Gran angular

Contra la información falsa, espíritu crítico

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“Data.path” (“Vía de datos”), obra realizada en 2013 por el artista japonés Ryoji Ikeda, cuyas instalaciones tratan de hacer patente y palpable la invisible red digital que impregna nuestro mundo.
© Ryoji lkeda

La Alfabetización Mediática e Informacional está cobrando cada vez más importancia debido a la transformación que los medios experimentan en el entorno digital al pasar de la navegación superflua, la cháchara y el tecleo en Internet a la extracción de datos con fines de manipulación y desestabilización. Este tipo de educación debe replantearse la esencia y las funciones de los medios y los fundamentos políticos y éticos que los legitiman.

Por Divina Frau-Meigs

En una época en que los medios de comunicación e información se ven amenazados por doquier, tanto en los regímenes totalitarios como democráticos, se suele pedir ayuda urgente a la Alfabetización Mediática e Informacional (AMI). En Francia, ocurrió esto el 7 de enero de 2015 cuando se perpetró el atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo. Se atacaba así a la caricatura, una de las formas mediáticas más antiguas que se conocen.

En ese momento yo dirigía el Centro de Enlace de la Enseñanza y los Medios de Información (CLEMI) de Francia. Tuvimos que preparar el regreso a clase de los alumnos al día siguiente y responder a las expectativas de padres y maestros. Actuamos con urgencia, como en un caso de gran desastre: recuperamos de nuestros archivos fichas pedagógicas sobre la caricatura y la propaganda; pusimos en línea todo un conjunto de recursos mediáticos (sitios internet de referencia, revistas de prensa y series de portadas de prensa); y publicamos una entrevista inédita que el CLEMI había hecho en 2014 al periodista y dibujante Stéphane Charbonnier (alias “Charb”), muerto en el atentado.

Esta situación de crisis reveló al mismo tiempo las ventajas y los límites de la AMI: estábamos preparados para reaccionar en el plano de los recursos mediáticos, pero no habíamos previsto el impacto de las redes sociales.

Al igual que los medios predigitales, la AMI tiene que evolucionar e incluir entre sus preocupaciones los riesgos de las plataformas digitales. En efecto, éstas pueden: presentar informaciones en primer plano mediante la regulación que hacen los algoritmos en vinculación con el historial de las personas; encerrarnos en una “burbuja de filtros” para reforzar los sesgos confirmatorios que corroboran las ideas preconcebidas; mermar la diversidad y el pluralismo de las ideas mediante la monetización de los contenidos (medición del número de clics por página vista); e invadir la vida privada, poniendo en peligro las libertades fundamentales mediante la utilización de rastreos con fines que escapan al control del usuario.

Últimamente, para la AMI suponen un grave problema las noticias falsas que mezclan la difusión de bulos, la propaganda y la emotividad, y tienen un impacto mayor que algunas noticias trucadas en las que, al fin y al cabo, se puede discernir la verdad de la mentira, aunque mezclen ambas de forma un tanto ponzoñosa. Las noticias falsas constituyen un fenómeno que entra en el ámbito de la desinformación, y su intención nociva tiene repercusiones sin precedentes porque la informática las convierte en virales, al facilitar que traspasen fronteras y contagien a toda clase de medios.

La AMI debe tomar en cuenta imperativamente que con la transformación digital hemos pasado de un “universo azul” a un “universo negro”, es decir de la navegación somera, la cháchara y el tecleo en las plataformas controladas por las empresas GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) a las minas de extracción de información tóxica con fines de manipulación y desestabilización masiva.

Debido a esa transformación, descodificar la propaganda en línea resulta complejo, porque se trata de descifrar una forma de ideología disruptiva que, si bien es innovadora en el plano tecnológico, constituye paradójicamente el vector de una revolución conservadora mundial dedicada a crear el caos en los sistemas políticos existentes, en vez de proponer un sistema de pensamiento político progresista.

La vuelta al chismorreo

La AMI se ve por consiguiente obligada a replantearse la esencia y las funciones de los medios y los fundamentos políticos y éticos que los legitiman. Tiene que reexaminar el papel de las redes sociales y de los intercambios que hacemos en ellas, teniendo en cuenta que el auge digital está transformando las antiguas audiencias en nuevas comunidades de intercambio e interpretación. La vuelta al chismorreo, evidente en las redes sociales, dista mucho de ser anodina y no se debe tratar con desprecio. Conversación sotto voce que vehicula desordenadamente habladurías, bulos y cotilleos, el chismorreo convierte lo privado en público, poniendo la autenticidad por encima de una verdad que se percibe como una fabricación de élites alejadas de las preocupaciones locales y de la vida cotidiana de los ciudadanos.

