1972: Año del Libro

Al iniciarse este año de 1972, que la Conferencia General de la Unesco proclamó por unanimidad Año Internacional del Libro, invito a todos los países del mundo a que, de acuerdo con sus recursos y sus necesidades, se asocien a esta vasta empresa y hagan suyo el lema que la preside: "Libros para todos".

En la preservación y la difusión de los conocimientos humanos, el documento escrito desempeña desde hace miles de años una función esencial. Lo mismo ocurre, desde hace varios siglos, con el documento impreso. En uno y otro los pueblos han encontrado los mejores aliados para dominar su pensamiento y para conquistar su libertad. Incluso algunas culturas que empezaron basándose en la comunicación mediante la voz o el gesto tienen que apoyarse en la comunicación escrita para sobrevivir y, con mayor motivo, para desarrollarse en el mundo moderno.

El libro, que es el instrumento de comunicación más seguro y manejable que se haya inventado jamás, es también el primero que permitió al pensamiento del hombre vencer al tiempo y, luego, al espacio. Desde hace un cuarto de siglo, el libro forma parte de la amplia gama de grandes medios de comunicación, entre los cuales es preciso asegurarle su lugar, su importancia y su función al servicio de la nueva comunidad humana, cuyas dimensiones, que son las del planeta entero, han hecho posible esos medios de comunicación.

Existe actualmente en el mundo una inmensa necesidad de leer que, para una gran parte de la población del globo, constituye una verdadera hambre de lectura. Justamente ahora que la revolución sobrevenida en las técnicas de producción y de distribución editorial permite lanzar al mercado una cantidad creciente de obras de calidad y a costo relativamente bajo, los países en vías de desarrollo padecen una penuria de libros que no puede sino agravarse a medida que se generaliza la enseñanza.

Esos países, que no producen más que la quinta parte de los libros publicados en todo el mundo, sólo pueden tratar de satisfacer, y apenas parcialmente, por medio de los intercambios internacionales unas necesidades que no podrán colmar plenamente, a largo plazo, sino gracias a la creación de una industria editorial propia.dad de leer que, para una gran parte de la población del globo, constituye una verdadera hambre de lectura. Justamente ahora que la revolución sobrevenida en las técnicas de producción y de distribución editorial permite lanzar al mercado una cantidad creciente de obras de calidad y a costo relativamente bajo, los países en vías de desarrollo padecen una penuria de libros que no puede sino agravarse a medida que se generaliza la enseñanza. Esos países, que no producen más que la quinta parte de los libros publicados en todo el mundo, sólo pueden tratar de satisfacer, y apenas parcialmente, por medio de los intercambios internacionales unas necesidades que no podrán colmar plenamente, a largo plazo, sino gracias a la creación de una industria editorial propia.

Si bien el programa mundial de la Unesco en favor de la promoción del libro tiende en particular a poner remedio al grave desequilibrio existente entre los países avanzados y los países en vías de desarrollo, el problema no se plantea simplemente en términos cuantitativos. ¿No es acaso tanto o más importante lograr que el libro, instrumento privilegiado del saber y de la reflexión, contribuya a la plenitud del individuo y al progreso de la sociedad y permita a todos apreciar las mejores creaciones del espíritu en el mundo entero, sirviendo así a la comprensión entre los pueblos, que es la condición primordial para el establecimiento de una paz verdadera?

Incluso en los países que conocen un auge de la edición, el libro está todavía lejos de formar parte de la vida de todos. Mientras que esos países disponen, por lo general, de un sistema de distribución que permite llevar el libro al lector, la cuestión de cómo lograr que el lector vaya al libro sigue planteándose con mayor o menor gravedad en muchos de ellos, de lo cual testimonia la existencia de un porcentaje, a menudo elevado, de personas que no leen, fenómeno que han puesto de manifiesto diversas encuestas concordantes.

¿No ha llegado ya la hora de reexaminar en su conjunto los problemas de la edición a fin de que podamos poner a su servicio las técnicas electrónicas y audiovisuales, cuya influencia se ejerce con creciente vigor sobre el libro? Si es imposible aislar a éste de los demás grandes medios de información, ¿no es normal que revisemos a fondo el papel que desempeña en la sociedad?

A estudiar problemas de esta índole invita la Unesco a la comunidad mundial en este Año Internacional del Libro, con objeto de buscarles soluciones. Semejante tarea requiere evidentemente el activo concurso de los poderes públicos, pero también el de toda clase de instituciones, nacionales, regionales e internacionales, y el de los individuos.

Con tal fin deberá realizarse, en cada Estado Miembro, un esfuerzo encaminado a suscitar iniciativas concretas. Pero, además, se requerirá un amplio movimiento de cooperación internacional. Habida cuenta de las enormes necesidades de los países en vías de desarrollo, incumbe a los gobiernos y a los organismos que administran los programas de ayuda bilateral o multilateral la tarea de prestar a aquéllos la asistencia técnica y financiera que necesiten, particularmente en materia de producción y de distribución de libros.

Como es natural, en la realización del Año Internacional del Libro corresponde un papel de primer orden a las organizaciones de profesionales del libro autores, editores, bibliotecarios y libreros , que tan estrechamente vinculados han estado a su preparación y que una vez más han demostrado su solidaridad adoptando una «Carta del libro» elaborada de común acuerdo entre ellos.

Pero, ante todo, el Año Internacional del Libro es asunto que concierne al sinnúmero de aquellos para quienes el uso del libro instrumento de trabajo, medio de formación personal o cauce para la evasión y el ensueño es inseparable de la felicidad y de la dignidad del ser humano. ¡Que todos coaliguen sus esfuerzos a fin de que haya libros para todos!

René Maheu, Director General de la UNESCO

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Enero de 1972