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Ahmad Al Faqi Al Mahdi: “Me declaro culpable”

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Ahmad Al Faqih Al Mahdi y su abogado Mohamed Auini el 17 de agosto de 2017, momentos después de que la Corte Penal Internacional pronunciase su fallo sobre la reparación de los daños infligidos a las víctimas.

Entrevista realizada por Anissa Barrak

Ahmad Al Faqi Al Mahdi fue declarado culpable de un crimen de guerra por dirigir los ataques intencionales que en junio y julio de 2012 causaron la destrucción de diez monumentos religiosos e históricos de Tombuctú, Malí, sitio inscrito desde 1988 en la Lista del Patrimonio Mundial. Esta es la primera vez que la Corte Penal Internacional (CPI) recibe una denuncia –en este caso del Estado maliense– relacionada con la destrucción de monumentos culturales y que califica estos actos como crímenes de guerra. Detenido en 2015, Al Mahdi fue condenado por la CPI el 27 de septiembre de 2016 a nueve años de prisión y el 17 de agosto de 2017 a pagar 2,7 millones de euros a las víctimas en concepto de reparación.

¿Qué condujo a este maestro maliense de la tribu tuareg del Azawad, apreciado por los miembros de su comunidad y los habitantes de Tombuctú, donde se estableció en 2006, a actuar contra sus compatriotas y correligionarios? ¿Cómo un hombre educado e instruido en los preceptos del Islam sufí cometió un crimen contra esta misma escuela del Islam africano? ¿Qué provocó su vuelco hacia el islamismo político radical y la violencia? ¿Dónde se sitúa el punto de ruptura?

El Correo de la UNESCO lo entrevistó en el centro de detención de la CPI en La Haya, Países Bajos, y conoció su trayectoria: su niñez en el desierto del norte de Malí, su deambular con su familia en los campamentos de refugiados tuareg de Mauritania y Argelia, su enrolamiento en el ejército libio, y el regreso a su país, Malí, donde, en Tombuctú, había encontrado una frágil respuesta a su búsqueda de estabilidad y reconocimiento… hasta el estallido de la rebelión en el norte del país.

Tras haber reconocido los hechos que se le incriminaban y su responsabilidad en ellos declarándose culpable, en esta entrevista exclusiva revela, más allá de su recorrido personal, complejas realidades sociales y culturales que engendran tensiones y conflictos en el norte de Malí desde hace más de medio siglo. Un contexto en el que los movimientos independentistas radicales de obediencia islámica y el yihadismo internacional han aprovechado para infiltrarse.


Durante su proceso ante la CPI, el 27 de septiembre de 2016, Ahmad Al Faqih Al Mahdi pidió “a todos los musulmanes del mundo que no cometan actos de este tipo porque tienen consecuencias terribles, carecen de justificación y no reportan beneficio alguno”.

Usted reconoció su responsabilidad en el ataque y destrucción de nueve mausoleos y parte de la mezquita de Sidi Yahiya en Tombuctú, que usted mismo organizó y dirigió en 2012. ¿A título de qué actuó y por qué razones?

Yo era por entonces jefe de la Hesba, una de las cuatro estructuras administrativas del grupo Ansar Din, asociado con Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), que había ocupado el norte de Malí en 2012 y había establecido su cuartel general en Tombuctú en abril, después de expulsar a los combatientes del Movimiento de Liberación del Azawad (MNLA).

Correspondía pues a la Hesba, cuya misión es “promover la virtud y prevenir el vicio” combatir todos los actos que contravinieran los preceptos del Islam, según la visión de este movimiento. Los mausoleos de Tombuctú estaban considerados la encarnación de tales actos por dos motivos: en primer lugar, la manera en que los fieles practicaban la oración se consideraba impía, así como la existencia de edificios construidos por encima de las tumbas. Una vez que el comando tomó la decisión de destruir los mausoleos, se me ordenó aplicarla con las tropas que se hallaban bajo mi autoridad. La ejecuté con rigor, como siempre he hecho con cualquier labor de la que he sido responsable.

¿Quién tomó la decisión de la destrucción? ¿La aprobó usted?

