharlos, entenderlos, conocer su historia. Hubo muchas citas canceladas. Algunos se negaron a hablar o me pidieron que no los filmara. Otros trataron de hacerme perder esperanzas, pero me empeñé, porque realmente estaba muy ávida de saber.

 


Sabyl y Wassem en una escena de la película “La Yihad, una historia de los demás” filmada en Birmingham (Reino Unido).

¿Qué los impulsó a renunciar a la yihad?

Uno de los principales protagonistas se dio cuenta de que había creído en quimeras: pensaba que luchaba por los musulmanes y por un mundo mejor, pero comprendió que no hacía otra cosa que convertirse en un nuevo opresor. Otros muchos comprendieron la hipocresía y el doble rasero vehiculados por la visión del mundo que se habían fabricado para sí mismos. Otro factor de mucho peso fue que personas que consideraban enemigas comenzaron a tratarlos como seres humanos: cuando uno vuelve a conectar con su propia humanidad, todo cambia.

Dice usted que estos hombres no le gustaban, pero que ya no es el caso. ¿Qué le hizo cambiar de opinión?

Descubrí que muchos jóvenes atraídos por la yihad tenían inicialmente dotes para la creación, y al serles negado desarrollarlas hallaron en la violencia su único modo de expresión. No me esperaba que una abrumadora mayoría de los hombres con los que hablé –con o sin la cámara– me confiara que ellos hubieran querido ser raperos, pintores o poetas. Y que sus familias se lo prohibieron o la sociedad no lo aceptó. Me dolió mucho, porque habríamos podido hacer algo y no llegar a situaciones tan extremas. Todos nosotros somos responsables de cuanto sucede a estos jóvenes.

Cuando dice “nosotros” ¿se refiere a la familia, la escuela, el gobierno, la comunidad internacional…?

Pienso en cada uno de nosotros en forma individual, en nuestra forma de comportarnos con los demás en la vida cotidiana. Cuando un joven musulmán se sienta a nuestro lado en el autobús, la manera en que lo miramos y nos aferramos a nuestros bolsos no es inocente. Del mismo modo, cuando nuestros políticos o gobiernos abordan la cuestión desde un punto de vista donde prima el odio, calificando de “monstruos” a sus propios conciudadanos, se hace muy difícil comunicar con tales monstruos y darles, eventualmente, la oportunidad de comportarse como seres humanos.

En cuanto a las familias, tendrían que reconocer que traicionan a sus hijos cuando tienen expectativas incontrolables: ¡no son nada más que personas!

Para mí, la escuela, la policía, los medios de comunicación han de responsabilizarse cuando los jóvenes –hombres y mujeres– les piden ayuda, sean cuales fueren su cultura, origen social o raza. Es una cuestión de interacción entre humanos. Se trate de un artista, un militante, una feminista u otra cosa, todos tenemos el deber de intervenir.


Escena del rodaje de la película “Los descreídos del islam”.

¿Por eso creó la revista en línea sister-hood (herman-dad de mujeres), que también transmite eventos en directo? ¿Qué la motivó a aventurarse en la red?

Herman-dad se creó en 2007 como una aventura mediática de la sociedad civil. Es una plataforma internacional centrada en la mujer de cultura musulmana. Por todas partes se habla de las musulmanas, pero es raro que se hable directamente con ellas. Quise llamar la atención sobre qué significa ser una muchacha que sufre o un hombre que quiere irse a combatir en Siria.

La respuesta de las mujeres fue extraordinaria, idéntica a la velocidad en que se formó esta comunidad: ahora tenemos cerca de 200 redactoras en 40 países. Me doy cuenta de cuán importante es dar la palabra a las mujeres, provengan de donde provengan. Cuando se habla de la opresión de la mujer se dice solo parte de la verdad. Tengo un gran respeto por el oficio del periodista, pero me exasperan las pseudoverdades que continuamos publicando en los medios. Se habla de los crímenes de honor, de la violencia contra las mujeres, ¡pero se olvida a la gente! Todos mis esfuerzos se centran en subir el volumen, aumentar el sonido de las voces de esas personas que están luchando para ser escuchadas.