Las redes sociales vehiculan, por lo tanto, noticias de veracidad incierta, aduciendo la falsedad para llegar a la verdad o para mostrar que esta última no es tan límpida como parece. De ahí la tentación de hablar de “posverdad” al referirnos a ellos, pero caer en esa tentación equivale a minimizar su alcance y negarse a ver que buscan una verdad diferente en un momento en el que asistimos a la quiebra de sistemas de información hasta ahora considerados “de referencia”. Las redes sociales vuelven a poner en el candelero la eterna batalla periodística entre los hechos objetivos y los artículos de opinión que se libra en esos sistemas influyentes.

En ciencias de la información y la comunicación, el chismorreo pertenece al ámbito del vínculo social y desempeña funciones cognitivas esenciales: observación del entorno, ayuda a la toma de decisiones mediante el intercambio de noticias, armonización lógica de una situación determinada con los valores del grupo… Todas estas funciones han venido legitimando la importancia de los medios de comunicación e información. Pero éstos son percibidos ahora como indigentes y tendenciosos, y el síntoma de esa percepción es el recurso al chismorreo en línea, cuyo dispositivo difusor son las redes sociales. No cabe culpar del chismorreo tan sólo a éstas últimas, sino más bien a los responsables del debate público en el mundo real.

En escenarios políticos desestabilizados hoy en muchas partes del mundo, las redes sociales devuelven al relato social su función de regulador. Ponen de manifiesto las violaciones de las normas sociales, especialmente cuando las instituciones políticas se jactan de ser transparentes, porque evidentemente los secretos ya no están a buen recaudo. Las redes sociales están zarandeando seriamente la norma de objetividad, que se ha fosilizado con su práctica de presentación obligatoria de una opinión “a favor” y otra “en contra”. El público desconfía de la “veracidad” de ese discurso polarizado y se deja seducir por la estrategia de la autenticidad. Ésta establece una relación de proximidad con los miembros de la comunidad de suscriptores, que ha reemplazado a la audiencia y tiene por objeto implicarlos en los debates, basándose en el principio de transparencia. Así, las redes sociales contraponen una ética de la autenticidad a la ética de la objetividad. 

Exploradores, analistas y creadores


© Patric Sandri

Las redes sociales y sus noticias falsas o trucadas son un caso de estudio modelo para la AMI porque reclaman la aplicación de una de sus competencias fundamentales: el espíritu crítico. Pero un espíritu crítico que debe ir acompañado por una buena comprensión del valor añadido que aporta el universo digital: participación, contribución, transparencia y rendición de cuentas, por supuesto, pero también desinformación y juegos de influencia.

El espíritu crítico puede ejercitarse, formarse…, y actuar como un modo de resistencia a la propaganda. Es preciso responsabilizar a los jóvenes y proceder de tal manera que ellos mismos cuestionen el uso que hacen de las redes sociales, teniendo en cuenta las críticas que se les formulan con respecto a las posibles consecuencias de sus prácticas. También es necesario confiar en su sentido de la ética, una vez que se les haya pedido que lo apliquen. 

En mi curso sobre la AMI (MOOC DIY EMI, en francés), que fue galardonado con un Premio Mundial AMI UNESCO 2016, propongo a los educandos que desempeñen con espíritu crítico las funciones de explorador, analista y creador. El explorador se familiariza con los medios y las plataformas de datos; el analista aplica principios como la verificación de fuentes, el cruce de datos y el respeto a la vida privada; el creador elabora sus propias producciones, examina las consecuencias de sus opciones y toma decisiones en materia de difusión.

Del curso MOOC DIY EMI han surgido proyectos como “Ciudadano periodista en Twitter” y “HoaxBuster” (contra el “complotismo”). De lo que se trata siempre es de lograr que los jóvenes adquieran los reflejos críticos de la AMI para no caer en las trampas de las expresiones de odio, de los rastros digitales involuntarios y de las noticias falsas o trucadas. Existen también otras iniciativas, como la Alianza Global para Colaboraciones sobre la AMI (GAPMIL) fundada y pilotada por la UNESCO. Otro proyecto reciente de la UNESCO es la iniciativa MIL CLICKS para acceder a la AMI por medio de las redes sociales.

Implantar la AMI a gran escala

La AMI debe fomentar también el espíritu crítico respecto a los propios medios informativos. Resulta que órganos de prensa importantes también tienden a propagar bulos sin confirmar en las redes sociales, por ejemplo en Twitter. El fondo de verdad de las noticias falsas o trucadas que circulan en Facebook –la red social que más las propaga– tiene sus raíces en el hecho de que los profesionales de la información se pliegan demasiado a la presión de la primicia y envían sus noticias antes de verificarlas, igual que lo hacen los usuarios aficionados de las redes sociales. El grave inconveniente es que los desmentidos posteriores tienen siempre menos eco que los rumores.