Como parte de mi función, era mi deber luchar contra prácticas consideradas contrarias a los preceptos del Islam. Ayudado por mis soldados, controlaba en persona el comportamiento de la población. Iba regularmente a los mausoleos y dispensaba explicaciones y consejos. También impartía cursos en la radio local. La orden de destrucción vino de arriba, del comandante de Ansar Din, Iyad Ag Ghali, quien tomó la decisión influenciado por su entorno inmediato, en especial los consejeros de AQMI. El objetivo de estos grupos es imponer a la población su ideología, derivada de la doctrina wahabita. La estrategia de Al Qaeda es perpetrar acciones espectaculares para ganar nuevos adeptos y dar pruebas de su celo y eficacia a las entidades que la apoyan.

En la sesión de concertación que culminó en la decisión de destrucción, expresé abiertamente que tal acción era inapropiada, ya que podría generar más daños que beneficios. Recordé la norma de la charía según la cual no puede suprimirse ningún vicio si su supresión produce otro igual o mayor. Advertí que la destrucción podía causar mayores desgracias a la población; en particular pensaba que podía incitar a los habitantes al odio y a la violencia de unos contra otros. Imaginé que los grupos armados dispararían contra la gente. Temía lo peor.

Estaba convencido de que la destrucción de los mausoleos no tenía fundamento jurídico desde el punto de vista de la ley islámica. Es cierto que una fetua admitida por todas las escuelas del Islam, establece que las tumbas no deben elevarse más de un chibr (unos 10 cm.) por encima del suelo. Pero esta fetua concierne a las nuevas sepulturas y no a las ya existentes. Yo era partidario de dejar los mausoleos como estaban.

La mayoría de la población de Tombuctú se vio obligada a contemporizar con estos grupos para sobrevivir. Y yo fui más diligente que los demás.


El mausoleo de Mohamed Mahmoud en el cementerio de los Tres Santos, destruido por extremistas en 2012 y reconstruido por la UNESCO.

A la hora de perpetrar la destrucción, ¿tuvo dudas? ¿Qué pensó en esos momentos?

Me consideraba un eslabón en la cadena administrativa y sentía que las consecuencias recaerían en quienes habían tomado la decisión y dado las órdenes. Sabía muy bien que si yo no las cumplía me expulsarían. Yo no recibía ningún salario, pero el grupo sufragaba todas las necesidades de mi familia.

Sin embargo, era consciente de lo que sentía la población. Conocía el carácter histórico y sagrado de esos lugares. Como el resto de los habitantes de Tombuctú también yo iba a los mausoleos, pero de una manera que me es particular. Considero generalmente un deber visitar los cementerios, sin importar si las tumbas son ordinarias o están coronadas por un mausoleo, pues a mis ojos todos los muertos son iguales. Conozco la historia de la mayoría de los santos que dieron nombre a los mausoleos porque he leído sus manuscritos. Son sabios y hombres de bien cuyas bendiciones transcienden el lugar donde se encuentran incluso después de muertos. Mahoma recomendó agrupar las sepulturas en cementerios y no abandonar a los muertos en la soledad y el desamparo.

Queda la cuestión de las súplicas. Rechazo la idea de pedir a un muerto que interceda ante Dios en mi favor. En este sentido circulaban muchos rumores: algunos decían que las tumbas de estos mausoleos estaban vacías, mientras que otros afirmaban que Hassan y Hussein, los nietos del Profeta, están enterrados allí, lo cual es totalmente falso. Estaba convencido de que estos mausoleos se habían construido para abusar de la ingenuidad de la gente. Por lo tanto, aunque sabía que la destrucción de los mausoleos no tenía base legal desde el punto de vista de la charía, no vi ningún inconveniente en poner fin a tales fábulas y destruir tales edificios. Por el contrario, me opuse tajantemente a cualquier intervención dentro de la mezquita.


Obras de reconstrucción del mausoleo de Alfa Moya.

¿Cómo adquirió estos conocimientos de teología musulmana que lo capacitan para interpretar textos y situaciones?

