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Los hechiceros y el psicoanálisis

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Equipo de chamán Caduveo
© Claude Lévi-Strauss

Cuando en Europa se encadenaba a los locos, los pueblos primitivos los trataban con métodos muy parecidos a los del psicoanálisis, según explica Lévi-Strauss en este artículo publicado en El Correo de julio-agosto de 1956, en el que se hace un paralelo entre los rituales chamánicos y las psicoterapias modernas.

Claude Lévi-Strauss

El psicoanálisis es, para el hombre contemporáneo, una conquista innovadora de la civilización del siglo XX que se coloca en el mismo plano que la genética o la teoría de la relatividad. No obstante, hay algunas personas que, más impresionadas sin duda por el mal uso del psicoanálisis que por sus verdaderas enseñanzas, persisten en considerar esta disciplina como una extravagancia del hombre moderno. En ambos casos, se olvida que el psicoanálisis no ha hecho sino volver a encontrar y traducir en términos nuevos una concepción de las enfermedades mentales que se remonta probablemente a los orígenes de la humanidad y que los pueblos que llamamos primitivos no han cesado de utilizar, con un arte que sorprende con frecuencia a nuestros mejores profesionales.

Hace años, algunos etnólogos suecos recogieron y publicaron un largo ritual de curación utilizado entre los indios cunas de Panamá en casos de parto difícil. Ese ritual consiste en una letanía que el hechicero de la tribu – o como dicen los especialistas, el chamán – declama ante la paciente para su mejorar su estado. El hechicero le explica que su mal proviene de la ausencia momentánea del alma que preside a la creación, ya que ésta ha sido atraída al más allá por espíritus maléficos. En efecto, los indios cunas creen en la existencia de una multitud de almas dotadas con una función particular cada una de ellas. El hechicero cuenta a la enferma, con lujo de detalles, el viaje sobrenatural que él emprende en busca del alma perdida, los obstáculos que encuentra, los enemigos con quienes combate y cómo los domina por la fuerza o la astucia, antes de lograr la captura del alma cautiva, liberándola y haciéndola retornar por fin al cuerpo doliente que yace a su lado.

La cura chamánica, precursora del psicoanálisis

Analicemos brevemente las características de esta curación, de la que no hay motivos para suponer que sea ineficaz, por lo menos en ciertos casos. Su primera característica obedece a su naturaleza puramente psicológica: no hay ninguna manipulación del cuerpo de la enferma, ni tampoco administración de medicinas. El hechicero no hace otra cosa que hablar o cantar. Se confía exclusivamente en el discurso para inducir la curación. En segundo lugar, el tratamiento supone un diálogo entre dos personas: el enfermo y el médico. Esto no significa – como veremos más adelante – que los demás miembros del grupo social no puedan formar un auditorio. Ahora bien, de esas dos personas, la primera –el hechicero, cuyo poder es reconocido por toda la tribu– encarna la autoridad social y la potencia del orden, mientras que la segunda – la enferma – padece de un desorden que llamaremos fisiológico, pero que entre los indígenas se considera el efecto de un abuso perpetrado por la sociedad de los espíritus contra la de los humanos. Dado que estas dos sociedades deben estar aliadas normalmente y que el mundo de los espíritus es de la misma naturaleza que el de las almas reunidas en cada individuo, en la mentalidad indígena se trata verdaderamente de un desorden sociológico provocado por la ambición, la malevolencia o el rencor de los espíritus, es decir por motivos de carácter psicológico y social.

Finalmente, al exponer las causas de la enfermedad y al contar sus aventuras en el más allá, el hechicero suscita en su auditorio representaciones familiares atribuidas a las creencias y los mitos que son patrimonio del grupo social en su totalidad. Por otra parte, los adolescentes, al asistir a curaciones de carácter público, se inician de forma detallada en las creencias colectivas.

Algunas de estas características tienen una extraña semejanza con las de una curación psicoanalítica. En este caso, se considera también que la enfermedad es de origen psicológico y que el tratamiento aplicado es exclusivamente de esta naturaleza. Por síntomas que no puede dominar, o más sencillamente por la turbación de su espíritu, el enfermo se siente excluido del grupo social y llama al médico, cuya autoridad es reconocida por el grupo, para que le ayude a reintegrarse en él. Por último, el tratamiento no tiene otra finalidad que extraer del enfermo la narración de acontecimientos enterrados en su subconsciente que, a despecho de su antigüedad, siguen rigiendo sus sentimientos y representaciones de las cosas.

