Editorial

Editorial por Irina Bokova

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© Patric Sandri

Por Irina Bokova

Imprenta, radio, televisión, Internet…, la aparición de cada uno de estos medios de comunicación e información revolucionó en su día la faz de las sociedades, así como sus modos de informarse, vivir y organizarse.

Y en cada ocasión se alzaron voces vaticinando la muerte de sus predecesores: la radio iba a acabar con la prensa escrita, la televisión con la radio y los medios digitales con todos los demás… Sin embargo, el panorama mediático actual pone de manifiesto la complementariedad, emulación e interacción entre los diferentes medios informativos, que se hacen eco unos de otros amplificándose mutuamente.

Nunca nos hemos comunicado tanto y a tan gran escala como ahora. Las nuevas tecnologías han abierto nuevas vías, haciendo que los ciudadanos de todo el mundo puedan acceder a una información cada vez más diversa y numerosa y desempeñar un papel en su elaboración convirtiéndose en productores de sus contenidos. No obstante, esas tecnologías crean también nuevas barreras y plantean retos inéditos de reglamentación y deontología.

¿De dónde procede la información? ¿Cómo se elabora? ¿Quién garantiza su calidad? ¿Cómo distinguir lo verdadero y lo falso en esa enorme tela de araña tejida por miles de millones de informaciones llegadas de todas partes? El increíble enmarañamiento actual de los medios informativos modifica las funciones tradicionales de los productores, difusores y consumidores de información. La profusión de noticias falsas o trucadas (“fake news”), así como el riesgo de que el público quede aprisionado en “burbujas de información” creadas mediante algoritmos, abren nuevos interrogantes sobre la libertad de expresión y la diversidad cultural.

La pluralidad de opiniones informadas es una condición indispensable del desarrollo democrático de nuestras sociedades. La calidad de la información difundida por los medios tradicionales y modernos es un factor determinante en la formación de la opinión pública. De ahí que la UNESCO insista especialmente en la importancia de la educación básica sobre los medios y la información, que considera una competencia fundamental de todo ciudadano del siglo XXI.

La libertad de expresión y la libre circulación de las ideas por medio de la palabra y la imagen forman parte de los principios enunciados en la Constitución de la UNESCO y, además, son un elemento central de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible. La UNESCO apoya la labor de los periodistas y activistas que defienden resueltamente esas libertades fundamentales, como Dawit Isaak, el periodista galardonado con el Premio Mundial de Libertad de Prensa UNESCO-Guillermo Cano 2017 cuyo retrato publicamos en este número.

En el último decenio más de 800 profesionales de los medios informativos han sido víctimas de crímenes cuya finalidad era amordazar la libertad de expresión. Sólo uno de cada diez de los asesinatos perpetrados ha dado lugar a un proceso judicial. Esta impunidad, además de ser inaceptable, supone una instigación a proseguir la espiral de violencia contra los periodistas. Por eso, la UNESCO está empeñada en acabar definitivamente con esa ola de violencia en todos los continentes. Sólo así se podrán edificar sociedades pacíficas, que serán tanto más vigorosas cuanto mejor informadas estén.

En la era de la “posverdad” la función de la UNESCO cobra más importancia que nunca. Este nuevo número de El Correo nos ofrece una excelente ocasión para reafirmar nuestro compromiso fundacional de apoyar la información y la comunicación a fin construir la paz en las mentes de los hombres y las mujeres.

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