Mi camino ha sido ecléctico. En mi niñez estudié en las escuelas coránicas de mi región, Aguni, en las cercanías de Tombuctú. Mi padre me enseñó doctrina malikita sufí y luego progresé leyendo libros que me procuraron los jeques. A los 12 años conocía el Corán y la exégesis y tenía un nivel que me habilitaba para convertirme en imam.

A partir de 1993, mientras deambulaba con mi familia entre los campamentos de refugiados tuareg en Mauritania, nuestro exilio en Libia y Argelia y algunos retornos a Malí, leí todos los libros que pude conseguir, y luché mucho por obtener un título reconocido por el Estado y así encontrar un empleo estable. Mi ambición era convertirme en maestro. Durante nuestro exilio en Libia, entre 1996 y 2001, después de la disminución de las tensiones étnicas y la disolución de los movimientos armados tuareg, estudié y obtuve el certificado de estudios primarios, pero bajo un nombre falso, porque no tenía ningún documento de identidad y no estaba inscrito en ningún registro oficial. Gracias a ese certificado y con ese nombre falso me enrolé en el ejército libio, donde serví durante cuatro años y obtuve el grado de oficial. Tenía que ganarme la vida y sustentar a mi familia, sobre todo porque mi padre había decidido quedarse en los campamentos de Mauritania. Durante todo ese tiempo nunca dejé de leer y de instruirme por mis propios medios.

Al no ver futuro en esta situación, decidí volver a Malí y en 2006 me instalé en Tombuctú, donde empecé a predicar en mezquitas. También creé una estructura educativa privada para el desarrollo de capacidades de los maestros del Corán, que dirigí durante seis años. Estuve activo en varias asociaciones juveniles religiosas y culturales que realizaban todo tipo de actividades cívicas, como la limpieza de calles, la donación de sangre… Fue un periodo de relativa estabilidad.

Pero no podía progresar debido a ese diploma que no estaba a mi nombre. Así que retomé todo desde cero y logré obtener un certificado que me permitió ingresar en el Instituto Pedagógico de Tombuctú, graduarme en psicopedagogía y ganar después unas oposiciones para trabajar en la función pública. Finalmente conseguí un puesto de director de escuela en el este de Tombuctú. Fue en 2010. Estaba allí cuando los grupos rebeldes ocuparon el norte del país en 2012.

¿En qué circunstancias se unió a los rebeldes?

Cuando las tropas rebeldes invadieron el norte de Malí, la población comenzó a huir de la región para buscar refugio en Mauritania, pues temía las exacciones del ejército maliense, que solían producirse con cada incursión de los rebeldes. Era el terror. Quería pedir mi traslado al interior del país cuando me enteré de que unos miembros de mi tribu eran víctimas de exacciones por parte de la población de Bamako. Los amenazaron y agredieron y la farmacia que tenían fue incendiada, aunque son personas que nunca vivieron en el norte del país, que nacieron y crecieron en la capital y son leales y estaban integrados en la sociedad.

Decidí abandonar el país y marcharme a Argelia, porque no veía ninguna forma de escapar al racismo intertribal. En realidad, ese racismo no era una política del Estado maliense, emanaba de la población, que consideraba intrusos venidos de los países árabes a los individuos de piel clara. Claro que es una verdad histórica que personas de los países árabes se establecieron en Malí, ¡pero eso sucedió hace 400 años! Así pues, estaba en Argelia cuando los rebeldes invadieron Tombuctú en abril de 2012. Decidí volver a mi puesto y ayudarles a administrar la región.

¿Fue ese su primer contacto con Ansar Din y Al Qaeda? ¿Por qué se sintió más cercano a ellos que al pueblo maliense?

Los rebeldes del Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad (MNLA) fueron los primeros en ocupar la región de Tombuctú. Siempre he apoyado este movimiento en su búsqueda de una solución que haga justicia al pueblo azawadi, del que formo parte. Pero cuando llegué a Tombuctú, Ansar Din ya había expulsado a los combatientes del MNLA. Conocí a Iyad Ag Ghali, jefe de Ansar Din desde la época en que comandaba la rebelión del Azawad. Yo lo admiraba.

