Entre los nuevos valores del patrimonio cuyo reconocimiento debe favorecer la UNESCO, revisten una importancia singular aquéllos que, más impalpables que las piedras, guardan relación con la memoria de los pueblos.
por Léon Pressouyre
¿Qué tienen en común los diferentes sitios de la Lista del Patrimonio Mundial que han sido fuente de inspiración en este número del Correo de la UNESCO para toda una serie de escritores y creadores,sensibles a su carácter único e irremplazable? Sin la misma carga afectiva ni correspondencia estructural entre ellos, estos sitios son testigos ejemplares de algunas evoluciones conceptuales recientes. Me referiré sobre todo a dos: la desaparición progresiva de las barreras que separaban el patrimonio cultural del patrimonio natural, y una mayor atención a los valores del patrimonio inmaterial, maltratados y fragilizados por la mundialización.
La Convención del Patrimonio Mundial, adoptada por la Conferencia General de la UNESCO en 1972, al mismo tiempo que formulaba un concepto esencial e innovador en un instrumento jurídico internacional, definía en términos muy conservadores la existencia de dos elementos integrantes del patrimonio de la humanidad, uno cultural y otro natural.Culminaban así una larga tradición y una búsqueda intelectual más reciente, al término de la cual las maravillas de la naturaleza debían equilibrarse con las maravillas del arte.
Es sabido que la admiración que el ser humano siente por sus propias obras se plasmaba ya, d o s siglos antes de nuestra era, en la famosa lista de las siete maravillas del mundo – un mundo estrictamente circunscrito a la cuenca oriental del Mediterráneo. Pero las primeras listas de maravillas de la naturaleza son también, contrariamente a lo que suele creerse, muy anteriores a los tiempos modernos y a la aparición de una conciencia ecológica. En un manuscrito latino del siglo XII que se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia, el autor contrapone a las siete maravillas artificiales y perecederas creadas por el hombre otras tantas maravillas de la naturaleza que son, a su juicio, obra de Dios. La lista es la siguiente: las mareas, la germinación, el ave fénix (que renace milagrosamente de sus cenizas), un volcán – el Etna, en Sicilia– una fuente termal próxima a Grenoble, en Francia, el sol y la luna. Se trata de maravillas sobre las que ni el tiempo ni los accidentes tienen poder alguno y a las que sólo el fin del mundo pondrá fin, mientras que las obras humanas son perecederas por naturaleza. En el siglo XX, la Convención de 1972 se inscribe en esta doble tradición europea. No fue fruto de las reflexiones de filósofos, historiadores o sociólogos en torno a la noción de patrimonio, sino de algo mucho más sencillo, el encuentro de dos corrientes de pensamiento. La primera, procedente de la Conferencia de Atenas, organizada en 1931 por la Sociedad de Naciones,se centraba en la conservación del patrimonio cultural y se basaba en gran medida en los conceptos clásicos de “obra maestra” o “maravilla del mundo”; la otra partía de la primera conferencia internacional sobre la protección de la naturaleza, celebrada en Berna en 1913, que, revigorizada en la Conferencia de Brunnen en 1947, culminó con la creación de la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN),en 1948. Sus representantes querían transmitir a las generaciones futuras unos cuantos sitios naturales “vírgenes”,es decir, nunca tocados por el hombre.
Los sitios naturales entran en la Lista del Patrimonio Mundial
Esta oposición entre bienes culturales,que la opinión asimilaba al principio a los monumentos u obras humanas, y bienes naturales,que existen de por sí, ha supuesto durante mucho tiempo una traba para la aplicación de la Convención de 1972. Casi la mitad de los bienes inscritos en 1994 en la Lista del Patrimonio Mundial eran bienes culturales situados en Europa. Nada podía ser más contrario al espíritu de la Convención. Al hacer suyas las recomendaciones de un grupo de expertos reunido para dotar de representatividad a la Lista del Patrimonio Mundial (20-22 de junio de 1994), el Comité del Patrimonio Mundial avaló una concepción de la cultura,compartida por antropólogos y etnólogos, que permite abarcar conjuntos complejos que son la traducción espacial de las organizaciones sociales, los modos de vida, las creencias, los conocimientos y las representaciones de las distintas culturas pasadas o presentes.
La aparición en la Lista del Patrimonio Mundial de paisajes culturales,como los arrozales en terraza de las cordilleras de Filipinas o los viñedos de Saint Emilion en Francia, es una de las consecuencias positivas de la revisión de las orientaciones que se produjo en 1994. Algunos años antes, plenamente reconocido ya el interés de los jardines históricos, polémicas estériles habrían sin duda retrasado su inscripción. Estas observaciones son igualmente aplicables al patrimonio industrial, camuflado al principio tras su “valor arquitectónico” (inscripción de las minas de sal de Wieliczka, en Polonia, en 1978 o de las salinas francesas de Arc-et-Senans en 1988), antes de ser admitido abiertamente. Al mismo tiempo, el debilitamiento progresivo de los valores monumentales se viene reflejando en el interés por las rutas,las redes ferroviarias, los ríos y los canales, durante tanto tiempo excluidos de la Lista del Patrimonio Mundial, tal vez por las dificultades jurídicas que su protección plantea.
Esta nueva orientación revela una evolución conceptual de gran alcance,ya que,al poner por primera vez en tela de juicio un concepto de obra maestra heredado de la Antigüedad y arraigado en la tradición europea,el Comité del Patrimonio Mundial ha permitido que el patrimonio de la humanidad esté representado de modo más equitativo.Un patrimonio común e indivisible, en el que se tiene plenamente en cuenta la interacción del hombre y la naturaleza, va sustituyendo poco a poco en nuestra mente a ese patrimonio fragmentado cuyo recuerdo perpetuaba, sin pretenderlo,la Convención de 1972. Ya no se percibe una gran diferencia entre Tongarirog, la montaña sagrada de los maoríes de Nueva Zelandia, y el Monte Athos, aunque el bosque y las fumarolas sean los únicos monumentos con que cuenta la primera, en tanto que el segundo conserva la mayor colección de arte bizantino del mundo.
El patrimonio inmaterial, todo ese conjunto difuso de creencias, leyendas, tradiciones escritas u orales y comportamientos en los que se encarna nuestra diversidad, vuelve a ocupar así un lugar preponderante en la Lista del Patrimonio Mundial. Después de tantos años de marginación, y a que la Convención de 1972 sólo alude a él de modo incidental, aparece hoy, precisamente a causa de su vulnerabilidad, como el aval más importante de la memoria de la humanidad.¿En qué se convertiría Marraquech, inmovilizada en la conservación museística de sus murallas, mezquitas y palacios,si la Plaza Xemáa el Fna dejara de ser esa encrucijada de culturas vivas, poblada de músicas y clamores, abigarradamente coloreada y saturada de los olores de varios mundos, que tenemos la suerte de conocer? ¿Qué sería la ciudad de Candy, en Sri Lanka,sin la peregrinación anual de los fieles que acuden en masa a venerar la preciosa reliquia del diente de Buda? O, si se prefiere, ¿qué sucedería con el sitio de Sukur, en Nigeria,si la comunidad sumamente estructurada que allí vive perdiera de pronto las tradiciones que conserva desde hace siglos?