En 2012, usted realizó un documental sobre Banaz, una joven británica kurda asesinada por su propia familia porque quería decidir sobre su propia vida. ¿Por qué esa elección?

Quería hacer una película sobre los crímenes de “honor” y pensé unir dos o tres relatos, incluyendo el de Banaz, que fue una derrota terrible para la policía británica, pues ella les había pedido protección cinco veces. En vano.

Cambié de opinión cuando me encontré con la inspectora encargada de dilucidar este asesinato. Le pregunté qué la condujo a hacer tantos esfuerzos para resolver el caso (logró que se condenara al padre y al tío de Banaz en el Reino Unido y luego fue a Iraq, donde se esforzó por lograr la extradición de dos primos involucrados en el asesinato). Y ella dijo: “Actué por amor”.

No podía entender cómo podía amar a una muchacha que no conocía y que estaba muerta. “Toda persona tiene derecho a ser amada. Banaz también. Sus parientes más cercanos no la quisieron, yo sí”, respondió.

De inmediato pensé, “¡Esa es la película que quiero hacer!” Y así nació Banaz: Una historia de amor. La historia contiene todos los problemas y todas las soluciones. Y la solución es que hay que cuidar de los otros.

Háblenos de su película de 2016, Los no creyentes del Islam…

Trata sobre un movimiento de resistencia clandestino que reúne a jóvenes que decidieron abandonar el Islam. A menudo fueron el Dáesh y el terrorismo lo que los llevó a poner su fe en tela de juicio. Cuando hice la película sobre la yihad, recibí innúmeros mensajes de jóvenes de Iraq, Siria y otros países, diciéndome: “La yihad no es todo, muchos de nosotros hemos renunciado al Islam. ¿Por qué no habla de nosotros? ¿Es porque no usamos la violencia?”.

Me informé y fue un shock: descubrí que en Pakistán existen de cuatro a 15 millones de no creyentes y entre 1,4 y seis millones en Arabia Saudita. Algunos gobiernos han creado ministerios para luchar contra el ateísmo. En muchos países islámicos, es un delito no creer y proclamarlo. Hay personas encarceladas e incluso ejecutadas por ello.

Así que decidí dedicar una película a este fenómeno, en gran medida ignorado.

¿Por qué eligió el cine para tratar estas cuestiones?

Si queremos involucrar a la gente, tenemos que lograr que sientan algo. Es lo que hace el cine, y es lo que hace el arte. No sólo se dirigen al intelecto, sino también a nuestra fibra sensible. Y es lo que tienen de tan único y valioso todas las formas de arte.

El arte suprime las diferencias, abate los muros y las desigualdades que nos dividen. Para mí, el arte es un factor de igualdad. Para comprender su poder, es suficiente ver cómo los tiranos, dictadores y agresores tratan al arte y los artistas. Después de las mujeres, las primeras víctimas de los opresores suelen ser los artistas.

Y para mañana, ¿cuáles son sus planes como Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO?

Espero no sólo promover el trabajo de artistas sino también, y sobre todo, hablar del precio que tienen que pagar en muchas partes del mundo. Hay artistas –algunos amigos míos– que son perseguidos, maltratados, encarcelados. Debemos protegerlos. Voy a usar todo mi corazón para apoyar a esas voces marginadas y continuar relatando sus historias.

Deeyah Khan

Deeyah Khan, nombrada en 2016 primera Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO para la libertad artística y la creatividad, es una documentalista galardonada con un Emmy y un premio Peabody, y fundadora de Fuuse, una empresa de comunicación y realización artística independiente que pone de relieve las historias de mujeres, minorías e hijos de inmigrantes. También lanzó la revista digital sister-hood que da la palabra a musulmanes de todos los sectores.

Después de haber dejado de lado una brillante carrera de cantante para combatir el extremismo y los prejuicios por vía de los medios, Deeyah Khan continúa escribiendo y produciendo canciones. Ha recibido numerosos premios, incluyendo la medalla Ossietzky, el premio de Derechos Humanos de la Universidad de Oslo y el Peer Gynt del Parlamento de Noruega.