Entrevista con Francisco Javier Estévez Valencia, uno de los ganadores del Premio UNESCO-Madanjeet Singh 2014 para la promoción de la tolerancia y la no violencia

Los militantes de derechos humanos Francisco Javier Estévez Valencia (Chile) e Ibrahim Ag Idbaltanat (Mali) son los ganadores del Premio UNESCO-Madanjeet Singh 2014 para la promoción de la tolerancia y la no violencia. La ceremonia de entrega de premios tiene lugar el 14 de noviembre en la Sede de la UNESCO. Con motivo de esta ocasión, Francisco Javier Estévez Valencia nos explica más sobre su trabajo ...

Nos parece urgente educarnos en el ahora: en cómo hacernos cargo de los problemas actuales de intolerancia, violencia y discriminación.
Francisco Javier Estévez Valencia

¿Cómo se siente Usted acerca del hecho de haber sido designado como uno de los dos galardonados del Premio UNESCO-Madanjeet Singh de Fomento de la Tolerancia y de la No-violencia?

El Premio Madanjeet Sing es demasiado honor. Me siento muy honrado de compartirlo con Ibrahim Ag Idbaltanat. Admiro su trabajo, y tengo un gran interés en invitarlo a Chile para que nos enseñe su experiencia en la defensa de los derechos del pueblo tuareg. Asimismo, le he propuesto a la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, en Chile, que  abra una cátedra con el nombre de Madanjeet Singh. Debiera estar dirigida a los estudiantes que se están formando com profesores de enseñanza media, para que incorporen en su malla curricular los valores que el Premio promueve.

Este Premio lo recibo como un magnífico apoyo, a mí y a todas las personas con quienes  compartimos en esta región la lucha por la tolerancia y la no violencia, para  continuar este trabajo con una convicción todavía mayor. Lo entiendo   como un mensaje y un mandato. Es como si la comunidad internacional nos estuviese diciendo: ¡Atención!, la intolerancia y la violencia no son un asunto que les sea  ajeno. No tengan la vanidad de creer que estos graves problemas no los afectan directamente. Ustedes por cierto se deben a la solidaridad urgente con lo que pasa en otros continentes. Pero también ahí, en su país y en su región, ahora y no ayer, hay situaciones muy graves de injusticia y opresión,  de racismo y xenofobia, de violencia contra las mujeres, de violencia contra los niños, de violencia contra los migrantes, en definitiva, de desencuentros sociales muy profundos donde las respuestas que pueden construirse desde la paz, el diálogo y el desarrollo ocurre que frecuentemente son desplazadas por la  violencia de la acción represiva y la violencia de la reacción contestataria.

El premio reconoce su lucha no violenta por los derechos humanos y la democracia en los años de la dictadura militar que sufrió Chile bajo la dirección del general Augusto Pinochet. Hoy Chile es un país democrático. ¿Tiene la sensación de que usted ha logrado lo que aspiraba  un joven resistente contra el régimen? ¿O usted cree que usted todavía tiene que luchar contra el pasado, que todavía hay muchas cosas que quedan por hacer?

Cada generación tiene un momento epónimo que le da una marca histórica de identidad. En nuestro caso, nos tocó ser jóvenes cuando teníamos una urgencia país extraordinaria: liberarnos de un régimen de terror, que había convertido la intolerancia y la discriminación en una forma de gobernar. El Golpe fue un cataclismo. El país republicano se rompió por la mitad y comenzó a hundirse, como una Atlántida trágica, en el mar de la desesperanza. Pero contra toda objetividad, contra toda realidad, contra toda la evidencia, nosotros creíamos que la dictadura, con ese peso mortal, no era invencible; que si colocábamos todo lo que teníamos en un poderoso movimiento no violento salvaríamos al país de esa catástrofe de iniquidad y violación de los derechos humanos. En esos años, de resistencia ética, lucha política y movilización social entendimos que solo la democracia y los derechos humanos garantizaban un desarrollo con justicia y un Estado en paz con su pueblo.

Como se sabe, en 1988, el régimen dictatorial en Chile es derrotado por las movilizaciones sociales y un plebiscito político. La caída de la dictadura la celebramos como el cumplimiento de una utopía. Volvíamos a tener libertades y la gente podía abrazarse sin miedo a la represión. Logramos entonces lo que aspirábamos como jóvenes de la resistencia: que se cumpliera aquello que el Presidente Allende predijo en su último discurso en La Moneda: que más temprano que tarde las grandes alamedas se abrirían para el paso del hombre libre.