Para implantarse a gran escala, la AMI tiene que afrontar una serie de desafíos. Es preciso convencer a los decisores y formar a docentes y periodistas especializados en AMI. Ya existen abundantes recursos y formaciones fruto de iniciativas adoptadas por asociaciones y docentes, mucho más que por universidades. Esto lo patentizan mis trabajos de investigación realizados en la Universidad Nueva Sorbona, en el marco del Proyecto TRANSLIT de la Agencia Nacional de Investigación de Francia y de las actividades de la Cátedra UNESCO “Saber evolucionar en la era del desarrollo digital sostenible”. Centrados en una comparación entre las políticas públicas aplicadas en diferentes países europeos con respecto a la AMI, esos trabajos muestran también una disminución del grado de compromiso de las políticas públicas con la AMI. Aunque ésta se ha incorporado a muchos planes de estudios nacionales, los mecanismos interministeriales para aplicarla escasean, las instancias para reglamentarla son insuficientes o inexistentes y, por último, la coordinación entre los agentes que la imparten es deficiente o nula. El resultado es una gobernanza de la AMI un tanto heterogénea, con tres modelos diferentes según los países: desarrollista, concesionario y abstencionista.

Reacción ética de los periodistas

La buena noticia es la toma de conciencia de los periodistas, que están reexaminando su deontología y dándose cuenta del valor de la AMI. Esta reacción ética puede ayudar a los docentes a resituar la AMI, así como a proporcionar recursos válidos para defender la integridad de los datos y los medios de comunicación e información. De hecho, ya se están esbozando actividades recentradas en el valor del periodismo de investigación que revelan informaciones que de otra manera no se podrían detectar.

Casos como el de la filtración colosal de documentos confidenciales conocidos como “Papeles de Panamá” han contribuido a moralizar la vida política y a restaurar la confianza en la profesión periodística. También hay blogs y sitios web que luchan contra las noticias falsas o trucadas con medios digitales, por ejemplo el blog Focus: el ‘making-of’ de la noticia de la Agencia France Presse (que muestra un gran organismo de información entre bastidores), el instrumento Décodex del diario francés Le Monde (que cataloga los sitios web en función de su toxicidad), RevEye de Google (que permite verificar la autenticidad de imágenes con tres clics) y el sitio web Spicee con su “Conspihunter” (que denuncia el “complotismo”).

Para que se ejerza plenamente y contribuya a crear una ciudadanía educada, el espíritu crítico debe aplicarse también en el marco de la AMI a la geoeconomía de las redes sociales. Amparándose en la legislación del Estado de California, las plataformas digitales GAFAM se han negado a someterse al estatuto jurídico de los medios informativos para evitar su responsabilidad social y sustraerse al cumplimiento de las consiguientes obligaciones de todo servicio público. Sin embargo, la regulación algorítmica ha revelado que las GAFAM pueden ejercer un control editorial sobre los contenidos que les interesa “monetizar”. Habida cuenta de que son personas reales las que crean los algoritmos, al ejercer ese control deciden sobre la verdad de la información sin transparencia ni ética.

Las GAFAM son, de hecho, megamedios informativos que hasta ahora han jugado la baza de la autorregulación, elaborando sus propias reglas, decidiendo retirar los sitios web o cerrar las cuentas sospechosas de producción de noticias falsas o trucadas. Pero si quieren conservar la confianza de sus comunidades en línea no podrán resistir por mucho tiempo más a la necesidad de adoptar un modelo responsable, que probablemente será híbrido, esto es, a mitad de camino entre el de un transportador público (“common carrier”) y el de un fideicomisario público (“public trustee”) de redes e información. Las comunidades pueden organizarse por su cuenta, e incluso evitar las GAFAM, para efectuar una regulación conjunta con periodistas como ocurre en el caso de Décodex. En el futuro, la lógica del desarrollo digital impondrá probablemente soluciones alternativas: una de ellas podría ser un algoritmo que tenga incorporadas en su ADN la ética periodística y las libertades fundamentales.

Divina Frau-Meigs

Divina Frau-Meigs (Francia) es profesora de Ciencias de la Información y Comunicación en la Universidad Nueva Sorbona de París, donde es titular de la Cátedra UNESCO “Saber evolucionar en la era del desarrollo digital sostenible”. Es autora de unas veinte obras y ha publicado recientemente en las Ediciones Routledge (Londres, Reino Unido) la obra titulada “Public Policies in Media and Information Literacy in Europe: Cross-Country Comparisons” [Políticas públicas en Europa relacionadas con los medios informativos y la educación básica sobre información – Comparaciones entre países], en colaboración con I.Velez y J. Flores Michel