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Giuseppina Nicolini: “La vocación natural de una isla es acoger”

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© Rocco Rorandelli
Giuseppina Nicolini, alcaldesa de la pequeña isla italiana de Lampedusa (sur de Sicilia) de mayo de 2012 a junio de 2017, afrontó con coraje una de las crisis más dramáticas que la cuenca mediterránea ha padecido en los últimos años: la llegada de miles de inmigrantes huyendo de los conflictos y la pobreza. Frente a la angustia humana, cuenta cómo los 6.500 habitantes de la isla han respondido con solidaridad y respeto por la dignidad. Encuentro con la que los italianos apodan “la Leona”.

Entrevista realizada por Marina Forti

Cuando la UNESCO le otorgó el premio Félix Houphouët-Boigny de Fomento de la Paz en abril de 2017, lo aceptó como “un homenaje a la memoria de las innumerables víctimas de la trata de personas en el Mediterráneo”. ¿Qué entiende por ello?

Creo que es honesto y justo dedicar este premio a los migrantes que murieron cruzando el Mediterráneo, pues la tragedia humana a la que asistimos aquí es en realidad una guerra silenciosa. Es un viaje forzado al que los obligan la guerra y la pobreza, forzado por nuestras políticas y luego por el crimen organizado, ya que, ante nuestras puertas cerradas, los traficantes ofrecen a los desesperados la única salida posible y sacan provecho de ello.

En la actualidad se están erigiendo nuevos muros y se están firmando nuevos acuerdos con varios países del norte de África que tienen por única finalidad proteger las fronteras de Europa y no la vida de quienes tratan de llegar a nuestras costas. En cambio, este premio nos dice que existe una Europa solidaria y que la humanidad y la hospitalidad son valores que no han desaparecido.

Sin embargo, frente a tal flujo de migrantes, muchos hablan de “invasión”…

Quiero recordar que acoger es la vocación natural de una isla. En el fondo es también lo que hace la isla de Lesbos, en Grecia. Tal vez una razón sea nuestra posición geográfica: la ruta migratoria pasa por Lampedusa. Aunque, en realidad, es precisamente el hecho de que nuestra isla se encuentre a medio camino lo que hace posible esa ruta.

No sé lo que harían otros si estuvieran aquí en este momento histórico en el que tantas personas huyen. Quienes preconizan que hay que “hacerlas retroceder” viven demasiado lejos e ignoran simplemente la ley del mar: es imposible hacerlas retroceder. Ver la situación de cerca ayuda a comprender y despierta nuestro sentido de la responsabilidad. Aquí los vemos llegar: seres agotados, ateridos, aterrados, descalzos; criaturas, mujeres embarazadas… Y entendemos de inmediato que quienes emprendieron esta travesía lo hicieron porque no tenían otra opción. De todas maneras es lo único que podemos hacer dada la posición que la geografía y la historia nos asignaron: debemos acogerlos.

En Lampedusa hemos vivido momentos muy dolorosos. Ante una tragedia como el naufragio del 3 de octubre de 2013, en el que murieron 386 personas, a quién culpar, ¿a los muertos? En esos momentos, está claro quiénes son las víctimas muertas injustamente.

No es la primera vez que Lampedusa vive horas difíciles...

En efecto, vivimos momentos muy difíciles en 2011, cuando los sucesos de Túnez obligaron a muchas personas a huir. El ministro de Relaciones Exteriores de la época, Roberto Maroni, decidió dejar en Lampedusa a todos los migrantes: no pueden entrar a Italia, nos dijo. Había que repatriarlos directamente desde aquí. Pero los procedimientos de repatriación llevan tiempo, y en dos meses desembarcaron aquí 25.000 personas, es decir, cuatro veces más que el número de habitantes de la isla.

¿Cómo reaccionó la población?

Las estructuras de albergue estaban anticuadas. Los migrantes vivían en condiciones infrahumanas en la calle, a la intemperie. Resultó ser una falsa emergencia, pues 25.000 personas no son nada en comparación con lo que vemos hoy: si se hubiesen repartido por todo el territorio italiano, su número habría sido manejable. Pero dejarlos en Lampedusa desencadenó una crisis.

Ese año, la isla sufrió graves pérdidas. El turismo se derrumbó, y debemos tener en cuenta que la economía de Lampedusa depende de él. Sin embargo, incluso en esas condiciones, la solidaridad se hizo presente; los lampedusanos trataron de ayudar, repartieron frazadas y alimentos. La población sustituyó al Estado. Si hubo protestas, fue contra el Gobierno italiano, no contra los tunecinos.