Ahora bien, cabe preguntarse cómo definir una historia asignada a una época remota –tan remota que a menudo se ha perdido incluso su recuerdo– que sigue explicando, empero, las “características” de lo que sucede actualmente de una forma mejor que los “acontecimientos” más recientes. Habría que definirla para mayor exactitud con el término de “mito” utilizado por los sociólogos.

Convergencias y divergencias

La diferencia principal entre una curación chamánica como la que acabamos de analizar y una curación psicoanalítica reside en el hecho de que, en el primer caso, es el médico quien habla, mientras en el segundo caso esa tarea tiene que realizarla el paciente. Se sabe que un buen psicoanalista permanece prácticamente mudo durante la mayor parte del tratamiento. Su misión consiste en ofrecer al enfermo el estímulo de la presencia de otra persona –podríamos decir, incluso, la provocación– a fin de que el enfermo pueda investir a ese “otro” anónimo con toda la hostilidad de que se siente inspirado. En ambos casos la curación consiste en la producción de un mito, con la diferencia de que entre los indios cunas se trata de un mito totalmente construido, conocido de todos y perpetuado por la tradición, que el hechicero se limita a adaptar a un caso determinado, o mejor a traducir en un lenguaje que tenga un sentido para el enfermo permitiéndole nombrar – es decir, comprender y quizás dominar – los dolores que hasta ese momento eran inexpresables tanto en sentido propio como figurado, ya que en un concepto semejante de la enfermedad ambos sentidos se confunden.

En el psicoanálisis, por el contrario, el enfermo se encarga de elaborar su propio mito. Pero, si se reflexiona un instante, la diferencia no es tan grande como se cree, ya que el psicoanálisis atribuye el origen de los desórdenes psíquicos a un número reducido de situaciones posibles entre las cuales el enfermo sólo tiene libertad de escoger. Esas situaciones se hallan vinculadas a las primeras experiencias de la vida y las relaciones del niño pequeño con su ambiente familiar. En este caso también, el enfermo se sentirá liberado cuando llegue a traducir sus trastornos inexpresables o inconfesables en términos de un mito adecuado a su historia particular.

No obstante, que los psicoanalistas y sus partidarios se tranquilicen. En efecto, al hablar de mito no queremos afirmar en modo alguno que las historias sean falsas o inventadas. Muchos mitos se fundan sobre acontecimientos o hechos reales y –como ya se indicó al principio– su transformación en tales depende de su capacidad de conferir una significación al presente y no de la fidelidad con que reconstituyan una situación inicial.

Después de las analogías que hemos observado, no nos sorprenderá el hecho de que algunos psicólogos muy expertos, al visitar algunas sociedades indígenas para efectuar encuestas valiéndose de los más modernos procedimientos de investigación, se hayan encontrado en igualdad de condiciones con los hechiceros indígenas y hayan sido a veces superados por éstos.

Tal fue la aventura del Dr. Milton Stewart, narrada con gran amenidad por él mismo en una obra publicada recientemente con el título “Pygmies and dream giants” (Pigmeos y gigantes del sueño, Nueva York, 1954). Stewart había viajado al país de los negritos, pigmeos muy primitivos del interior de las Islas Filipinas, para estudiar su estructura mental mediante procedimientos análogos a los del psicoanálisis. No solamente los hechiceros del grupo le dejaron una total libertad de acción, sino que enseguida lo consideraron uno más de ellos. Más aún, intervinieron de oficio en sus análisis, en calidad de especialistas competentes y perfectamente enterados de los métodos utilizados. Milton Stewart llegó incluso a considerar que, en ciertos aspectos, la psicoterapia de los hechiceros estaba más adelantada que la nuestra.

