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La aportación de las ciencias sociales a la humanización de la civilización técnica

Contrariamente a lo que se podría creer, la matematización de las ciencias sociales no va a acompañada en modo alguno por una deshumanización. Así lo afirma Claude Lévi-Strauss en este documento que lleva la fecha del 8 de agosto de 1956 (Archivos de la UNESCO). La civilización técnica no es una civilización aparte. La humanización depende de todos los hombres y todas las ciencias.

Claude Lévi-Strauss

El problema planteado no supone en modo alguno que se reconozca a las ciencias un ámbito propio, ni tampoco que se las defina con caracteres específicos. ¿Merecen las ciencias sociales un puesto aparte, entre las humanidades, por un lado, y las ciencias naturales, por otro lado? ¿Ofrecen una verdadera originalidad, aparte del hecho de no ser más sociales que las demás ciencias y de ser mucho menos científicas, como han ironizado algunos?

Incluso en los Estados Unidos –un país donde parecía estar sólidamente establecida desde medio siglo atrás la división tripartita entre ciencias humanas, sociales y naturales– se está presenciando la aparición de nuevas categorías. Por ejemplo, las “behavioral sciences”, que agrupan los tres órdenes de ciencias en la medida en que tienen por objeto directo al hombre. Ahora bien, la mejor traducción de “behavioral sciences” sería “ciencias de la conducta humana”, o sea que así volvemos a la distinción bipartita, clásica en Europa desde el Renacimiento: las ciencias naturales que tratan del mundo objetivo, por un lado, y las humanidades que se ocupan del hombre y del mundo en relación con éste, por otro lado.

Estos problemas metodológicos son de una importancia inmediata para la cuestión debatida: si se debe considerar a las ciencias sociales como ciencias aparte, su aporte a la humanización de la civilización no resulta evidente en modo alguno y necesita, por lo tanto, ser demostrada. En cambio, si las ciencias sociales no son distintas de los trabajos de investigación tradicionalmente efectuados en nombre de las ciencias humanas, si entran en el ámbito de las humanidades, ni que decir tiene que entonces toda reflexión sobre el hombre es “humanizante” por el solo hecho de ser “humana”. Según que se tenga una u otra concepción de las ciencias sociales, su contribución al progreso nos parecerá también diferente. En la primera hipótesis, esa contribución se concebirá con arreglo al modelo de la contribución del ingeniero, esto es: estudio de un problema, determinación de las dificultades para resolverlo y elaboración de una solución con la ayuda de técnicas adecuadas. En este contexto, el orden social se contempla como un objetivo dado que sólo se trata de mejorar. En cambio, en el segundo caso se hace hincapié en la toma de conciencia: el solo hecho de estimar que un orden es malo o imperfecto lo humaniza, habida cuenta de que el surgimiento de una crítica es, de por sí, un cambio. 

Cabe preguntarse cuál es la característica común de los trabajos de investigación que se agrupan bajo el nombre de ciencias sociales. Todas estas ciencias guardan relación con la sociedad y la mejora del conocimiento de ésta, aunque por razones diferentes. Unas veces se trata de problemas con características tan peculiares que optamos por aislarlos de los demás para poder resolverlos mejor: así ocurre con el derecho, la ciencia política y la ciencia económica. Otras veces nos proponemos estudiar fenómenos comunes a todas las formas de la vida social, pero tratando de analizarlos a un nivel más profundo: este es el ambicioso propósito que comparten la sociología y la psicología social. Otras veces, por último, queremos integrar en el conocimiento del hombre formas de actividad que son “muy distantes” en el tiempo o en el espacio, y los trabajos de investigación a este respecto entran en el ámbito de la historia y la etnología. En suma, peculiaridad, profundidad y distancia: he aquí tres formas de resistencia de los hechos sociales que las correspondientes disciplinas tratan de vencer paralelamente, pero con medios diferentes.

Esas tres formas tienen un fundamento distinto: es un hecho real que varios siglos nos separan de la Edad Media y varios miles de kilómetros de las sociedades melanesias; en cambio, es una convención considerar que el aislamiento de los sistemas políticos o económicos con respecto a los demás es suficiente para justificar la existencia de disciplinas separadas. Se ha llegado a sostener legítimamente que este descuartizamiento arbitrario de los fenómenos sociales desemboca en la deshumanización de diversas maneras.