En definitiva, la democracia es un proceso abierto, donde las personas individual y colectivamente tienen la oportunidad de ser libres. Desde esa libertad surgen nuevos desafíos de valor histórico. El año 1995 para muchos de nosotros fue decisivo. Nos dimos un nuevo horizonte, que vino a resignificar nuestro compromiso con los derechos humanos y la democracia. Me refiero a este llamado que Naciones Unidas nos hace cuando nos convoca al Año Internacional de la Tolerancia. En ese mismo año se organizó el primer foro de ciudadanos para la tolerancia y la no-discriminación. Se llama «Contigo Igual». Fue un evento extraordinario y de gran impacto, y para muchos marcó una etapa importante.

Desde entonces, una parte muy significativa de nuestro trabajo se orientó a educar a la ciudadanía en los principios y en el ejercicio práctico de la tolerancia, la no violencia y el respeto  a la diversidad. Nos parece urgente educarnos en el ahora: en cómo hacernos cargo de los problemas actuales de intolerancia, violencia y discriminación.

La memoria nos ayuda a mirar el futuro con el conocimiento   sobre el pasado. En ese sentido, la memoria del pasado nos puede ayudar a prevenir la repetición de violaciones de derechos humanos una y otra vez. ¿Está de acuerdo con esta afirmación?

Por cierto que sí. ¿Pero de qué memoria estamos hablamos? ¿Desde qué lugar ético  hacemos  esta memoria del pasado?  Pues, desde un paradigma que le da sentido histórico a la lucha de los pueblos por un mundo mejor. Me refiero a  los Derechos Humanos. Hay otras miradas  del pasado con las que no podemos coincidir: la del racismo, la de los nacionalismos, la de los fundamentalismos religiosos, la de los imperialismos, la del patriarcado, por señalar algunas de ellas que están muy marcadas por la violencia o la intolerancia. Por ello, solo una memoria cultivada  desde la perspectiva ética de los derechos humanos  nos puede ayudar a prevenir la repetición de violaciones a los derechos humanos.

Con todo, del pasado no guardamos solamente amenazas. También hay historias para seguir aprendiendo. Cada pueblo tiene las suyas, pero es justo destacar aquellas cuyo ejemplo trasciende  las fronteras  de sus países de origen: Gandhi, King, Mandela, Romero de El Salvador, o Sola Sierra, de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos de Chile, o la de los ashánikas  asesinados por defender  el patrimonio amazónico  en el oeste del Perú.

La Memoria como conciencia histórica de los derechos humanos permite a los pueblos pensar su futuro a la luz del pasado, es cierto; pero también nos permite visitar el pasado para interrogarlo críticamente desde una visión comprometida con los derechos de las mujeres, o de los pueblos indígenas, o de los afrodescendientes en América Latina, o del Pueblo Rom, o  de las personas con discapacidad o de la diversidad sexual.

¿Cómo, en su opinión, los jóvenes de Chile y los líderes de su país (y otros países) deben ser sensibilizados sobre los peligros de la dictadura?

Las dictaduras suelen llegar de golpe, pero vienen precedidas de crisis muy profundas de la inteligencia social, es decir, de la capacidad de entendernos como seres humanos  que, desde la la diversidad, habitamos un mismo país o región. Los materiales con que se forma una dictadura son la violencia y la intolerancia, así como la discriminación instalada culturalmente. Una sociedad se expone irresponsablemente  al peligro de una dictadura cuando las diferencias dan lugar a una  suma de agresiones.

Los actos agresivos se materializan en ataques verbales o físicos y pueden escalar a un estado de gravísima violencia. Ocurre entonces que con la complicidad de los que prefieren no saber, empiezan a conocerse casos de golpizas, humillaciones, vandalismos y homicidios para con personas o grupos hostilizados. Este comportamiento cuando se traslada a los aparatos estatales  puede conducir a la represión policial o arrestos arbitrarios de líderes de sociedad civil disidentes u opositores. De ahí a lo que sigue, cuando lo impensado comienza a suceder: torturas, desaparición forzada, campos de prisioneros o fusilamientos. El máximo terror, el genocidio de poblaciones o pueblos, no es una peste que ataca sorpresivamente, porque aunque no se midan las consecuencias de las primeras agresiones abiertas, su preparación es un lento acumulado de odios expuestos a la vista de todos, en agresiones reiteradas.

Una sociedad responsable de sí misma, afirmada en instituciones republicanas, y en la garantía de los derechos humanos y el respeto a la diversidad, necesita estar atenta a lo que sucede con ella. Las agresiones pueden enfrentarse, disminuirse o impedirse cuando los conflictos de la diferencia, por antagónicas que estos nos parezcan, se procesan democráticamente, y a la hora de hacer política, la dicotomía amigos-enemigos  sea desplazada por una lógica de paz y no violencia, para el entendimiento ciudadano de nuestras identidades colectivas.

La sociedad civil organizada cumple aquí un rol insustituible, ya que a través de grandes campañas de opinión pública o de actividades educativas en la misma base social, debe promover los valores de la tolerancia y la no violencia, como principios humanistas y como inspiradores prácticos de acciones concretas en  favor de la paz y la construcción de sociedades más justas.