Las curaciones chamánicas –como ya se ha dicho antes– tienen un carácter público. Todos los miembros del grupo llegan progresivamente a la creencia de que sus propios malestares, cuando se produzcan, requerirán procedimientos de curación idénticos a los que han visto aplicar con tanta frecuencia. Por otra parte, al prever todas las etapas del tratamiento, participarán voluntariamente en todas ellas, acompañándolas con sus voces de estímulo, ayudando al enfermo a agrupar sus recuerdos y manifestando un entusiasmo comunicativo a medida que avanza la curación.

El Dr. Stewart hace notar a este propósito que no nos hallamos aquí en el terreno del psicoanálisis, sino en el de una de sus conquistas más recientes: la psicoterapia colectiva. Una de las formas más conocidas de ésta es el psicodrama, en el que varios miembros del grupo acceden a encarnar las figuras de los personajes del mito del enfermo para ayudar a éste a representárselo mejor y poder llevar así el drama hasta su desenlace. Esta participación sólo es posible a condición de que el mito del enfermo presente un carácter social. Los demás miembros del grupo consiguen participar en el mito porque éste es suyo igualmente o, más exactamente, porque las situaciones críticas a las que nuestra sociedad expone al individuo son, en gran medida, las mismas para todos.

Se ve, pues, cuán ilusorio es el carácter íntimo y personal de la situación olvidada que el psicoanálisis ayuda al enfermo a recordar. De este modo se desvanece incluso la diferencia con la curación chamánica a la que no habíamos referido antes.

“Como en París o en Viena – escribe el Dr. Stewart – los psiquiatras de la tribu negrito ayudan a los enfermos a rememorar situaciones e incidentes pertenecientes a un pasado lejano y olvidado, así como acontecimientos dolorosos enterrados en las capas más antiguas de esa experiencia acumulada que expresa la personalidad”.

Transfigurar el trastorno en obra de arte

La técnica indígena parece ser más audaz y fecunda que la de los países occidentales, en un punto por lo menos. El Dr. Stewart relata una experiencia que hubiera podido realizar en cualquier parte del mundo, en uno de esos pueblos que solemos llamar primitivos. Cuando quiso sacar a un enfermo de un estado de “sueño despierto” – en el que narraba de manera desordenada episodios de su pasado, como el conflicto con su padre transpuesto míticamente en visita al país de los muertos – sus colegas indígenas se lo impidieron. Le explicaron que, para curarlo definitivamente, era menester que el espíritu de la enfermedad hiciese al paciente una dádiva en forma de un nuevo ritmo de tambor, de una danza o de un canto. Según la teoría indígena, no basta con eliminar la inferioridad social originada por la enfermedad, sino que ésta debe transformarse en una ventaja positiva, esto es, en una superioridad social de índole semejante a la que reconocemos al artista creador.

No cabe duda de que esta relación entre un equilibrio psíquico inhabitual y la creación artística no es ajena a nuestras propias concepciones. Hay muchos genios a los que hemos tratado como dementes: Gerard de Nerval y Van Gogh, entre otros. En el mejor de los casos, consentimos a veces en excusar algunas locuras porque son cometidas por grandes artistas. Pero incluso los negritos de las selvas de Bataan han sido mucho más perspicaces en este ámbito. Han comprendido que la forma de remediar un trastorno mental, perjudicial para el individuo que lo sufre y para la colectividad que necesita la sana colaboración de todos, consiste en transfigurarlo en obra de arte, método utilizado raramente entre nosotros, al que debemos, no obstante, la obra de Utrillo, por ejemplo. Hay mucho que aprender, por lo tanto, de la psiquiatría primitiva. Siempre adelantada con respecto a la nuestra en muchos aspectos, su modernidad fue aún más extraordinaria en una época –todavía reciente y de tradición muy difícil de borrar– en que no sabíamos hacer con los enfermos mentales otra cosa que cargarlos de cadenas y condenarlos al hambre.

Claude Lévi-Strauss

El profesor Claude Lévi-Strauss, conocido por sus estudios en la Universidad de Sao Paulo, Brasil, y en el Instituto de Etnología de París, fue subdirector del Museo del Hombre (París), director del área de investigación de la sección de Ciencias Religiosas de la Escuela de Estudios Superiores Aplicados (Ecole Pratique des Hautes Etudes) y Secretario General del Consejo Internacional de Ciencias Sociales, celebrado en París.