Ciencias sociales: ¿manipulación gratuita de símbolos?

En primer lugar, podemos preguntarnos si todos los fenómenos sociales tienen un mismo grado de realidad y si algunos de ellos – los mismos de los que se trata aquí – no son una ilusión, una especie de fantasmagoría colectiva. En segundo lugar, se plantea el problema de saber si algunos niveles son aislables, o si dependen de otros niveles con los que mantienen relaciones dialécticas. Por último, la ciencia mantiene siempre el postulado de la coherencia de su objeto y, a este respecto, cabe preguntarse si las ciencias sociales en cuestión no se definen con respecto a un pseudobjeto y no se reducen a una especie de juego y manipulación gratuita de símbolos. En caso de respuesta afirmativa, nos hallaríamos en el ámbito de la mistificación, que es absolutamente contraria a la humanización.

Sin embargo, la mistificación es también una operación humana. Sea cual sea el grado de realidad que se reconozca a los sistemas jurídicos y políticos y sea cual sea, también, la función objetiva que cumplen en la vida de las sociedades, esos sistemas son productos del espíritu. Estudiando su estructura y mecanismo de funcionamiento y describiendo su tipología, llegamos a saber por lo menos cómo trabaja la mente humana para dar una forma racional –aunque sea aparente– a algo que no la tiene. Si las ciencias correspondientes son ciencias de verdad –esto es, si proceden con plena objetividad–, los conocimientos que agrupan son humanizantes porque permiten al hombre cobrar conciencia del funcionamiento real de la sociedad.

El caso de la ciencia económica es especialmente significativo, ya que a su forma liberal se le ha acusado de manipular abstracciones. Sin embargo, en las ciencias sociales como en todo lo demás, la abstracción se puede entender de dos maneras. Con demasiada frecuencia sirve de pretexto para fragmentar arbitrariamente la realidad concreta. La ciencia económica ha sido víctima de este error en el pasado. En cambio, las recientes tentativas de aplicar las matemá t ic a s mo d e r na s –llamadas “cualitativas”– a la teoría económica han desembocado en un resultado notable: cuanto más matemática –y por ende, más abstracta– se ha ido haciendo la teoría, mayor ha sido el número de objetos históricos y concretos que ha ido abarcando, al principio, como materia de su formalismo. No hay ninguna modalidad del pensamiento económico burgués más próxima de los conceptos marxistas que el tratamiento sumamente matemático de la economía en la “Teoría de los juegos y el comportamiento económico”, publicada en 1944 por Von Neumann y Morgenstern. En efecto, la teoría de estos dos autores se aplica a una sociedad dividida en grupos rivales, entre los que se crean antagonismos o coaliciones. Contrariamente a lo que se podría creer, la matematización de las ciencias sociales no va a acompañada en modo alguno por una deshumanización. Esa matematización corresponde al hecho de que la teoría tiende a ser cada vez más general dentro de cada disciplina. La ciencia económica, la sociología y la psicología están descubriendo el lenguaje que tienen en común con la expresión matemática, y nos estamos percatando rápidamente de que ese lenguaje común es posible porque los objetos a los que se aplica son idénticos.

Un acercamiento “humanista” se está produciendo también entre la psicología y la sociología. En efecto, al estudiar los mecanismos de la vida inconsciente, los psicoanalistas recurren a un simbolismo que es, en definitiva, el mismo que utilizan los psicólogos sociales y los lingüistas, en la medida en que los lenguajes y los estereotipos sociales se basan también en actividades inconscientes del espíritu. Esta convergencia de las ciencias sociales merece ser examinada con más detenimiento. En un primer momento nuestras ciencias se han aislado para profundizarse, pero, una vez alcanzado un determinado nivel de profundidad, consiguen volver a agruparse. Así se va verificando paulatinamente –en un terreno objetivo– la vieja hipótesis filosófica de la “unidad de espíritu humano”, o más exactamente la existencia universal de una “naturaleza humana”. Sea cual sea el ángulo de enfoque, siempre comprobamos que el espíritu humano individual o colectivo, en sus manifestaciones aparentemente menos controladas, o captado a través de las instituciones tradicionales, obedece siempre y por doquier a las mismas leyes.