En caso de crisis económica grave es demasiado fácil señalar a los migrantes como el enemigo común. Es también una maniobra de diversión para encubrir la responsabilidad política de quienes han deseado un modelo de desarrollo injusto y generador de desigualdades en un contexto complicado por la globalización. La Historia nos enseña además que designar un enemigo exterior sirve también para fortalecer la autoridad política en el interior, pero no para promover la conciencia cívica o el sentido de pertenencia a una población.


© Federica Mameli/SOS Méditerranée

Hoy se acusa a algunas ONG de ser un factor de atracción para los migrantes.

Es cierto, y así le ocurre a la ONG francesa “SOS Méditerranée”, con quien tengo el honor de compartir el premio Félix Houphouët-Boigny. Pero los que acusan a estas organizaciones olvidan que acudieron a la primera línea para llenar un vacío.

Después de la tragedia del 3 de octubre de 2013 hemos sido testigos de otros dramas, a veces aún más graves: en abril de 2015, entre 500 y 700 personas murieron en un solo naufragio. En 2013 vinieron líderes europeos y se conmovieron; el primer ministro italiano de entonces, Enrico Letta, se arrodilló ante los pequeños féretros blancos de los niños. Y el gobierno italiano puso en marcha la operación Mare Nostrum, la primera oficial con miras humanitarias, cosa que honra a nuestro país. Duró un año. Su costo era muy alto e Italia solicitó ayuda a sus socios europeos, pero la oposición fue general. Se acusó a Mare Nostrum exactamente de los mismos males que hoy se imputan a las ONG: constituir un factor de atracción o ser cómplices indirectos de la trata de personas. A esta operación humanitaria sucedieron otras, como Frontex y Tritón, cuyos objetivos estaban más centrados en la seguridad que en lo humanitario, es decir, en la información e inteligencia y la lucha contra la delincuencia.

Luego, a partir de la segunda mitad de 2016 cesaron todos los programas, incluidas ciertas intervenciones de algunos países europeos llevadas a cabo en el marco de Frontex. Italia se quedó sola de nuevo, con la marina militar y las lanchas de los guardacostas. Hemos regresado a la situación anterior a Mare Nostrum. Frente al aumento del número de muertos, las ONG hacen cuanto pueden para subsanar ese vacío institucional.

Muy activa en la sociedad civil, usted es una ecologista convencida y opuesta, entre otras cosas, a la especulación inmobiliaria. ¿Qué la motivó a presentarse al cargo de alcaldesa en un período tan difícil?

Esas luchas dieron nacimiento a un movimiento democrático compuesto por fuerzas de la sociedad civil, que me pidió que presentara mi candidatura con un programa contra la degradación ambiental y social que sufría la isla. Lampedusa estaba marginalizada geográfica y socialmente, con las escuelas destartaladas y los jóvenes obligados a emigrar.

Trabajamos duro, y aún queda mucho por hacer, pero las islas del archipiélago han reaprendido a vivir. Invertimos en transporte, en recogida selectiva de residuos, en energía solar y escuelas. Antes contábamos solo con un liceo científico, ahora también tenemos una escuela de hostelería.

Estoy convencida de que el porvenir de una isla como Lampedusa está relacionado con el destino geopolítico del Mediterráneo. Queremos que este mar se convierta en un centro de intercambio, tanto en el sentido político como en el cultural. Pero antes de lograrlo, no se pueden utilizar las islas y los territorios costeros como cárceles para migrantes, cosa que estuvo a punto de ocurrir en Lampedusa.

Debemos cultivar la tradición de hospitalidad en su expresión más pura, haciendo que las islas sirvan de puntos de atraque y de primeros auxilios para los migrantes, que a continuación serán trasladados a un segundo centro de acogida, fuera ya de la lógica impuesta por la extrema urgencia. Si se hace esto, hemos comprobado que migración y turismo pueden coexistir y que la isla puede prosperar.

Espero sinceramente que este premio que la UNESCO nos ha otorgado a “SOS Mediterranée” y a mí suscitará otras iniciativas: nuestro ejemplo muestra la gran fuerza de los territorios pequeños.

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más: https://es.unesco.org/news/19000-personas-salvadas-15-meses

Giuseppina Nicolini

Admirada por su coraje y humanidad, Giuseppina Nicolini es oriunda de Lampedusa (Italia). Activista de la defensa del medioambiente, logró que en 1997 se declarara reserva natural la Playa de los Conejos. Alcaldesa desde mayo de 2012 a junio de 2017, luchó por movilizar a las autoridades italianas y europeas frente a la crisis de los migrantes. En 2016 recibió el premio Simone de Beauvoir, creado por la escritora Julia Kristeva, como reconocimiento por todos sus combates.