Días más tarde, me invitó a una reunión con los imanes de las mezquitas y los notables de la ciudad. Ag Ghali llegó acompañado por un grupo de Al Qaeda. Su discurso me impresionó y sus ideas me convencieron. De inmediato declaré mi adhesión a su movimiento. Ya conocía y estaba sensibilizado al dogma wahabita por medio de organizaciones caritativas sauditas activas en Tombuctú. Una de ellas me había invitado a La Meca en 2006 para hacer la peregrinación y en ese entonces comencé a profesar la doctrina wahabita.


El mausoleo de Alfa Moya reconstruido (2016).

Usted se disculpó ante los habitantes de Tombuctú, los ciudadanos de Malí y los descendientes de los santos enterrados en los mausoleos. ¿Cree que reconocer los hechos y arrepentirse es suficiente para obtener perdón?

Ciertamente, no. Mi arrepentimiento es una iniciativa personal que llevo en el fondo del corazón, pero sólo podré probar mi sinceridad si realizo actos de reparación cuando salga de la cárcel. La UNESCO ha reconstruido los mausoleos, lo cual es un trabajo notable. Pero restaurar la confianza requiere más tiempo que reconstruir los mausoleos. Yo perjudiqué al conjunto de la población y a todos sus miembros –peul, songhai, tuaregs y árabes. Espero que todos acepten mi mano tendida para emprender el camino de la reconciliación. Quiero redactar un escrito que pueda a la vez devolverles la dignidad y servir para proteger los mausoleos.

Cuando cumpla condena, deseo reintegrarme en la sociedad e involucrarme en el restablecimiento de la concordia nacional. La situación es aún más urgente hoy, dados los daños causados por Ansar Din y Al Qaeda y la acumulación de fracasos de la rebelión del Azawad. Sufro viendo a los refugiados acantonados en campamentos de Mauritania, Argelia, Libia o Burkina Faso. Sin reconciliación nacional, su retorno no puede contemplarse.

Las ideologías radicales que se sirven del Islam manipulándolo han atraído a muchos jóvenes. Usted mismo fue uno de ellos. Con lo que ha aprendido sobre esa época de su vida, ¿qué puede hacer ahora para protegerlos de estas influencias?

Mi opinión es que los países musulmanes deben gobernarse de acuerdo con los preceptos del Islam, que comporta una dimensión religiosa y una dimensión política. La charía define valores generales válidos para todo momento y todo lugar. Esos valores, que se desprenden de los textos sagrados del Corán y las palabras del Profeta, hacen también posible promulgar leyes adaptadas a los nuevos contextos. La charía no exige a los fieles que se queden anclados en normas fijadas en la antigüedad, ni que las apliquen al pie de la letra en otro lugar y otro momento histórico.

Por otro lado, para ejercer el poder político, el Islam requiere un nivel muy alto de conocimiento de la charía. Me entristeció y decepcionó mucho descubrir que los grupos a los que me uní no tenían ningún miembro que me superase en el entendimiento y el conocimiento de la charía, y eso que yo era un estudiante simple y modesto en la materia. ¿Cómo iba creer en la capacidad de estas organizaciones para fundar un Estado sólido y fuerte?

Dicho esto, lo que aconsejo a los jóvenes es centrarse en sí mismos, en su ambición, su país y su religión. La religión es una práctica individual. La fe, la confianza y la esperanza son los principales pertrechos de una juventud responsable y sana, capaz de darse cuenta de que unirse a grupos islámicos radicales no tiene ningún interés.

No es justo considerar a los jóvenes como un rebaño de seres inconscientes que necesitan que los guíen. Debo ver en ellos una riqueza humana potencialmente madura y sabia; si les expongo mi visión, podrán retener lo que les sea útil. Es así, con respeto, como intento comportarme con ellos y con todos los demás. Y me reservo también la libertad de criticarlos, a ellos y todos los demás.


Según el abogado Mayombo Kassongo, representante legal de las víctimas, el proceso de Al Faqih Al Mahdi en la Corte Penal Internacional fue ejemplar.

Leer más:

Hacia una justicia internacional, El Correo de la UNESCO, 1999-12