La tercera ola

La etnología y la historia nos ponen en presencia de una evolución de tipo idéntico. Durante mucho tiempo se creyó que la historia sólo apuntaba a una reconstitución exacta del pasado. De hecho, tanto la historia como la etnología estudian sociedades “distintas” de la sociedad en que vivimos. Ambas disciplinas tratan de que una experiencia particular cobre las dimensiones de una experiencia general –o más general, por lo menos– para que sea así accesible a los hombres de otros países y otros tiempos.

Al igual que la historia, la etnología se sitúa en el eje de la tradición humanista. Sin embargo, su función consiste en elaborar, por primera vez, lo que podríamos llamar un “humanismo democrático”. Tras el humanismo aristocrático del Renacimiento basado en la comparación exclusiva de la sociedad griega y la romana –porque no se conocían otras más– y el humanismo exótico del siglo XIX que vino a añadir a esas dos civilizaciones las del Oriente y el Extremo Oriente –aunque sólo por intermedio de los documentos escritos y los monumentos figurados–, la etnología viene a ser la “tercera ola”, y probablemente la última porque de todas las ciencias sociales es la más característica del mundo finito en que se ha convertido nuestro planeta en el transcurso del siglo XX. La etnología recurre a la totalidad de las sociedades humanas para elaborar un conocimiento global del hombre y, además, los caracteres particulares de las sociedades “residuales” que estudia le han llevado a forjar nuevos modos de conocimiento, de los que poco a poco nos vamos percatando de que pueden aplicarse con provecho al estudio de todas las civilizaciones, incluida la nuestra. La etnología actúa, pues, en superficie y en profundidad simultáneamente.

La civilización técnica no es una civilización aparte

A falta de textos escritos y monumentos figurados, estos modos de conocimiento son a un tiempo más exteriores y más interiores –también podríamos decir “más gruesos y más finos”– que los de las restantes ciencias sociales, ya que comprenden un estudio desde fuera (antropología física, prehistoria y tecnología) y otro desde dentro (identificación de la etnología con el grupo con el que comparte la existencia). Situada siempre “más acá” y “más allá” de las ciencias sociales, la etnolog ía no puede disociarse de las ciencias naturales ni de las ciencias humanas. Su originalidad estriba en la unión de los métodos de ambas poniéndolos al servicio de un “conocimiento generalizado” del hombre, esto es, de una “antropología”.

Aun corriendo el riesgo de contradecir el título de esta sucinta ponencia, es preciso decir que nuestras disciplinas no podrán humanizar a la civilización proclamándose “sociales” y aislándose de las demás, sino tratando pura y simplemente de ser cada vez más científicas. La civilización técnica no es una civilización aparte que exija la invención de técnicas especiales para su mejora, y la humanización de la vida social no es el atributo privativo de una profesión. Esta humanización depende de todos los hombres y de todas las ciencias.

Humanizar la civilización técnica supone, en primer lugar, situarla en perspectiva dentro de la historia global de la humanidad y, en segundo lugar, analizar y comprender los elementos motores de su advenimiento y su dinámica. En cualquier caso, por lo tanto, debemos “conocer”. La aportación de nuestras ciencias no se evaluará en función de fórmulas estereotipadas sospechosas y sujetas a los caprichos de la moda, sino en función de los nuevos horizontes que sepan abrir a la humanidad para que ésta pueda comprender mejor su propia naturaleza y su propia historia y estar así, por lo tanto, en condiciones de juzgarlas.

Claude Lévi-Strauss

Known for his studies and research at the University of Sâo Paulo in Brazil and the Institute of Ethnology in Paris, Claude Lévi-Strauss was formerly Deputy Director of the Musée de l'Homme in Paris. He was the director of research in the religious science section of the Ecole Pratique des Hautes Etudes and Secretary-General of International Council of Social Sciences in Paris.